El ocaso de los dioses

La ciudad y las ratas

11.09.2016 | 05:16
La ciudad y las ratas

Cuando Mario Vargas Llosa escribió su primer libro en 1962, «La ciudad y los perros», tengo para mí que aún no conocía a Isabel Preysler, y también presumo que ella no había escrito entonces ningún libro. Conocí personalmente a Vargas Llosa en Alicante diez años más tarde en una suerte de breve encuentro (nada que ver con la magnífica película de David Lean) que se produjo en la hoy poco mimada Explanada de España. Él estaba sentado en una modesta silla de madera (todavía quedaba mucho tiempo para ser premio Nobel) y yo quise charlar con el escritor aprovechando que éste me firmaba, sobre el tapete de una no menos modesta mesa, un ejemplar de «La casa verde», su segunda novela. Los años han pasado para todos –Vargas Llosa, Isabel Preysler y este servidor de ustedes dos– pero también para Alicante, su maltrecha Explanada y su impenitente suciedad. Hay ciertas cosas que parecen eternas, que se instalan tozudas, como una pesada losa, sobre la sufrida Alicante, entre ellas la insoportable suciedad que la contempla y que la contemplan quienes la visitan.

Mucho se ha escrito –sobre todo en el diario INFORMACIÓN– acerca del problema de la suciedad en Alicante y el nefasto efecto que produce en su principal industria: el turismo. Pero además de ese hecho tan vergonzante, intolerable se mire por donde se mire, este verano hemos tenido también el añadido nada ejemplar de las ratas, enormes por cierto, adueñándose de todos sus barrios, pero especialmente en la zona centro, en su casco histórico, en los lugares que más frecuentan quienes nos visitan. Sin embargo, y para estupefacción de todos y todas, de los alicantinos y las alicantinas, nuestras autoridades municipales desmintieron el problema, bien minimizándolo, bien haciendo referencia a índices de proliferación insignificantes o sencillamente culpando a quien se pusiera por delante. De forma que las ratas no fueron un problema hasta que INFORMACIÓN se encargó de evidenciar día tras día que sí lo eran, y muy grave (las ratas, se entiende). Pero hay que ser consecuentes: extasiados por el animalismo avant la lettre, con lo progre que resulta; abducidos por los sagrados derechos de los animales (un mantra inconsecuente dado que los animales no tienen derechos en sí, sino que somos los seres humanos quienes tenemos importantes obligaciones para con los animales que nos deben ser exigidas); y poniendo en práctica las más peregrinas ocurrencias al respecto, no es de extrañar que Alicante haya podido ser conocida este verano por la ciudad de las ratas.

Es uno de los nocivos efectos de la malentendida tolerancia, vocablo este que debe utilizarse y practicarse con sumo cuidado para que no acabe devorándote. Las ciudades son espejo de sí mismas y no se le puede pedir a quien viene a ellas para descansar, visitarla, disfrutarla y en definitiva gastar allí su dinero, que deba soportar malos olores, ruidos insufribles, botellones, ratas visitándote alrededor de la mesa donde acaban de servirte la comida, parques y paseos llenos de mugre, orines y suciedad, o invadidos sin ningún control por personajes pendencieros, borrachos y mendigos profesionales muchas veces obligados contra su voluntad por las mafias.

Hace unas semanas la sorprendente –por sus diletantes decisiones y comportamientos en el ámbito de su actuación como política– alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, anunciaba un plan de choque contra los «manteros» que incluía una serie de importantes medidas policiales. Y días más tarde, cuando los más progres y «tolerantes» de entre sus socios de gobierno protestaron, plegó velas anunciando ocurrencias tan eficaces como el «carnet del mantero» y otras medidas de inserción laboral para alejarlos de las mafias de la venta ilegal. Es decir, nada. Seguirán los manteros ocupando el centro de las ciudades explotados por las mafias, las que de verdad se enriquecen de esa actividad ilegal. ¿Han paseado este verano por la playa de San Juan? ¿Qué piensa el comerciante que vende bolsos o gafas en su establecimiento pagando tasas, impuestos, salarios, cotizaciones a la Seguridad Social? cuando frente a su comercio se instala un grupo de manteros vendiendo bolsos y gafas? Tolerancia, lo llaman algunos y algunas. Como cuando se habla de los derechos de las mujeres musulmanas tantas veces negados con la cobarde complicidad de las progres sociedades europeas. ¿Tolerancia? Lo dijo Martin Luther King, no un cualquiera: «La sumisión y la tolerancia no es el camino moral, pero sí con frecuencia el más cómodo».

Thomas Mann tuvo que exiliarse de Alemania para huir de la persecución de los nazis. En 1938 se firmaban los «Acuerdos de Múnich», un pacto por el que los buenistas y tolerantes Chamberlain y Daladier entregaban a Hitler la región de los Sudetes sin ni tan siquiera estar presente el Gobierno de Checoeslovaquia. Mann escribió al respecto un ensayo titulado «Esta paz» en el que criticó duramente dicho pacto. No es de extrañar que dijera: «La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad». Pues eso.

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