El ojo crítico

80 años después

22.07.2016 | 04:24
80 años después

Llama la atención que a pesar del tiempo transcurrido siga siendo la Guerra Civil (1936-1939) objeto de controversias y manipulaciones por aquellos que tratan de dar un tinte de buenismo a una dictadura –llamándola régimen autoritario– y a una Guerra Civil –afirmando que fue el resultado inevitable de una Republica que colapsó– que en realidad fueron la consecuencia de un golpe de Estado contra una democracia.

Cuando pasaron veinticinco años del fin de la guerra un sector del bando franquista que se había posicionado muy bien gracias a las cátedras universitarias dejadas por los exiliados –o directamente arrebatadas– así como al dinero y a los bienes de los republicanos vencidos comenzaron a sentir un tímido sentimiento de culpa que verbalizaron en la idea de que en la guerra todos los españoles habían sido cómplices de una locura colectiva que había que superar con diálogo. Lástima que no se diesen cuenta de ello en 1939. Entre ellos podemos recordar a Dionisio Ridruejo o al médico e historiador Pedro Laín Entralgo cuyo libro Descargo de conciencia –oportunamente publicado en un tardío 1976– responde a esa idea de «no tuve más remedio que hacerme franquista». El colofón de este pensamiento lo desarrolló Camilo José Cela en su libro San Camilo 1936 (Alfaguara,1969) que se resume en la frase «todos fuimos cómplices, todos fuimos culpables». Esto último unos bastante más que otros podríamos añadir. Novelista oficial del franquismo, recordado y leído únicamente por los estudiantes de bachillerato por ser un par de sus libros de obligada lectura, Cela alcanzó una popularidad inmerecida si lo comparamos con otros escritores contemporáneos suyos.

En un momento posterior, los mismos actores o sus hijos, añadieron que la Guerra Civil había que dejarla en el pasado, olvidarla y no volver a hablar de ella si se quería llevar a cabo una Transición tranquila que desembocara en una democracia plena. Un velado aviso que se tradujo en una Constitución, la de 1978, plagada de concesiones a la Iglesia católica y al tardofranquismo. Es decir, una perfecta forma de no tener que dar cuenta de aspectos difícilmente explicables de su historia familiar o personal que trataba de extender la idea de que el pasado era mejor no tocarlo y, sobre todo, que aquellos que habían estado sometidos durante años a torturas, juicios sin ningún respeto a principios legales básicos de cualquier ordenamiento jurídico que se precie de serlo y con sus carreras profesionales imposibilitadas debían callarse y aceptar todas las injusticias a las que habían estado sometidos.

En una tercera fase, en la que nos encontramos ahora, los herederos sociológicos del franquismo, los que se beneficiaron durante años de aquella dictadura y sus descendientes, han optado por cambiar la historia sin complejo alguno. Se repiten de manera reiterada mentiras sobre la Segunda República como que fue una democracia que colapsó por su debilidad democrática y ética. Se dice que los gobernantes alimentaron de manera voluntaria un estado de violencia y que los únicos tres años en que gobernó la izquierda –de 1931 a 1933– fueron fuente de conflictos y de caos. Un tropel de seudohistoriadores publican libros como churros en los que justifican, cuando no ensalzan, la figura de Franco como un salvador de la patria. Todo mentira. En realidad con la llegada de la República en España terminó definitivamente la Edad Media y se dio un paso enorme hacia la modernidad. Desafortunadamente el bienio negro en el que gobernaron las derechas (noviembre 1933 a febrero 1936) y la dictadura posterior alargaron el caciquismo, la intromisión de la Iglesia católica en el ámbito estatal y la injusticia social durante cuarenta años más.

Estos días hemos vuelto a escuchar las mismas perogrulladas de siempre. Que si tenemos que dejar de hablar de las causas de la Guerra Civil; que si no debemos recordar todos los asesinatos que se produjeron en la guerra (en ambos bandos) y en la dictadura; que si debemos ver como algo normal la represión que existió hasta el último día del régimen dictatorial; que torturadores como Billy El Niño no deben ser castigados. «¡No sean ustedes pesados!», repiten una y otra vez. También se repite que en España hubo una revolución comunista que motivó el golpe de Estado cuando lo único que hubo fue que unos cuantos campesinos hartos de pasar hambre y de vivir en la miseria ocuparon algunas tierras y que grupos de ciudadanos se organizaron ante la dureza de la guerra. ¿Que hubo muertos en los dos bandos? Algo evidente ya que si no hubiese sido un exterminio de una parte de la población, no una guerra.

La Segunda República fue una democracia que, incluso con sus defectos, hubiese podido colocarnos a la cabeza de Europa. La Guerra Civil la consecuencia de un golpe de Estado de aquellos que no querían ver terminados sus privilegios económicos y sociales. No hay que olvidarlo.

Lecturas recomendadas: Manuel Leguineche y Jesús Torbado, Los Topos (Editorial Argos, 1977); Francisco García Pavón, Cuentos republicanos (Destino, 1976); Juan Goytisolo, El lucernario (Península, 2004).

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