Sapere aude

Las rosas de Heliogábalo

09.10.2016 | 04:27
Las rosas de Heliogábalo

La lucha por el poder es tan antigua como la humanidad, y a tal fin parece justificada la utilización de toda suerte de argucias, incluso espurias. Así se han destruido reinos y forjado imperios. La Historia nos proporciona innumerables ejemplos.

El PSOE ha marcado un hito con la inédita exhibición pública de una fractura anunciada. Sería injusto que pasase a la historia por esa noche trágica que concluyó con un partido demediado. Asistimos al espectáculo con una mezcla de morbo y preocupación, tratando de deducir si la lucha encarnizada pretendía el mero asalto al poder o si, realmente, estaba latente una disensión ideológica.

En medio de la vorágine, el humor inundaba las redes sociales. El humor hispano es integral, nada le es ajeno, hace mofa y befa de todo lo que acontece, sea grave, sagrado o trágico. La intención de divertirse, el «animus iocandi» lo impregna todo, y la broma que arranca la sonrisa o la carcajada es frecuentemente liberadora de la penosa realidad.

«El entierro del Conde de Ferraz» hizo fortuna en la red. Tomando como punto de partida la célebre obra del Greco, de título casi homónimo, se recreó una imagen burlesca de lo acontecido en la sede socialista. También se sacaron a la palestra las imágenes de Saturno devorando a un hijo, de Goya, o La Muerte de César, de Camuccini y de Gérôme.

Actualmente, la técnica permite subvertir a nuestro antojo las obras de arte, transfigurando rostros y escenarios. ¡Cómo ignorar las posibilidades que ofrecen estos lienzos virtuales para la denuncia o la guasa!

La burla era incontenible, así que el manejo de ciertas obras maestras de la pintura para la escenificación de la sátira, resultaba un leve consuelo. El recurso a los clásicos es siempre gratificante aunque sean utilizados para la parodia de los acontecimientos del momento.

Tal fue la afluencia de obra pictórica alusiva al episodio que bien podría habilitarse un espacio museístico físico o virtual para albergarla, «la Pinacoteca de Ferraz», que por módico precio y con fono-guía explicativa, posibilitara la visita de curiosos, militantes, simpatizantes o galeristas expertos en movimientos de vanguardia.

Si se me permite hacer una aportación artística concerniente al argumento, me inclino por Las rosas de Heliogábalo, espléndido lienzo del pintor prerrafaelista Alma-Tadema, cuyas considerables dimensiones son proporcionales a la magnitud de la debacle del cuadro socialista, y su temática es una sugerente alegoría de lo sucedido en la sede de Ferraz. Representa el convite del emperador Heliogábalo, famoso por sus copiosos banquetes, cuyos asistentes perecen asfixiados bajo un aluvión de rosas. Todavía hoy, una persona dominada por la gula es un heliogábalo.

La semana pasada, los socialistas desenvainaron las rosas y se hirieron con ellas como sables. Ciertamente era una guerra fratricida, la guerra de las rosas, como rezaba felizmente algún comentario político.

Nunca como ahora conviene recordar que las rosas eran inicialmente blancas y que fue la sangre de Afrodita, al clavarse sus espinas, la que tiñó de color carmesí la sagrada flor de los romanos.

Es indudable que la flor adoptada por los socialistas encierra un poderoso simbolismo.

La conjura, en forma de lluvia de rosas con tintes sanguinolentos, sepultó a los asistentes al Comité Federal, sembrando el desconcierto entre propios y extraños. Si hubo supervivientes, solo el tiempo y las elecciones lo dirán.

Pudiera parecer que asistimos a las exequias políticas de Sánchez adornadas con las simbólicas rosas. Nada más lejos de la realidad. El apodado «Conde de Ferraz» no fue enterrado sino dividido en dos mitades, como El vizconde demediado de Italo Calvino. Así, una parte ha dimitido, en tanto que la otra pervive de cuerpo presente en la quietud de su escaño relegado.

Susana Díaz, que siempre hila fino, se apresuró a afirmar que había que «coser» el partido, prestándose a sí misma para la faena. Era el anuncio de un «tiempo entre costuras» que proporcionaba otra magnífica referencia pictórica de la mano de Velázquez: Las Hilanderas. El genio sevillano plasmó en esta obra el mito de Aracné, que tejía como una diosa, desafió a la propia Atenea, y fue condenada a hilar eternamente en forma de araña.

Así las cosas, consumada la conjura, producida la catarsis, urge retomar la compostura en forma de reflexión sosegada del proyecto socialista, pero el tiempo apremia, y la prisa solo permite una deliberación a corto plazo.

La decisión que se adopte en el próximo Comité Federal tal vez persevere en la negativa a la investidura de Rajoy, o quizá, se halle un circunloquio mágico que permita la abstención socialista, redimiéndolos de culpa a los ojos de cierta parte de su militancia y de los votantes.

Con circunloquio o sin él, una abstención a la investidura de Rajoy soliviantaría a Pablo Iglesias, desencadenando, como él mismo ha anunciado, la revisión y la probable ruptura de los acuerdos que mantienen en los gobiernos autonómicos.

Entretanto, Rivera permanece silente, y Rajoy, impertérrito como acostumbra, ve pasar el cadáver otro secretario general.

Pero esta semana ha habido un amago de exigencia de los populares que excedía de la mera abstención (técnica o estratégica), pretendiendo un compromiso que garantizase la gobernabilidad. Era un órdago inoportuno y lesivo para los intereses del país. Rápidamente, el presidente en funciones lo desmintió al asegurar que no pondrá condiciones a su investidura. Ya se verá.

También en estos últimos días se han alzado voces entre las filas socialistas decididas a romper la disciplina de voto si finalmente el Comité Federal acuerda la abstención.

Parece que la disyuntiva actual no augura un camino de rosas ni para los socialistas ni para el país.

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