06 de septiembre de 2016
06.09.2016

El principio de Ockham

06.09.2016 | 03:31
El principio de Ockham

Normalmente solemos liarnos en busca de la solución al problema que se nos plantea, a la dificultad con la que nos encontramos, a la incógnita a despejar. Llevamos nuestras hipótesis hasta el paroxismo, retorciendo realidades, y edulcorando conclusiones. Presumimos alternativas descabelladas que a veces son hasta contradictorias, y en nuestro discurso argumentamos presunciones antes que lógicos razonamientos. A menudo, solemos caer en nuestras propias trampas para poder llegar a la solución que previamente habíamos elegido, o lo que es lo mismo apostando por un resultado apetecido, construimos a posteriori toda una batería de explicaciones que despejen la incógnita que anticipadamente habíamos dispuesto. Ante este galimatías de hueros discursos y pobres argumentaciones, un filósofo franciscano de la edad media, optó por lo que se dio en llamar «el principio de Ockham», nombre del aludido fraile. La explicación más sencilla de un hecho suele ser la correcta, en esta frase tan clara y concisa Ockham dejaba para las discusiones el principio de parsimonia. Cuando dos o más explicaciones se ofrecen para un hecho, la explicación completa más simple es preferible; es decir, no deben multiplicarse las soluciones sin necesidad alguna.
Si aplicamos este método tan racional a la complejidad de lo que viene sucediendo con nuestros representantes en el Congreso de los Diputados, en ocasión de las posturas y postureos para la formación de un gobierno, fallido y fracasado el intento por parte de Rajoy, desde su acuerdo con Ciudadanos que elevaba el nivel de demanda de confianza de la Cámara a 170 insuficientes diputados, deberíamos optar por buscar y encontrar la explicación más sencilla al bloqueo que impide, una y otra vez que los españoles sigamos sin gobierno tras dos elecciones. Una vez analizado el panorama, argumentaciones, posiciones, intentos, negaciones, devaneos y rechazos de unos y otros, el principio de parsimonia, nos lleva irremisiblemente a que todo se solucionaría con la desaparición del panorama político de quien con sus actos bloquea la situación. Sin Sánchez y sus noes tendríamos ya gobierno, oposición y profusión de animadores de escaños multicolor en una legislatura determinante para el futuro de nuestra nación. Ockham y su principio así lo determinan.
Sencillo, sin recorrer caminos tortuosos en discusiones bizantinas, sin buscar culpables donde no los hay, sin poner sobre el tapete de las discusiones argumentos rudimentarios que llevan a la confusión y al desconcierto, cuando no a un laberinto de falsas salidas que nos conducen sin remisión a dejarnos en el camino tiempo, que no se tiene, e inteligencia que se revela ante tanto circunloquio sin destino. Tan sencillo que no lo queremos ver teniéndolo delante de nuestras narices. La normalidad democrática exige que aquel que, tras unas elecciones, ha conducido a su organización al más pobre resultado en la historia de la misma, debiera haber dimitido en hora buena de su cargo, sino a la primera, con un mínimo de decoro en la segunda. Sánchez ha perdido ese mesmerismo inicial, cuando nadie conocía su verdadera personalidad. Su capacidad de sugestión ha dado paso a un hartazgo de sus perversos posicionamientos. Otro dirigente socialista, de talante distinto y distante, debiera tomar las riendas para enmendar tal desaguisado. Ockham y su principio acuden a nuestro rescate por el camino más fácil, la solución a este galimatías político está directamente relacionada con la explicación más sencilla: dimisión o cese forzado ante un acontecimiento de carácter negativo como lo es la pérdida constante de elecciones. La aplicación de la teoría del monje suele dar en la diana.
Últimamente con demasiada intensidad, lo cotidiano, las obligaciones contraídas con otros, se exaltan intentando usurparles su rol primigenio, dándole carácter de esfuerzo, de algo a destacar, el exhibicionismo y el hedonismo van copando estratos muy concretos de nuestra sociedad, subvirtiendo valores y costumbres, al sublimar lo obvio y ningunear lo correcto. Nos movemos en unos tiempos en lo que a lo racional se le maquilla de caduco y trasnochado, y toca ver como todo aquello que sea tratado como nuevo, sin más se le da el plus de correcto e incluso de honesto, poniendo en duda casi todo del pasado, reciente o del pretéritamente alejado, las explicaciones suelen ser sinuosas y de difícil comprensión, cuando no de imposible solución. Si dos o más hipótesis tienden a tener las mismas consecuencias, debería optarse por la que demande menor cantidad de dificultades. De las tres de Sánchez, el no a Rajoy, el no a liderar alternativa alguna, y el no a elecciones, el cambio de postura que sin duda ofrecería menor peligro para la viabilidad gubernamental de España, sería la de permitir la gobernación al descartar el no por la abstención. Él lo sabe, su partido también y sus mayores no paran de recordárselo. Pero Sánchez en sus soliloquios únicamente parece preocuparse de su inmediato futuro.

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