Elogio de la locura

Carmen: la revolución francesa

11.08.2016 | 04:47
Carmen: la revolución francesa

La cama es un campo de batalla en el que gana el más fuerte, decía Teresa Cabarrús. Ella supo usar la cama y todos sus encantos –sus eficaces armas de mujer, la cizaña y los celos– para sobrevivir y triunfar en un mundo convulso

En soledad y silencio –mejor solo que mal acompañado– oigo la radio, tertulias para no perder absolutamente el contacto con la realidad, que eso y no otra cosa es estar loco, y releo a los clásicos regodeándome en ese placer que es la buena literatura.

Carmen es una ópera famosísima basada en una historia de Prosper Merimeé: una gitana guapa, sevillana, enamora a un cabo y, después de ser su éxtasis, se convierte en su ruina. Suele pasar en amores apasionados. Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, canta el sabio Sabina.

En mi biblioteca –para la que busco un digno heredero– encuentro otra Carmen, española nacida en Montevideo, guapa, inteligente, con un culturón que ya querrían más de un ministro y de cuatro cátedros de tantas disciplinas. Carmen Posadas tiene una obra cumbre que, siendo conocida, lo es menos de lo que debiera. La cinta roja, sin género de dudas una de las mejores novelas históricas de la narrativa contemporánea. La cinta roja –título de la novela– hace referencia al cerco sangriento que quedaba en el cuello de los ajusticiados a golpe de guillotina.

Si los franceses, por el romanticismo novelero, vinieron a España a crear su Carmen, nuestra Carmen fue a Francia para recrear una historia apasionante, la de Teresa Cabarrús.

Francisco Cabarrús era un hombre bien situado económicamente, fundador con Carlos III del Banco de España. Deseando lo mejor para su hija, la envió a Francia, adolescente, para que progresara y se abriera al mundo y a la modernidad frente al caciquismo curil y oscuro de aquella España borbónicamente amuermada.

Teresa superó sobradamente cualquier expectativa que sus padres, y su preceptor, el dramaturgo Leandro Fernández de Moratín, tuviesen sobre ella. Lista como un rayo, inteligente como una leona de caza, sensual como una diosa olímpica y decidida como el más imprudente de los mortales, Teresa no tardó en meterse a Francia en el bolsillo.

La autora retrata a la perfección la vida degradada del fin de la monarquía francesa, antes de que empezaran a rodar cabezas nobles bajo el silbido casi inaudible de «Madame Guillotine» y el régimen de terror que instauró aquel psicópata fanático y desalmado llamado Robespierre, el Incorruptible.

De la mano de una viuda, trotaconventos profesional, madame Boisgeloup, tuvo acceso –para quedarse y dominarlos– a lo más significativo de la sociedad francesa de la época, a la creme de la creme. Despierta y guapa a rabiar, no cayeron en saco roto cada consejo o cada maniobra decisiva que Teresa, niña hija de un fabricante de jabones de Carabanchel, captaba y adaptaba de inmediato a sus intereses.

La belleza –le dijo un día el obispo cojo Talleyrand– es el camino más corto hacia el alma del contrario pero hay que saber usarla con cabeza. Una maestra, Teresa, en amores apasionados, incandescentes, clandestinos, fugaces e interesados, una ruina cierta para el que sucumbía a su encanto, que hay que guardar la apariencia de virtud hasta el día de la boda. Luego? ancha es Castilla. Y aumentó indefinidamente el número y la calidad –poderío, posición, riqueza, etcétera– de sus amantes.

Estalla la Revolución –el 14 de julio de 1789 se toma la Bastilla– como tantas revoluciones que en el mundo han sido: una monarquía preocupada de su bienestar, riquezas mal repartidas, pobres cada día más pobres y ricos ignorando el hambre de los descamisados. Madame Deficit llamaba el pueblo a la reina María Antonieta por sus caras excentricidades.

Ruedan las cabezas de Luis XVI y María Antonieta. Sobrevive la guapísima Teresa Cabarrús y contacta con todos los prohombres de la Revolución entre los que tiene tanto o más éxito del que tenía entre la vieja nobleza de la decapitada monarquía.

Huye a Burdeos y tiene una relación pasional y fructífera con otro líder revolucionario –ansioso de dinero, fácil de comprar, traficante de salvoconductos a precio de oro– y pone en práctica otra de sus máximas de conducta: Conocer de qué pie cojea el enemigo es sumamente útil a la hora de vérselas con él. Su relación con Jean Tallien –sanguinario, menos que Robespierre o que Fouché– hace que pueda salvar a muchos franceses de la guillotina lo que le vale el sobrenombre de Nuestra Señora del Buen Socorro.

La cama es un campo de batalla en el que gana el más fuerte decía Teresa Cabarrús. Ella supo usar la cama y todos sus encantos –sus eficaces armas de mujer, la cizaña y los celos– para sobrevivir y triunfar en un mundo convulso, en una sociedad en la que conservar la cabeza sobre los hombros dependía de detalles nimios.

Lean a Carmen Posadas. Anuncia una nueva novela en octubre pero no me dice ni el título. Solo sus ojos, dulces, penetrantes, inteligentes? se expresan igual que su escritura.

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