Opinión

04.10.2016 | 11:21

La sección del periódico en la que se inscribe esta columna es la de Opinión. Sin embargo, siempre he tenido mis reservas a la hora de expresar mi opinión sobre las cosas. Ante cualquier ocasión de debate, encontraba argumentos para posicionarme a favor de uno de los interlocutores, pero a continuación me sentía más afín al contrincante, y al cabo me daba cuenta de que estaba en contra de ambos. Opinar es elegir, entre las múltiples perspectivas desde las que abordar un tema y las circunstancias cambiantes que le son propias, un solo enfoque, una única coyuntura, obviando las demás. Y siempre he sido indeciso.

En cambio, hoy en día todo el mundo parece tener una opinión formada de cualquier tema –incluso aquellos asuntos ajenos a su propia experiencia, ya sean políticos, sociales, económicos, religiosos o deportivos–, expresándola con una solidez de la que yo nunca he sido capaz.

En estos tiempos de democratización forzosa de la realidad, la opinión no podía ser menos. De pronto, la palabra escrita ya no es privilegio de un puñado de periodistas con carrera en la prensa; ni siquiera es obligatorio haber acumulado horas de micrófono en la radio o de plató en la televisión para alzar la voz y tener acceso a una audiencia millonaria. Ahora basta un podcast, una cuenta de YouTube o un perfil en Twitter para congregar a un regimiento de seguidores.

Ciñéndonos al ámbito de la actualidad periodística, el púlpito de Twitter es hoy el medio de opinión por excelencia. Nadie sabe muy bien en qué consiste ni qué hay detrás de ese ente que es la masa opinadora de Twitter, pero eso no impide que los telediarios incluyan entre sus contenidos titulares como «Arde Twitter» con tal acontecimiento o tal suceso «es trending topic», que podríamos traducir como «tema candente», siguiendo la analogía ígnea.

A poco que cualquiera sienta curiosidad, observará que para alzarse con un Trending Topic apenas hacen falta mil comentarios –tuits– sobre una misma cuestión, no necesariamente escritos por mil personas distintas. En realidad, esos mil mensajes suelen ser largas sucesiones de réplicas y contrarréplicas entre un puñado de usuarios. Aun así, mil personas, en el mejor de los casos, no conforman una muestra representativa en un país de más de 45 millones de habitantes. Sin embargo, el periodismo, ávido de noticias en un mundo que corre el riesgo de devorarse a sí mismo, convierte la anécdota en categoría. Como ya es costumbre, confundimos medio con mensaje. El tema importa poco; lo relevante es que ese tema «incendia Twitter», mientras el director del programa pregunta a un subalterno «¿qué dicen las redes sociales?» y nuestros ojos refulgen con el brillo azul de la multipantalla.

Si algo ha demostrado Twitter es que la democratización de la opinión es otra entelequia contemporánea más. Frente a una ínfima minoría creativa, sensata, humorística y reflexiva, el grueso de los tuiteros no parece tener mucho que decir aparte de insultar, fotografiar puestas de sol, consignar naderías y amplificar noticias volátiles, píldoras de sabiduría y consignas militantes, como primates que reprodujeran el aullido del vecino. McLuhan, a estas alturas, estará desternillándose bajo tierra: ya no sólo el medio es el mensaje, sino que nosotros somos el medio. El esquema de la comunicación, ya de por sí básico, se reduce aún más: ya no es necesario un receptor. Para que se reciba el mensaje, es necesario que el destinatario piense. Pulsar el icono de «Retweet» no es pensar, sino construirse, sin apenas esfuerzo, una pose: la de aullar junto a la manada por miedo a sentirnos excluidos, aunque no se sepa exactamente el motivo por el que todos aúllan.

Todo esto, en principio, no debería tener la menor importancia. Para educar la opinión de los profanos está el criterio de los expertos. En nuestra ayuda acuden periodistas, colaboradores, tertulianos, catedráticos: los denominados «líderes de opinión». Y, sin embargo, una y otra vez, comprobamos cómo estos expertos nunca llegan a una conclusión válida. Discuten profusamente sobre los temas más diversos sin llegar a un acuerdo. Si dos profundos conocedores de un aspecto determinado de la existencia tienen puntos de vista tan opuestos, cabe preguntarse si guardan intereses ocultos que impidan la convergencia de pareceres. Si eliminamos –por improbable– esta posibilidad, sólo nos queda la convicción de que la realidad no admite explicaciones objetivas. A tenor de lo visto, la verdad es una y sus contrarias. Entonces, si toda opinión es incompleta –cuando no falsa–, ¿de qué sirve opinar? Para qué sirve esta opinión mía, sin ir más lejos.

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