Escraches para todos

27.09.2016 | 02:58
Escraches para todos

Nunca he apoyado ni justificado agresiones o insultos frente a nadie. Me opuse a los llamados «escraches» que con tanto ingenio practicaban los que ahora gobiernan plazas con dispar fortuna, como siempre sucede. Pero, sí recuerdo a ediles que rigen en la actualidad los destinos de muchas ciudades, encabezar aquellos actos que perseguían en sus domicilios a algunos políticos objeto de su saña, más que de su crítica, pues las palabras y calificativos, las agresiones, coacciones y gestos eran moneda común, para los perseguidos y para su familia.

Aquellos promotores de los escraches y de manifestaciones que acompañaban a los dirigentes censurados justificaban sus actos, incluso violentos y siempre verbalmente excesivos, en la libertad de expresión, de modo que hicieron bandera de sus «libertades» la llamada ley mordaza que, curiosamente, es la misma ley que aprobó el PSOE en 1992, de Seguridad Ciudadana, con algunas modificaciones, sobre todo las que iban dirigidas a evitar aquel tipo de actos execrables. La violencia parecía ser, en cualquiera de sus formas, especialmente la verbal y en algunos casos la física, una manera de expresar el rechazo a las políticas que no les gustaban y se consideraban legitimados para ejercerla, así como comprensivos con los calificados de «indignados». Hay tantos ejemplos de ello y tanta noticia guardada en las hemerotecas que acreditan el apoyo a dichas agresiones, que no es necesario recordarlas.

Este sector de la nueva e incomprensible izquierda que se cree que ha descubierto algo y que confunde la redención con la imposición, encabezó e instauró esa costumbre del insulto y ataque a los políticos «reaccionarios» y «fascistas». Se merecían las agresiones por ser de derechas y porque el pueblo les apoyaba, ese pueblo que siempre tiene razón y es la base de su legitimación. El pueblo, aunque solo consideren como tal a la parte del mismo que los apoya, no al otro, al cual desprecian e ignoran, aunque represente a muchos votantes.
Ahora, paradójicamente, los que impulsaban a la ciudadanía a mostrar su repulsa a los políticos que señalaban, reciben un mismo trato o al menos similar, porque es bien sabido que la gente tiende a imitar lo que aprende y lo que va conformando un actuar que se instala con fuerza cuando la irracionalidad se extiende.

A Pavón el jueves pasado le agredieron, insultaron y zarandearon –dice el concejal–, los trabajadores del Puerto que ven peligrar sus puestos de trabajo. Y lo hicieron ante la postura del edil que ha cambiado la que mantenía en la oposición y que no comparte el alcalde. Ni entro ni salgo en esta cuestión. Me limito a reprobar a quienes se comportaron en su caso de esta forma, pues la violencia debe ser siempre rechazada.

Ahora bien, conviene recordar que quien siembra vientos recoge tempestades y que quien ha justificado y/o participado activamente en actos similares frente a los adversarios es responsable de esta nueva corriente que ha dado lugar a que cualquier manifestación pase fácilmente de la queja al insulto y de ahí a la agresión. No hay acto que se precie de reivindicativo que no venga acompañado de algún tipo de espectáculo soez, de palabra y/o de obra. Son los nuevos tiempos que inauguraron muchos de los que hoy sufren en sus carnes lo que predicaron y defendieron con fervor democrático, a su manera entendido.

Y lo que no puedo aceptar es que quien da cobertura a tales actos bajo el manto de la libertad de expresión, ahora tache de fascistas a los mismos que hacen lo propio, aunque con distintos destinatarios. Y, peor aún, que afirme que él es una autoridad pública cuando anteriormente los ataques se dirigían frente a otros que tenían la misma condición. Y, lo más grave, que niegue esa condición de personas a quienes merecen un reproche, cierto, pero que son tan pueblo como los que lo apoyan y los que antes le acompañaban en sus diatribas verbales y de otra naturaleza. Un exceso del edil que no muestra el respeto debido a sus conciudadanos.

Tan fascista, aunque el término se utilice en España de manera errada por algunos de sus incultos usuarios que no distinguen entre derecha democrática y franquismo y caen frecuentemente en imitar a este último con cierto fervor, digo, tan fascistas son los que agreden a una autoridad de derechas como los que lo hacen a las que conforman los partidos llamados populares. Un mismo comportamiento debe dar lugar a la misma calificación, siendo un atropello a la razón, un desvarío, limitar el insulto a los que critican la nueva verdad revelada y ensalzar a los que, con las mismas formas, los apoyan. Un cierto desvarío este que merece un análisis cuidadoso de quien así actúa y se comporta, sobre todo si su conducta le lleva a enfrentamientos con todo y con todos y su soledad es cada vez mayor. Que digo yo, debería al menos, si se lo permite su soberbia, plantearse si no será él el equivocado y no el resto del mundo.

En todo caso, mi rechazo más absoluto a la violencia y los excesos, en este caso y en todos, cualquiera que sea el destinatario.

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