Tribuna

El general Campins, un alcoyano fusilado por los suyos

16.08.2016 | 01:53
El general Campins, un alcoyano fusilado por los suyos

Cuando he leído textos sobre los últimos días de Federico García Lorca, detenido en casa de su amigo el poeta falangista Luis Rosales donde se pensaba estar seguro, aparecía a menudo la figura del primer gobernador civil franquista de Granada, el comandante José Valdés Guzmán que, tras el levantamiento de julio del 36, destituyó al comandante militar Miguel Campins Aura, un prestigioso general católico y moderado que llevaba pocos días en el cargo de máxima responsabilidad castrense de esa provincia, ajeno a que otros mandos ya estaban al corriente del conocido por Alzamiento Nacional.

Al enterarme que este general era alcoyano, me sobrevino el interés por su figura pues nada he oído ni leído en su tierra sobre el mismo. No sé si el hecho de haber sido amigo íntimo de Francisco Franco y sin embargo acabar fusilado por el bando nacional hace ahora exactamente 80 años, propició el que ni unos ni otros hayan querido saber de él, considerándolo ambos un traidor.

Gracias a la completa tesis doctoral del historiador Manuel Tourón Yebra, leída en la Universidad Complutense de Madrid en 1992 y posteriormente publicada por la misma, sabemos mucho de la vida de este militar.

Comencemos diciendo que nuestro personaje era hijo del teniente de Infantería Miguel Campins Cort que desde soldado raso había ascendido por méritos de guerra en Cuba, siendo destinado al Regimiento existente en Alcoy, instalado tras los violentos movimientos revolucionarios acaecidos en la ciudad el año 1874.

Allí conocería a una alcoyana llamada Juana Concepción Aura Calvo con la que casará en 1879, naciendo el 18 de marzo del año siguiente su primogénito Miguel. Trasladado el padre a Valencia, fijará allí su residencia en 1883 y cuando la epidemia de cólera de 1885, morirán la madre y su hermano menor César.

El teniente Campins, abatido y solo con su hijo de cinco años, pide ir destinado de nuevo a Cuba. Conocía la isla y el sueldo era el doble que en la metrópoli.

Dura tuvo que ser la vida de Miguel Campins Aura, interno tan pequeño en los Jesuitas de La Habana, vuelto a España en 1891 para pasar por otros internados con un tutor que era hermano de su madre y se quedaba con el dinero para él que mandaba de la isla caribeña su padre que se volvería a casar y acabó siendo teniente coronel.

Con una brillante hoja de servicios, el ya comandante Campins conocerá a Franco en Oviedo el año 1918 con el que compartirá luego importantes acciones de guerra en Marruecos como el desembarco de Alhucemas, forjándose una gran amistad entre ambos de tal modo que cuando se crea la Academia General Militar de Zaragoza y se pone al frente de la misma al general Franco, éste nombrará subdirector y jefe de Estudios al entonces coronel Campins.

Disuelta la Academia con la llegada de la II República, escribe Campins la breve historia de la misma y tras las zozobras de la época, es ascendido a general de Brigada en mayo de 1936 y dos meses después destinado a Granada como comandante militar.

Con disciplina castrense y ajeno a los movimientos que llevaron al 18 de julio, ante el que se mantiene dubitativo porque es leal a la República y carece de información, Campins no responde a los requerimientos del general Queipo de Llano que había triunfado en Sevilla hasta el día 20, en que presionado por mandos inferiores y también claro enemigo del caos, el anticlericalismo y la violencia frentepopulista, proclama el estado de guerra, destituye al gobernador civil y pone en su lugar al comandante Valdés con el que se enfrentará entre otros motivos por la brutal represión que desencadena en Granada, acabando denunciado ante Queipo que le tenía ganas, lo destituye y ordena llevarlo a Sevilla a donde llega el 4 de agosto.

Tras juicio sumarísimo es condenado a muerte el 14 de ese mes por aquello tan paradójico de «adhesión a la rebelión». Enterado Franco pidió clemencia a Queipo de Llano el 15 por telegrama. Ambos generales se odiaban hasta el punto que éste llamaba al futuro y monárquico caudillo «Paca la Culona». Además aquél conspiró contra la monarquía, ocupó altos cargos tras la proclamación de la II República y era consuegro del primer presidente de la misma, Niceto Alcalá Zamora.

Queipo, cuyo talante represor fue inmenso, dijo que leería la misiva de Franco el lunes 17, apresurándose a mandar el fusilamiento que se haría ese domingo 16 a las seis y media de la mañana en las murallas del barrio de la Macarena. Ni vestir uniforme se permitió a Campins cuya memoria y honores reivindicó siempre su primogénito el coronel Miguel Campins Roda cuyo hijo Miguel Campins Rahán llegó a general, todos del arma de Infantería.

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