26 de septiembre de 2016
26.09.2016
Crónicas del limbo

Reunión histórica en la cumbre

26.09.2016 | 04:43
Reunión histórica en la cumbre

La puesta en escena de una reunión de líderes dice muchas más cosas que los asuntos que realmente se tratan en ella. La cumbre entre los presidentes Puigdemont y Puig ha sido calificada por comentaristas y gabinetes de comunicación como histórica, la más importante, según dicen, que se ha celebrado entre Cataluña y la Comunidad Valenciana desde la democracia.

Habría que preguntarse en qué sentido es una cumbre histórica. Ciertamente, en los más de veinte años de gobiernos de la derecha en la Generalitat Valenciana, tanto Zaplana como Camps instalaron una suerte de cordón sanitario para impedir que tomara pie en nuestra tierra lo que se entendía como una invasión del nacionalismo catalán. Qué duda cabe que tal cerrazón, tan del gusto de los citados expresidentes, hacía caso omiso de los evidentes lazos que existen entre ambas sociedades, no solo en términos económicos sino en los específicamente culturales? y que, por tanto, había llegado el momento de normalizar cordialmente dichas relaciones y pasar a otra cosa.

La reunión ha tenido por objeto reforzar las alianzas políticas en una serie de aspectos: la defensa del corredor mediterráneo frente a otras opciones; aplicar la reciprocidad a las emisiones de las televisiones públicas respectivas; forzar el cambio del modelo de financiación actual que perjudica claramente a la ciudadanía de las dos comunidades; establecer un mecanismo de reuniones periódicas para examinar juntos el desarrollo de las políticas en que hay coincidencia.

La verdad es que tales materias, de una entidad relativa, difícilmente pueden justificar por sí solas el calificativo de cumbre histórica. El corredor mediterráneo –de indudable importancia estratégica para valencianos y catalanes–, hoy en el aire, no involucra solo a Cataluña y a la Comunidad Valenciana sino a dos comunidades más, con las que también hay que contar con el fin de añadir peso a esta importante inversión de futuro; la reciprocidad de las emisiones de las televisiones públicas (ahora que se va a poner en marcha una TV3 reducida) es sin duda una buena noticia, aunque es una fórmula que ha perdido gran parte de su interés en la actual sociedad de la comunicación; la alianza para cambiar el modelo de financiación es engañosa: no me imagino que el nacionalismo catalán, que siempre ha buscado una relación bilateral con el Estado en esta materia, vaya ahora a solidarizarse con los valencianos y valencianas y ceder en sus propias chances.

Habrá que buscar en otro lado el porqué de una cumbre que recuerda a la propia de dos Jefes de Estado, y que ha movilizado a estos efectos a séquitos de centenares de personas. El más interesado en la solemne puesta en escena es Puigdemont, el líder de un partido liberal-conservador, que ante la evidente falta de apoyos internacionales para consolidar su llamado a la independencia (apoyándose incluso, como se ha sabido estos días, en unos pocos congresistas norteamericanos que son el prototipo de la línea más reaccionaria y populista de aquel país) teatraliza en Valencia su irresponsable deriva. No olvidemos que en los planes del independentismo, cuya punta de lanza es ahora Puigdemont, no se ha abandonado, sino más bien al contrario, la pretensión de avanzar en la construcción de lo que llaman els països catalans, en los cuales el país valencià tendría reservada una plaza orbital.

Desde este punto de vista, se queda corta la respuesta del Presidente Puig, al señalar simplemente que no es de su incumbencia la ruta política que el nacionalismo independentista tenga a bien impulsar, aunque a él no le «gustaría que Cataluña se fuera de España», un sonsonete repetido insistentemente por Pablo Iglesias para contentar a unos y otros y mantener el estado general de confusión y ambigüedad. Porque no se trata de una simple cuestión de gustos.

Por la parte valenciana, el encuentro histórico puede tener otras muchas lecturas: cerrar filas entre los distintos componentes del bipartido –algunos crecientemente nacionalistas– con el apoyo externo del partido de Iglesias o, tal vez, la de indicar que un pacto con la derecha a nivel de Estado no sería descartable, aunque esa derecha, hoy metamorfoseada en el Partit Demócrata Català, sea tan reaccionaria y corrupta como lo pueda ser el PP.

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