03 de septiembre de 2016
03.09.2016
Opinión

Es lo que hay

03.09.2016 | 04:19
Es lo que hay

Esta expresión, que utilizamos con profusión en nuestra tierra, denota, por un lado, un conformismo casi extremo y que, por otra parte, sirve como advertencia para señalar que no debe esperarse más, en un gran número de situaciones, de lo que se observa o de lo que se ha expuesto oralmente. Útil para describir y evaluar algo que no satisface pero que irremediablemente debe aceptarse, como puede ser una comida, un plantel de futbolistas, una herramienta de trabajo o un salario. La frase contiene un dejo de tautología aunque no carece, por cierto, de contundencia. Es inútil escudriñar en busca de un origen especial, nacido en una anécdota, en un cuento o en un hecho histórico, pues está a la vista, ya que no encierra ni el menor atisbo metafórico.


Lo cierto y verdad que en los últimos años, los españoles la utilizamos cada vez más. Vivimos una época en la que muchos no estamos del todo contentos con lo que hacemos, con nuestro trabajo con nuestra vida en general, pero por una razón u otra hemos decidido resignarnos con ello o simplemente aceptarlo y, de una manera o de otra, seguir para adelante. De hecho, una de las frases más repetidas y pronunciadas en los últimos tiempos es el famoso? «Es lo que hay».


Pero debemos plantearnos la pregunta: ¿Qué significado tiene la frase? Resignación o aceptación. La resignación es una actitud que se adopta ante la vida, a veces tratada como una suerte de virtud; algo así como una postura estoica para hacer frente a todo tipo de adversidades. Psicológicamente hablando podríamos clasificarla como una especie de resiliencia pasiva. Otras veces es interpretada como una característica de aquel que no está dispuesto a luchar, del que se da por vencido, del que acepta el destino sea éste cual sea y aunque resulte perjudicial.


La idea de aceptación se refiere a que una persona aprende a vivir con sus errores; es decir, que acepta su pasado y de esta manera, puede encarar el futuro con una nueva perspectiva y aprovecha las oportunidades que brinda la vida.


Aceptar es dejar de pelearse con el pasado, es entender que todo lo que me pasó facilitó mucho de lo que soy y lo que aprendí. Aceptación es la integración de mi pasado, y de mi presente, e incluso de mi futuro.  No tiene que ver con ninguna lucha, ni con un conflicto, y no tiene que ver con abandonar un ideal, porque el ideal está en un segundo plano, en el futuro.


El último sondeo del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), desvela que casi 8 de cada diez españoles (el 76%) desaprueba la situación política actual.


El estudio revela que la falta de gobierno en España como consecuencia de la incapacidad de los partidos para sellar un acuerdo de investidura preocupa a los españoles tan poco como la independencia de Cataluña, ya que ambos asuntos figuran con un 1,4% de menciones espontáneas en los cuestionarios. Hemos aceptado la situación o simplemente nos hemos resignado con lo que nos ha tocado. Los españoles tenemos poca confianza en la fuerza de la sociedad civil y hacemos poca presión. Pasaron aquellos tiempos de la Transición en que vivíamos ilusionados con un periodo de cambios, concienciados en que vivíamos un momento histórico. Ahora puede que haya un cierto cansancio y poca fe en que las instituciones sean realmente efectivas para expresar nuestras quejas.


Da la sensación de que la sociedad española ha entrado a una especie de cultura de la resignación, donde todo se soporta, incluso tener que ir a votar el día de Navidad. Nos encontramos ante la política del hastío, la resignación y el desengaño. Los españoles, están resignados y ya no esperan nada de gente incapaz de dialogar y ponerse de acuerdo.


Es cierto que la realidad y las cosas que nos pasan, son las que son y que en la vida hay mucho de «es lo que hay», pero lo que es realmente importante es nuestra actitud ante estos hechos y lo que decidimos hacer a partir de ellos.


Para terminar me gustaría comparar esta actitud a la que podemos tomar a cuando perdemos el autobús y vemos como este se marcha en nuestras narices. Cuando esto nos pasa podemos hacer dos cosas:


Quedarnos con cara de «tontos», resignarnos y quedarnos sentados en el banco de la parada, lamentándonos porque ya no llegamos a esa cita que tanto esperábamos.


O, podemos asumir que lo perdimos, echar a correr e intentar cogerlo, o buscar alternativas para llegar a nuestra cita de otra manera.


Lo que tengo claro, es que los primeros (los resignados) se quedarán allí sentados, lamentándose. Los segundos (los que aceptan lo que pasó) llegarán a dónde se proponen. Quizás un poquito más tarde, pero llegarán. Concluyendo «resignación» o «aceptación». Es lo que hay.

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