El indignado burgués

Zidanes y Pavon(es)

25.09.2016 | 04:30
Zidanes y Pavon(es)

Lo he visto cien veces: visires que quieren ser califas en lugar del Califa y segundones maltratados por el poder, tan ninguneados por los que de verdad mandan que cuando alcanzan cierto poder –aunque sea la gorrilla de aparcacoches– se sienten como Alejandro Magno. No es malo tener aspiraciones y un ego como los cataplines del caballo de Espartero, ambas cosas ayudan en política y son las palancas que mueven la sociedad, lo penoso es cuando llevan aparejadas la soberbia y la prepotencia. Ese «porque yo lo valgo» que resulta gracioso en Catherine Deneuve y pésimo en todos los demás. De ahí al «no sabe con quién está hablando» hay una línea tan fina como el hilo de una tela de araña.

El ayuntamiento de Alicante, gracias a la aritmética electoral, es una casa sin amo, pero la composición paritaria no sería un problema con otros talantes, lo que pasa es que ni el alcalde tiene poder en su partido ni es capaz de negociar con Pavón –tan poco proclive a consensuar nada, fuera del autoritarismo más vetusto. He sido muchos años cronista municipal, de forma que conozco la casa aceptablemente y desde que existen los ayuntamientos democráticos hay dos piezas básicas: el que manda en el urbanismo y el que controla las contratas municipales. Es difícil que la delegación de Cementerios provoque demasiados conflictos, ni la de Cultura, por importante que sea, donde está el meollo es en el otro lado, razón por la cual todos los concejales corruptos aquí y en Tombuctú están en una o las dos áreas. ¿Quién controlaba el urbanismo en tiempos de Lassaletta? Lassaletta. ¿Y en los de Alperi? Pues Alperi. ¿Y cuando Castedo? Enrique Ortiz. No, Sonia, mujer, no te me enfades; me ha salido así y me da pereza borrarlo.

Cuando se tiene la delegación de Urbanismo –y no olvidemos que por ley es una competencia que el alcalde «delega» no que se sea dueño de ella– hay que ser muy estricto con lo que se hace y cómo se hace. O debería serlo en ese mundo ideal de la autodenominada «nueva política». Lo que pasa es que cuando llevas muchos años bajo el palo pintando en la oposición lo que la Tomasa en los títeres, sacar el ego a pasear y decir ahora estos viles empresarios vendidos a la derechona se van a enterar, debe ser demasiado tentador. Sobre todo si crees que mereces ser califa en lugar del Califa, que no dudo que pueda ser verdad especialmente si el Califa no es precisamente Harún al-Rashid, el de las «Mil y una Noches».

Ya lo dijo el Ser Supremo, en el siglo Don Florentino: «En una plantilla son necesarios Zidanes y Pavones» y aquí no tenemos ni jugones ni esforzados muchachos de la cantera del Madrid, como mucho defensas leñeros de Tercera Regional con el cuchillo en la boca y tiernos angelitos (¿Franco?, me ha salido así y hoy en el Mac la tecla de borrar funciona de pena).

Tal y como voy no me van a dedicar una calle ni de coña, con la ilusión que me hace. Lo que tampoco quisiera es que dijeran de mí lo que recientemente de un dirigente empresarial, al que cuando hace declaraciones que no gustan acusan de ser del PP. Es la misma estrategia que argumentaban en mis lejanos tiempos de Facultad los «troskos», que daban marchamo de demócratas sólo a los que ellos consideraban y el resto eran fascistas por muy socialdemócratas (o incluso socialistas, liberales o hasta comunistas) que fueran sus ideas.

No sé porqué me da que esto va a acabar como el rosario de la aurora. Cuando el poder se utiliza para saltarse los procedimientos empiezan a saltar las alarmas de la arbitrariedad y en Urbanismo de trazar una raya por aquí o por allá hay en juego muchísimos millones, la ruina de unos y la prosperidad de otros. Y cuando el concejal de Urbanismo dice que el Urbanismo depende de él, única y exclusivamente, y que ni siquiera el alcalde pinta nada en su chiringuito, se está colgando peligrosamente una diana del pecho. Si algo han demostrado los últimos tiempos es que la impunidad viene a ser cosa del pasado y todos hemos aprendido que llevarse el dinero es corrupción y prevaricar es tomar una decisión o dictar una resolución injusta, con plena conciencia de su injusticia. Y también que el poder absoluto corrompe absolutamente, así que hacen falta más decisiones colegiadas y menos personalismos, que no está el horno de los ciudadanos para muchos bollos y el mío, para ninguno.

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