Una bomba atómica en el salón

20.09.2016 | 00:37

Uno de los latiguillos que más gusta de usar al presidente de gobierno (en funciones ad eternum, según parece) es apelar al sentido común de «las personas normales, como usted y como yo?»

En realidad, lo que Rajoy trata de hacer con su habitual campechanía es buscar la complicidad del común de los mortales, remitiendo a a ese concepto tan anticuado y usado por Fraga Iribarne de la «gente de orden». Algo hemos ganado, al menos, cuando en vez de «gente de orden» se habla de «personas normales». Pero es que no hay personas normales, ni anormales: hay personas, con circunstancias distintas (y si me apuran, todos somos más lo segundo que lo primero: todos hacemos locuras, o actos irracionales. A todos nos surgen pensamientos absurdos e impulsivos, sueños indescifrables o delirios que nos nublan una tarde de domingo cualquiera. Todos estamos un poco locos, en definitiva). Y si por algo se está caracterizando el siglo XXI en los países más avanzados es por tratar de difuminar esa clasificación, que se plasma en leyes que permitan integrar diversidades, erradicando para siempre la idea de que la homosexualidad es una conducta errónea, que una mujer soltera pueda tener hijos aprovechando los avances científicos, o que una pareja de lesbianas tenga derecho a la adopción siempre y cuando cumplan los requisitos que se piden a las parejas heterosexuales.

Y de algo de eso es de lo que va Transparent. Pocos inicios tienen tanta potencia como el de esta serie: un profesor universitario, de setenta años de edad, ya jubilado y divorciado de su mujer, junta a sus tres hijos (en la veintena la pequeña, en la treintena el de en medio, y en la cuarentena la mayor) a una cena en su casa, y les anuncia que ha tomado la decisión de hacer lo que siempre ha deseado: ser un travesti, vestirse de mujer. Y a partir de ese instante, se pone peluca, se calza tacones y se pinta la raya de los ojos. Y pasa de llamarse Mort a llamarse Maura, sin solución de continuidad. Este argumento (que en manos de Almodóvar hubiera devenido en una comedia bufa y disparatada) es el que utiliza la guionista Jill Soloway para hacer una pequeña obra de arte, y dar verosimilitud a la cotidianeidad que sucede a un acontecimiento claramente excepcional, o si se quiere, anormal: qué pasa en tu familia y en tu vida después de que la bomba atómica explote en el salón de tu casa, una vez que tu padre ha apretado el botón, y cómo sobrevives a sus efectos.

Transparent fue la serie más premiada en los Emmy del año pasado, Jefrey Tambor volvió a ganar este domingo el premio al mejor actor de comedia, y está a punto de empezar la tercera temporada (el sábado 24, primer capítulo en Movistar Series). Aparte del trabajazo de Tambor (impresionante como Mort/Maura), el peso lo llevan unos papeles femeninos llenos de matices, ayudados por unas situaciones tragicómicas en las que no sabes si reír, llorar, o pararte a pensar. Pero (aviso para navegantes) no es una serie ni fácil ni liviana ni graciosa: exige un poco de esfuerzo, porque pone patas arriba conceptos religiosos, sexuales y sociales, y plantea encima de la mesa más preguntas que respuestas. Aprovechen para ponerse al día y vean las dos primeras temporadas, antes de que llegue la tercera. Abstenerse personas normales, o aquellas que creen que un plato es un plato y un vaso es un vaso, siempre. Pero si usted es tan anormal como un servidor (y como la mayoría: todos somos raros, distintos. Incluso Rajoy: ¿quién hace senderismo con su estilo?) no lo dude ni un segundo.

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