Sin permiso

Huelga de deberes

25.09.2016 | 04:30
Huelga de deberes

La idea extraña inicialmente e incluso puede parecer un tanto paradójica y, sin embargo, no por ello deja de ser hasta cierto punto coherente. La Confederación de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA) pretende convocar una huelga de deberes en el mes de noviembre, si los profesores encargan tareas para casa en los fines de semana. Como lo oyen, las tareas para casa volverán a la escuela tal y como salieron de ella: en blanco. Una medida dirigida a llamar la atención sobre las consecuencias que genera llevarse a casa un exceso de trabajo. Ojo que nadie duda de la necesidad de seguir hincando los codos. Pero hay más vida que conocer y razones de sobra para disfrutarla.

Los promotores de la iniciativa echan en falta una asignatura en la escuela: el tiempo libre. No creo que sea el medio escolar sea el mejor escenario para ello, pero sí debe evitar interferir en su disfrute. A bote pronto, es fácil caer en la crítica irreflexiva. Más de uno pensará que se trata de una perogrullada propia de quienes se apuntan a la ley del mínimo esfuerzo. En una sociedad en la que el sufrimiento inútil se convierte en virtud, toda innovación en este sentido corre el riesgo de ser mal entendida. Atiendan a los argumentos que defienden porque, los compartamos o no, obligan a reflexionar sobre aspectos de la educación de los niños y adolescentes que habitualmente son relegados.

Para ser sincero, nunca había reparado en la excesiva duración de la jornada laboral de nuestros escolares. La he sufrido, como tantos, aunque hace ya más años de los que desearía. Ahora bien, una vez llegaba a casa, no recuerdo que la jornada se prolongara más allá del tiempo que dedicaba al estudio y a unas tareas que nunca percibí como excesivas. Llegada la tarde del viernes –salvo proximidad de exámenes– la vida se convertía en puro ocio. Tenía tiempo para todo. Algo ha cambiado y hoy tengo una impresión bien distinta. De lunes a viernes, los chavales se dejan unas 30 horas en el colegio. Si añadimos el tiempo de estudio y deberes, el cómputo alcanza fácilmente las 40. Llegado el fin de semana, cuando la vida debiera llenarse de otras actividades bien distintas, aun requieren más entrega a esas tareas que la CEAPA denuncia. Vayan sumando y comparen con los adultos ¿Que algunos aún dedicamos más tiempo a nuestro trabajo? Por supuesto, pero dudo que pueda ser equiparable el desarrollo madurativo de chicos y mayores.

La Organización para el Desarrollo y la Cooperación Económica (OCDE) aconseja que se dediquen semanalmente cuatro horas para las tareas de casa. Superar esa dedicación es, a juicio de este organismo, tiempo perdido. Una vez más, no se trata de cantidad sino de calidad. Por estas tierras no nos conformamos con tan poco sufrimiento y se ocupan casi siete horas en estas obligaciones. No es de extrañar que los mozalbetes acaben agobiándose por este exceso de tareas. Un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indicaba que a los 15 años de edad sólo los escolares de Malta, Escocia e Islandia perciben mayor sobrecarga. Nada menos que el 65% de los alumnos españoles de esa edad sienten que las obligaciones académicas les sobrepasan. Algo habrá que hacer ¿no?

Tanto esfuerzo estaría recompensando si se asociara a un mejor rendimiento académico. De hecho, este es el argumento de quienes defienden que la jornada escolar se extienda al llegar a casa. Una hipótesis un tanto simplista –más horas, mejor nota– que las estadísticas no corroboran. España es uno de los países con peores resultados educativos y, pese a ello, destaca por su tendencia a sobrecargar de deberes a los escolares. En el extremo opuesto, un alumno finlandés obtiene los mejores resultados y dedica solo tres horas a la semana a trabajar después de la escuela. Es evidente que no se trata de echarle horas al asunto, sino de disponer de un sistema eficiente.

Precisamente si de algo carecemos en este país es de eficiencia. Hay motivos para creer que entendemos mal lo de la cultura del esfuerzo. La cuestión estriba en obtener resultados favorables y no en echarle más dedicación al asunto. Y aquí aún medimos el esfuerzo en unidades de tiempo: cuantas más horas dediquemos, mayor será el reconocimiento aunque la producción sea escasa. De seguir así, no hay razón para quejarse luego de la baja productividad de este país ¡Qué carajo, si nos educan para ello!

Formamos niños que trabajan las mismas horas –o más– que los adultos y son orientados hacia el consumo ineficiente del tiempo y del esfuerzo. Por otra parte, dudo que las tareas al uso favorezcan la creatividad. Más allá de estos errores, resulta preocupante que no dispongan del tiempo para disfrutar del tiempo libre y convivir en familia. Pasará factura en el terreno de lo emocional, no lo duden. Un niño que precise dedicar el fin de semana a resolver tareas del colegio, no puede desarrollarse como tal. Es una forma sutil –aunque seguro que inconsciente– de maltrato. El niño debe de ser niño. Luego será tarde.

Si al exceso añadimos la imposición de lo que debiera presentarse como agradable, la situación se agrava considerablemente. Lo que debiera ser un placer –pongo por caso la lectura o la redacción de vivencias– se acaba convirtiendo en una odiosa obligación a edades tempranas. Como resultado inmediato del mal uso y la sobrecarga de tareas aparece la desmotivación. No digo que sea éste el factor que más incide en la elevada tasa de fracaso escolar, pero algo tendrá que ver. Cuando menos, es obvio que en muchos jóvenes anula todo interés por seguir estudiando. Y, aquellos que resisten, dudo de que mantengan muchas ganas de seguir adquiriendo conocimientos –ni tan siquiera de manera informal– agotados después de cumplir con sus obligaciones.

¿Es cuestión de abandonar los deberes? Lo comentaba antes: calidad versus cantidad. Aprender en base a la repetición –y no a la comprensión y el análisis– no es productivo. Hará falta replantearse la actividad en el aula y fuera de ella que, por algo, disponemos de muchos y buenos expertos en la materia. No todo es cambiar contenidos, aprobar nuevas leyes educativas o priorizar la inmersión lingüística. Ofrecer medios al profesorado para innovar debería ser, más que la excepción, la norma. Tanto como adaptar la práctica educativa a las condiciones propias de un niño o adolescente, y no al boceto de adulto precoz –por cierto, poco saludable– en que se le pretende convertir.

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