Ikea en Rabasa, cuestión de ciencia

10.08.2016 | 02:47

Grande es el respeto que el doctor en Arquitectura, y también letrado en ejercicio, Manuel Ayús y Rubio, merece cuando opina de temas urbanísticos. Por eso una reflexión crítica acerca de su pronunciamiento en contra de Ikea en Rabasa, publicada en INFORMACIÓN de 9 de los corrientes, ha de hacerse con suma prudencia y con todo tipo de cautelas acerca del contenido de la propia crítica.

Pero ocurre también que en materia urbanística, como en materia jurídica, e incluso en la mayoría de los ámbitos de la vida, las posiciones maniqueístas son poco compatibles con la realidad y la multiplicidad de ángulos desde los que ésta puede ser estudiada. Este es, en un primer momento, el principal reproche que cabe hacer a la opinión de Ayús acerca del Ikea de Rabasa: su maniqueísmo desconcertante por cuya virtualidad la maldad de la implantación alcanza a incluso su mero planteamiento y comprende también la mentalidad de la primera autoridad municipal a la que reprocha que esté poniendo su situación política por encima del interés general de la ciudad.

Las cosas, estimado compañero, no suelen ser al 100% blancas ni al 100% negras, sino que hay una amplia gama de grises que es la que conforma la visión más realista de lo que nos circunda. Hasta el mismísimo Vaticano está, día tras otro, cuestionando el dogmatismo de sus dogmas –si se nos permite el galimatías– y abdicando de postulados que, hasta no hace mucho, comportaban el pase directo al fuego eterno.

Que la zona donde pretende implantarse Ikea sea una porción del territorio municipal repleta de problemática urbanística, circulatoria, preñada de cuestiones conflictivas y que precisa de un tratamiento omnicomprensivo de todos los intereses en juego, es poco cuestionable. Pero de ahí a establecer que tal implantación suponga subordinar el interés general al privado media un abismo de dimensión idéntica a la que separa lo verdadero de lo falso. Porque desconocer que el vecindario de Rabasa, que también es parte de la ciudad de Alicante, está en buena medida a favor de la implantación de Ikea es, a todas luces, ignorar la realidad.

Como es desconocer la verdad la afirmación que, aunque no lo haga Ayús en su artículo sí que subyace en el propio INFORMACIÓN de 9 de los corrientes («Lectores»), de que los terrenos en los que se pretende implantar Ikea «son del señor Ortiz», en manifiesta demostración de cómo el populismo, y más aún si es descalificatorio, renuncia a toda investigación acerca de la verdad que podría obtenerse con un simple análisis del contenido de los libros del Registro de la Propiedad, en los que lucen diversos propietarios, personas físicas y jurídicas, con legítimos derechos de propiedad sobre los terrenos en cuestión.

La complejidad de la solución socio-urbanística que se dé a los terrenos de Rabasa en los que pretende implantarse Ikea es comparable con la complejidad de los problemas que concurren en tal zona y que son certeramente expuestos en el trabajo sobre el que aquí reflexionamos: unión de la ciudad con la Universidad, áreas de especial protección de las Lagunas, zonas de entrada y salida de la ciudad, vías rápidas de circunvalación, etcétera, etcétera. Pero tal complejidad, por su propia naturaleza, es incongruente con la simplista solución de excluir, sin más, la implantación de Ikea, con el coste económico, social y político que tal exclusión comporta.

No cabe negar que la implantación de la firma sueca (o danesa u holandesa; multinacional en definitiva), supone un auténtico encaje de bolillos que precisa de la habilidad de expertos en varias disciplinas, capaces de cohonestar las diversas demandas concurrentes sobre el mismo espacio físico y, de entre ellas, la sin duda fundada en sólidos argumentos de la propia Ikea. Por eso, tachar de incompatible la pretensión de la multinacional parece a todas luces poco asumible a poco que se considere su simplismo que abiertamente se contrapone a la rica complejidad de la situación. Y, por encima de todo lo dicho, quisiera trasladar al entrañable compañero Manuel Ayús mi convicción de que nadie –si se exceptúan determinados postulados populistas, y por ello peligrosamente totalitaristas– está capacitado para definir lo que unívocamente es el «interés general de la ciudad» aconsejando, o imponiendo, de paso su propia conceptuación a la del máximo representante del gobierno municipal.

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