Sistema electoral

06.09.2016 | 03:31

La culpa de que sigamos con un gobierno en funciones no es de la abstención del PSOE ni de la rigidez de Rajoy, sino de nuestro sistema electoral. A menudo pensamos que esta cuestión es baladí, que lo importante es elegir a los diputados por medio de un voto y lo de menos es el modo. Pero lo cierto es que la forma en la que elegimos a nuestros diputados es una pieza clave. Con ella comprometemos el mismo sistema representativo, pues el procedimiento electoral proporcional de listas, vigente en nuestro país, pone en cuestión la misma esencia del parlamentarismo. ¿Podría ocurrir un bloqueo institucional parecido con procedimiento electoral de mayorías? Quizá, pero sería altamente improbable. El Parlamento representativo clásico es una herencia liberal que se pone en práctica por primera vez en Reino Unido, se generaliza en el continente europeo tras la Revolución francesa y se mantiene vigente durante prácticamente todo el siglo XIX. Los diputados son elegidos para defender los intereses de sus distritos y los de la nación. Los ciudadanos eligen a un representante por distrito usando el sistema electoral de escrutinio uninominal mayoritario: el candidato con más votos gana. Los representantes tienen libertad de conciencia, pero están sometidos a tres lealtades que no siempre pueden conciliar: a los ciudadanos del distrito por el cual fueron elegidos, a los principios ideológicos básicos de su partido y a la propia nación. La conciencia libre del representante habrá de dirimir los posibles conflictos entre ellas, pues no debe obediencia a nadie. El sistema clásico de representación es clásico, sí, pero no obsoleto o ineficaz. Si insisto en la palabra clásico es porque considero que tiene la dignidad suficiente para ser modelo a imitar. Hoy en día sigue vigente en Reino Unido y en Francia, dos grandes países de los que tendríamos seguramente algo que aprender. En Reino Unido el candidato de distrito sigue eligiéndose a una sola vuelta, pero en Francia, desde la IV República, lo eligen en una segunda vuelta si nadie ha conseguido mayoría absoluta en la primera. El sistema se perfeccionó. Sin embargo en el siglo XX en el resto de Europa se impuso el sistema de listas proporcional de elección. Desde la Transición está vigente también en España. ¿Fue un error? Juzguen ustedes tras la comparativa con el sistema británico. En Reino Unido es la militancia del partido la que elige al candidato. Cierto que el partido puede proponer uno, pero en cualquier caso debe ser admitido por las bases del distrito correspondiente. Sin embargo, en España el jefe del partido elabora con mano de hierro las listas electorales de todo el país. Los grandes partidos británicos concentran en una dirección nacional las decisiones políticas fundamentales: lo que da entidad ideológica al partido. ¿Se podría decir entonces que los electores británicos votan pensando en su partido y no en el diputado? Quizás, pero cada diputado tiene una oficina en su distrito y parte de su trabajo es estar allí para atender a sus vecinos. Los electores votarán por intereses nacionales o por cuestiones locales. Y, algunas veces, por ambas cosas. A saber. Pero en cualquier caso votan a una persona. Y esta persona, no el partido, será el responsable de sus decisiones políticas. En España votamos a una lista en la que no conocemos a la mayoría de los candidatos. Además es impensable que nuestros diputados nos den audiencia para atender a los problemas de nuestro barrio. ¿Verdad? Ciertamente en todos los países los partidos políticos intentan imponer su disciplina, pero el sistema electoral español consigue de los diputados una obediencia ciega impensable en Reino Unido. En el Parlamento británico los miembros del gobierno se sientan en el primer banco. Tras ellos se sientan los diputados más afines y obedientes: los que forman parte de la estructura del partido. Pero los diputados que están situados más atrás están menos involucrados en esta estructura y son más independientes. Aunque el jefe dictase una orden, pueden incumplirla si su conciencia y su distrito lo aconsejan. Se produce así cierto equilibrio inestable que hace del Parlamento una institución viva y verdaderamente deliberativa. Los ejemplos son múltiples. Muchos parlamentarios laboristas se rebelaron contra la postura oficial de su partido en las votaciones sobre la guerra de Irak y, en cierto modo, los gobiernos de Margaret Thatcher y Tony Blair cayeron por la oposición de parte de sus diputados. Nada parecido a esto sería posible en España donde las sesiones parlamentarias son una sucesión de monólogos llenas de consignas partidarias. La razón es que nuestros diputados solo rinden pleitesía a su secretario general: su único jefe. En fin, las preguntas son obligadas: con un sistema electoral uninominal de mayorías, ¿seguiría siendo Rajoy el jefe del PP?, ¿seguiría siendo Sánchez el líder del PSOE? Y en cualquier caso, ¿seguirían los ochenta y cinco diputados del PSOE obedeciendo como clones y votando no en la investidura?, ¿cuántos diputados del PP dejarían de votar al candidato actual de su propio partido?

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine