Crónicas del limbo

Caos

19.09.2016 | 04:19
Caos
Caos

Ya de noche se activa la alarma antirrobo del coche mal aparcado en la esquina. Nadie aparece. Los camiones de la basura inician su penoso y chirriante trabajo. La alarma del coche cesa por unos segundos pero enseguida prosigue. Coches de la policía pasan veloces con las sirenas puestas. Otros coches, parados en el semáforo y con las ventanillas abiertas, retumban a ritmo de discoteca. Se oyen gritos y risotadas de grupos de adolescentes que se van de marcha. El aliviadero del TRAM se dispara vomitando un ruido sordo y penetrante. La circulación sigue siendo espesa a esa hora. Pequeñas motocicletas exprimen sus motores. Otras más grandes, con escape libre, exhiben su indudable cilindrada. Alguien ha dejado encendido el aire acondicionado de la Diputación. De madrugada, las camionetas de reparto no dan abasto para atender el entramado de locales, bares y negocios, aunque algunas de ellas, rezagadas, lo hacen a plena luz del día. Por la mañana, las calles que rodean la plaza están cerradas al tráfico, pero desde el puesto de mando de la prueba ciclista, el mantenedor se desgañita a grandes voces, amplificadas por la megafonía. La gente deja los botes de cerveza y los envases de plástico y otros desperdicios desparramados por el suelo, contribuyendo a la suciedad que se ha apoderado del lugar. Otras personas arrastran maletas rodantes en dirección a la estación de trenes. Los bomberos enfilan la avenida procedentes del retén situado en las faldas del castillo. El tráfico se incrementa. Autocares de servicio discrecional, a los cuales grupos de viajeros alborozados aguardan muy de mañana, se suman al trasiego de los autobuses regulares y de los que llevan a los niños al colegio.

Con la llegada del otoño, manifestantes de toda condición, por motivos bien fundados, desfilan a menudo provistos de altavoces y precedidos de intensas batucadas. Batallones de eufóricos seguidores celebran el triunfo de su equipo en las inmediaciones de la fuente. Participantes en maratones y otros ejercicios gimnásticos tienen por escenario esta zona. En las fiestas mayores, cuando el centro se cierra y se levantan las alambradas, tiene lugar el culto al ruido que emiten decenas de barracas y saraos, que tienen su punto álgido en las populares mascletás que, según nuestro alcalde, se van a ampliar a nada menos que a veinte de ellas, con gran congoja del monumento de Bañuls y de los edificios viejos que sufren el impacto de las vibraciones. Algunas barracas, desiertas, prosiguen su estridente barullo musical enlatado hasta la madrugada. Otros grupos prueban a deshoras sus equipos de innumerables decibelios con total desprecio. El año es largo y da para mucho más. Aquí se concentran por navidad las grandes cabalgatas multicolores, el jolgorio carnavelesco que precede a la primavera, que es cuando tienen lugar las solemnes procesiones, y con la llegada del verano, los tardeos, los veladores abarrotados y el run run que no cesa.

Se dice que España es uno de los países más ruidoso del mundo, y Alicante una de las capitales más ruidosas de España, además de sucia. El ruido poluciona incluso más que la suciedad. Supone un maltrato ambiental que afecta directamente al cerebro, como bien saben los sádicos interrogadores que someten por esta vía a sus víctimas. Significa degradación ambiental, dejadez y falta de respeto a las personas que lo padecen, algunas impedidas o enfermas.

No confío en absoluto en que nuestro Ayuntamiento aborde seriamente el problema, porque parece que está en otras cosas. Habría que descentralizar, descongestionar, moderar, sancionar (y sobre todo educar) para que todos podamos alcanzar la deseada calidad ambiental, que es buena parte del futuro de la ciudad.

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