Impresiones

Participación ciudadana y otros embustes

13.08.2016 | 04:37

Día sí, día también, leemos en INFORMACIÓN algo acerca de los muchos líos que se organizan en la arena social alicantina, todos ellos a cuenta de los desacuerdos, no por frecuentes menos épicos, que se suscitan en todas las palestras donde hay un político: veladores de Alicante ciudad, playas de perros, procesiones, horarios de colegios y cualquier cosa que a uno se le pueda ocurrir y en la que meta baza un político, sea este declarado o encubierto. Pareciera que la mayor habilidad del actual oficio de político consiste en inventar follones allí donde las más de las veces no los hay; en todo caso, no resolverlos, sino promoverlos, y de qué modo (llámenme ustedes malpensado).

En los ayuntamientos ahora es moda lo de la «Participación Ciudadana» y lo de los «Presupuestos Participativos». ¿Qué es eso de la «Participación Ciudadana»? ¿En realidad hay interés en que la ciudadanía participe en las decisiones municipales, o solo se trata de dar esa impresión para contentar a los más crédulos?

No hablemos ya del Congreso, porque allí el ciudadano queda muy, muy lejos, y se juega al parchís –que no al ajedrez– utilizando como fichas los votos habidos de aquellos que votan. Pero eso es harina de otro costal. Sucio, pero costal.

La política es una necesidad para la adecuada gestión de las sociedades humanas. Y para implementar las políticas deberíamos contar con los políticos que nos representan (muy mal, por cierto); es decir, que los políticos deberían ser gestores y «solucionadores» de problemas; pero, lejos de eso, parecen ser quienes, como he dicho antes, los crean y alimentan (léase, repito, el INFORMACIÓN de cualquier día).

Parecen ignorar los políticos en general que para encontrar soluciones a los problemas, tanto naturales como artificiales, lo esencial y obvio es contar con las sensibilidades de los grupos de personas afectadas por ellos; y a partir de ahí, ser capaces de conjugarlas de manera leal, ecuánime y transparente, para llegar a un acuerdo satisfactorio para todos. Es lo que se llaman «técnicas de resolución de problemas», lamentablemente más conocidas, cómo no, como «Problem Solving Techniques». Y para eso hay herramientas muy eficaces, derivadas de la «teoría de la decisión» (herramientas con base matemática de «ayuda a la toma de decisiones») que se utilizan ampliamente en los países desarrollados desde hace más de 30 años. Aquí no, claro.

¿Cómo «solucionan» los ayuntamientos y demás los temas de «Participación Ciudadana» y «Presupuestos Participativos»? Pues se convoca a los ciudadanos hasta por internet para que expongan sus ideas y cada cual diga la suya (suelen ser algunos centenares, aunque pueden llegar a miles); luego se seleccionan unas decenas, que pasan «a la final»; y, de entre ellas, se escogen unas cuantas que, finalmente, se verán implementadas. Y ya está: todos contentos, aunque «no salga» su propuesta, que por lo menos «en el bombo» ha estado.

Las preguntas, que suelen quedar en el tintero de todo o casi todo el mundo, son ¿cuáles son los criterios por los que se eligen las opciones a implementar?, ¿quién determina esos criterios?, ¿en base a qué se deciden?, ¿se aplica alguna herramienta específica para eliminar sesgos? Es decir: ¿Quién decide, cómo y por qué? Las respuestas a las dos primeras preguntas suelen ser: un concejal o el alcalde; a la tercera: en base a sus propios intereses o creencias; a la cuarta: «¿Mande??». A la última, siendo así las respuestas anteriores: Yo (el político de turno), como Dios me da a entender (a falta de mejor opción) y porque sí (que para eso me han puesto).

Uno, en su candidez, ha tenido ocasión de comprobar que no existe en los políticos en general ni voluntad ni intención alguna de solucionar problemas y de hacer que la gente se entienda, en vez de andar a la greña; y eso ha sido a través de muchas reuniones (muchas) mantenidas con políticos de toda grey, desde altos cargos del gobierno valenciano hasta alcaldes, concejales y concejalillos. Y la cosa ha sido invariable: ni siquiera saben que existe el tipo de herramientas que uno enseña a sus alumnos a manejar cuando se trata de decidir en consenso y considerando todas las opiniones y sensibilidades para encontrar la mejor solución a problemas multicriterio, como lo son precisamente los casos que nos ocupan (los anglosajones lo llaman «Multicriteria Decision-Making»). Ellos ponen cara de póquer o, directamente, miran a un servidor como si fuera un extraterrestre. Luego, cuando uno se lo explica y demuestra con el sufrido ordenador portátil, se quedan impresionados y a veces me dicen: «¿pero eso existe?». Pues sí, queridos, les digo yo; y se utiliza por ahí desde hace casi siete lustros?

Y ahí queda la cosa. Porque ningún político al uso está interesado en resolver problemas; como mucho, en cubrir expediente y aparentar que tiene voluntad de solucionarlos.

Resulta, por otra parte, que yo no soy políticamente correcto, para qué engañarnos; y por eso digo con toda claridad que no, que ni en los casos más de moda, como los asuntillos mencionados de la «Participación Ciudadana» (¿participación en qué?) o los «Presupuestos Participativos» (?) hay nada de cierto. Porque si los datos que se recogen en una campaña «de participación» se procesan mal, o ni siquiera se procesan, sino que se decide al tun-tun, o en todo caso mediante procedimientos dudosos, la cosa no pasa de ser un paripé. Y no hay más. Pero es que, además, ellos lo saben.

Si el público «participante» quiere contentarse y pensar que de verdad se le tiene en cuenta con estos métodos falaces, pues allá cada cual: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Pero ustedes, enorme mayoría de señores políticos, no deberían intentar embobar y embaucar al ciudadano con ese tipo de filfas y artificios de puro efecto que incluso ustedes mismos prefieren creerse. Bajen de una puñetera vez al suelo y hagan aquello para lo que están ahí: gestionar según su mejor saber hacer y entender. Y si no saben, pregunten, que no es deshonor preguntar y es precisamente lo que se hace en otros países. Otro gallo nos cantaría a todos.

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