El nombre de la risa

19.08.2016 | 04:12

Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego de «El nombre de la rosa», odia la risa. En la película sobre la novela de Umberto Eco protagonizada por un estupendo Sean Connery, Jorge y Guillermo de Baskerville se encuentran en una ocasión en el scriptorium de la abadía y se produce un apasionante e improvisado debate en contra y a favor de la risa. Jorge dice que la risa es un viento diabólico que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos; pero Guillermo responde que los monos no ríen, y que la risa es un atributo humano.

El bibliotecario replica que el pecado también es un atributo humano, y que en ningún momento de las Escrituras se dice que Cristo riera, aunque Guillermo apunta que tampoco se dice que no lo hiciera. El debate medieval en torno a la risa puede llevarse a los Juegos Olímpicos, y del mismo modo que en «El nombre de la rosa» se plantea la crucial cuestión acerca de si Jesús era o no dueño de sus ropas, en Río de Janeiro se podría plantear la tremebunda cuestión acerca de si los deportistas deben o no reír mientras compiten.

El nombre de la risa San Juan Crisóstomo decía que el mundo no es un teatro para reír, y la regla templaria prohibía la risa y las charlas mundanas. Jesús no ríe en el Nuevo Testamento, pero en los Evangelios Apócrifos (textos no reconocidos como canónicos por la Iglesia) nos encontramos con un Jesús que sí ríe.

Paloma del Río, la magnífica comentarista de gimnasia de TVE, insiste en que las gimnastas que sonríen ganan mucho, así que el suelo en el que Simone Biles nos maravilla con sus ejercicios sí sería un teatro para reír, y parece que las reglas de la gimnasia no prohíben la risa ni el maquillaje de las gimnastas.

Nadia Comaneci no reía mucho cuando competía, pero hay imágenes no canónicas en las que se ve reír a la gimnasta rumana. Usain Bolt ríe mucho antes y después de sus carreras e incluso mientras corre porque en menos de diez segundos el atleta jamaicano tiene tiempo para salir mal, acelerar, seguir acelerando, saludar al público, echar un vistazo a su alrededor y esbozar una sonrisa.

El velocista estadounidense Justin Gatlin no ríe, probablemente porque está harto de perder carreras con Bolt. Y el sudafricano Van Niekerk, que destrozó la plusmarca de Michael Johnson en los 400 metros lisos, tampoco se rió mucho mientras protagonizaba la mejor carrera de la historia. Sin embargo, las mujeres de la natación sincronizada parece que tienen la obligación de sonreír cuando salen a la piscina, cuando hacen esas figuras imposibles en el agua y cuando esperan sus notas después del ejercicio. Vaya lío.

Aristóteles decía que la risa es lo «propio» del hombre porque es algo que se afirma necesariamente de él aunque no es esencial. Así, no podemos definir al hombre como «animal que ríe», pero el hombre sí es el único animal capaz de reír.

Entonces, podríamos decir que la risa es lo propio de las gimnastas, de los velocistas invencibles y de las nadadoras de sincronizada porque es algo que se afirma necesariamente de Simone Biles, de Usain Bolt y de Gemma Mengual aunque la risa no es esencial en el suelo, la pista de atletismo y la piscina. Los lanzadores de peso no ríen. Ni los maratonianos. Ni los jugadores de balonmano.

Anita Wlodarczyk no sonrió mientras lanzaba el martillo al infinito y más allá. Phelps sólo sonríe cuando sale de la piscina. Los fondistas kenianos no ríen. Nadal ríe poco. Parece que los gimnastas tienen menos obligación de reír mientras compiten que las gimnastas.

En definitiva, el debate sobre la risa en los Juegos Olímpicos sigue abierto, aunque parece que la risa depende sobre todo del deporte (sí en gimnasia femenina o en natación sincronizada, no en halterofilia o en los 3.000 metros obstáculos) y, en casos muy especiales, del deportista.

Usain Bolt no es el único atleta que ríe, pero sí es el único atleta capaz de reír en los últimos diez metros de una final de los 100 metros lisos en unos Juegos Olímpicos. El hombre de la risa.

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