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La Universidad: Estado de excepción

28.08.2016 | 04:28
La Universidad: Estado de excepción

Un año más las aulas universitarias están a punto de abrirse para reiniciar el curso. Cualquiera que las visite todavía vacías sentirá un silencio que pronto se llenará de rumores, tal y como viene sucediendo desde hace casi mil años en uno u otro rincón de Europa. Por alguna razón a la universidad le resultan más propios los actos inaugurales que las clausuras. Abrir, volver a empezar y regresar al principio que suponen las ciencias y los jóvenes forma parte sustancial de la vida universitaria.

Además ya se trata de un rito civil que señala la finalización del verano y que está incorporado a las sociedades modernas como las fiestas de la cosecha a las antiguas sociedades agrarias. En realidad la universidad es para nosotros lo que la tierra y las estaciones fueron para ellos: la principal fuente de riqueza. Sin embargo, el verano sigue marcando el ritmo universitario cerrando y abriendo su constante volver a empezar.

Quienes no conocen la índole de lo universitario suelen hacerse cruces por el régimen de las vacaciones y el trabajo universitario. Pero la universidad es precisamente la institución que la tradición occidental ha creado y preservado para garantizar que unas cuantas personas tuvieran «tiempo libre», en el doble sentido de no sometido a las coacciones de las necesidades o de los poderes, y de disponible para estudiar, para transmitir el saber acumulado y para acrecentarlo. Se trata, pues, de que personas sin el patrimonio necesario se puedan dar el lujo de estudiar y no ser productivos.

Tanto los jóvenes como los profesores formaban la universidad por ser dos sujetos sociales a los que se les reconocía la excepcional condición de ser improductivos. Así que cuando los responsables universitarios olvidan esto y dejan proliferar los trámites burocráticos y las interminables –y supuestas– garantías de «calidad» académica, o bien aplican un despistado sentido contable al profesorado para hacerlo más «productivo», están dilapidando torpemente el bien más genuinamente universitario: el tiempo. Gestionar eficientemente una universidad es conseguir que alumnos y profesores tengan que perder el menor tiempo posible en cualquier otra obligación que no sea estudiar y aprender.

Y tiempo es lo que tienen los jóvenes y todos aquellos que pueden volver a empezar, tal y como hacen efectivamente quienes vuelven al principio de sus saberes correspondientes. En ese sentido las instituciones universitarias son algo así como maquinas sociales de tiempo, generadores de tiempo disponible. Las bibliotecas, por ejemplo, son la infraestructura más emblemáticamente universitaria porque son inventos para ahorrar (liberar) tiempo facilitando el acceso a los soportes del saber.

Esa tenencia de tiempo que comparten los jóvenes por su edad y los profesores por su oficio es el núcleo de la secreta afinidad que los reúne. Y es que la universidad es un estado de excepción en el que no rigen las leyes comunes: los que pagan no son los que mandan sino los que aprenden; los que saben mucho se tienen a sí mismos por ignorantes, mientras los que saben poco creen saberlo casi todo; y los que tienen el poder político o económico no tienen lo que hay que tener para que sus palabras sean consideradas. Ahí radica la excepcionalidad que garantiza la auténtica autonomía de la institución universitaria: poder estudiar y decir la verdad.

La secular distinción entre «autoridad» entendida como el saber socialmente reconocido y la «potestad» como el poder socialmente ejercido, explica bien la antigua y perdida costumbre de que las fuerzas públicas tuvieran vedado su paso al recinto universitario. La universidad se dibujaba así como un estado de excepción con hábitos al margen de los comunes: un espacio de autores y autoridades y no de poderes ni de poderosos.

La excepcionalidad universitaria consiste, pues, en que casi nada ocurre del mismo modo que en el resto de lugares. Todavía recuerdo el tono de irritado reproche con el que un recién estrenado universitario decía necesitar un diccionario para entender las clases. No le faltaba razón, porque en la universidad se utilizan palabras que no se usan o que se desconocen en cualquier otro lugar y, a veces, aunque son las mismas tienen sentidos completamente nuevos y propiedades desconocidas, como si se tratara de claves o sortilegios que sólo con esfuerzo se llegan a conocer. Para quien no pone ese esfuerzo es fácil que el saber y la sociedad que éste genera le parezcan sectas de conjurados que hablan palabras ocultas y persiguen intereses ociosos.

Pero no se trata de conjuras por el poder sino de la magia de la universidad: la excepcionalidad del ocio («skola» en griego) que no entienden quienes creen que las leyes del negocio («nec-otium» en latín) rigen también la sustancia de la vida universitaria. La actual propensión a concebir a los alumnos como clientes es un allanamiento de esa excepción. Una mercantilización que convierte a las universidades en grandes superficies de productos académicos, y a los profesores en vendedores de conocimientos a cambio de recursos de procedencia pública o privada. Detrás de esa deformación vienen las pretensiones gerenciales y sus criterios de costes y beneficios que, siendo necesarios e imprescindibles, son del todo secundarios, precisamente porque su subordinación es un rasgo constitutivo de la excepción universitaria.

Y es que ni el saber ni su transmisión se rigen por las leyes económicas ni les ocurre como a los bienes materiales que si se dan se pierden. Muy al contrario, el saber crece cuanto más se distribuye y el modo más perfecto de su posesión es su comunicación. Por eso siempre me ha parecido que la saga de J. K. Rowling reflejaba ingenua pero certeramente la magia que envuelve el comienzo de los cursos universitarios. Volver a la universidad también es como volver a un lugar ubicado entre los demás pero constituido por una excepción que incluye propiedades y efectos nuevos para las personas, las palabras y las cosas. No creo que se pueda ser universitario sin haber sentido –aunque sólo sea alguna vez– la magia de esa excepción, la del conocimiento y su comunicación.

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