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Por qué estudiar

13.10.2016 | 02:53
Por qué estudiar

Nada hay mejor para comprender las maldades y bondades de nuestro mundo que imaginar otros mundos alternativos al nuestro. Basta con leer lo que han conjeturado otros en sus utopías y distopías. Tomás Moro describió lo bueno; Jonathan Swift lo bueno y lo malo. Más cerca de nosotros, ideando una sociedad futurible, Huxley, Orwell, y Bradbury muestran un mundo feliz pleno de infelicidades en los que se ha matado la voluntad para sustituirla por la del dictador del pensamiento uniforme.

Para ello es suficiente con seguir la divisa: no leer, no ejercitar la conciencia crítica, asumir las consignas, reducir el bienestar al confort de lo efímero: no pensar. No es casualidad que en los tres títulos más conocidos de esos autores el objetivo sea la eliminación de la lectura (y de los disidentes sensatos del sistema, que lo son porque han leído): en Farhenheit 431 los libros son quemados; en 1984 se alteran según la conveniencia de quien gobierna; en Un mundo feliz no existen los libros. Incluso en La máquina del tiempo, del lejano H. G. Wells, los libros son fósiles abandonados. Es el triunfo de la Inquisición disfrazada de Progreso que hace suyo El nombre de la rosa, de U. Eco. No leer -la inexistencia del libro- supone carecer de la experiencia adquirida por la Humanidad, y por lo tanto condenar al hombre a regresar continuamente a sus orígenes más bárbaros, puesto que ninguna generación puede aprender de la anterior.

Lo que me queda por decir es más lamentable todavía, porque no ocurre en la ficción: ¿Qué diferencia hay entre los mundos de esos mundos -todavía ficticios, por ventura- y el mundo en que vivimos, en el que la educación no enseña a leer y en el que el único libro de texto es la televisión y los juegos de ordenador? ¿No se está imponiendo también una divisa que pudiera formularse como «atrofiado el músculo de la mente, el individuo pertenece a quien programa su atrofia»?.

Parece ser que el cerebro consume casi una cuarta parte de la energía que necesita el cuerpo humano. Sin duda, los ministros de incultura e ineducación tratan de ahorrar la energía del planeta: tal vez hayan leído El planeta de los simios, de Pierre Boulle, y quieran convertir al hombre en una criatura con un cociente intelectual digno de ellos.

No es extraño que Daniel Defoe decidiera hacer regresar al bueno de Robinson Crusoe a la isla en la que había experimentado la utopía de que el hombre solo se necesita a sí mismo para sobrevivir sin dejar de ser una persona.

Por eso: no es mala estrategia leer en el aula esos títulos (aliviados con sus versiones cinematográficas, que las hay dignas: Truffaut, Annaud, Schaffner, Pal, Rafford y la orientación del profesor): contra lo que malpiensan algunos biempensantes depredadores de la enseñanza y la cultura -porque predican una enseñanza sin educación-, los alumnos se rebelan ante esas visiones, no las quieren para sí mismos y las combaten atrincherándose en la biblioteca: porque el profesor ha tenido la habilidad de hacerles ver que son ellos los hacedores del futuro y su única arma defensiva, pacífica además, es la cultura.

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