El mundo por de dentro

A las duras y a las maduras

16.07.2016 | 03:52
A las duras y a las maduras

La frecuencia, diversidad y proliferación de referéndums pone de manifiesto la falta de liderazgo de los cargos políticos en un mundo globalizado. El aumento de los movimientos populistas –y el de Orbán lo es– de signo diverso son la otra cara del cosmopolitismo

Quiere que la Unión Europea tenga derecho a determinar una cuota obligatoria de ciudadanos no húngaros en Hungría sin el consentimiento del Parlamento?». Esta es la capciosa pregunta que el populista conservador Viktor Orbán, primer ministro húngaro (Federación de Jóvenes Demócratas, Fidesz, coaligado con el MPsZ, Alianza Civica Húngara) va a someter a referéndum el próximo 2 de octubre. Orbán es un experto en referéndums oportunistas; y él mismo ha evolucionado desde el joven contestatario al régimen tras la caída del Telón de Acero a vicepresidente de la Internacional liberal, y al mismo cargo en el Partido Popular Europeo, en apenas ocho años. Ha propugnado referéndums sobre la imposición de tasas sanitarias, sobre la propiedad de la tierra, sobre el reconocimiento de la nacionalidad húngara a las personas de etnia magiar de los países vecinos –Eslovaquia, Rumanía y Serbia, Croacia, incluso Austria– en general del antiguo imperio austro-húngaro; y ahora ha planteado un referéndum sobre la cuota obligatoria de refugiados, a pesar de que la medida fue apoyada en la comisión europea por la mayoría cualificada requerida. Un referéndum para decidir si acogen a ¡1.294 refugiados! en un país de nueve millones de habitantes.

Orbán fue apadrinado por Aznar y Berlusconi y, con la admiración de los cristianodemócratas bávaros del CDU, ha encabezado el llamado Grupo de Visegrado, una alianza informal de los países del Este de la Unión Europea, que forman Polonia, Hungría, Eslovaquia y Chequia, y su oposición a la política migratoria se ha hecho fuerte en un discurso por el control de las fronteras, apoyado –ahora ya da igual– por los euroescépticos británicos. Primer ministro desde 2010 combinó las «acciones cívicas» en la calle con la defensa de la identidad étnica magiar, «la hungarización», con críticas a la comunidad gitana; promesas de reducción de impuestos –¡tipo único en el IRPF!– frente a las políticas de austeridad impuestas por Bruselas. ¿Les suena? Orbán ha asegurado que las cuotas modificarían «la identidad cultural y religiosa de Europa», y que «ni Bruselas, ni ninguna institución europea tiene derecho a eso». Tampoco por lo visto a apercibirle por las serias intromisiones de su gobierno en la libertad de prensa.

El «Brexit», en mi opinión, tendrá el efecto de frenar estos movimientos del Grupo de Visegrado y similares, pienso que van a escarmentar en cabeza ajena la de su admirada Gran Bretaña. Y si contestan que no aceptan las resoluciones de la Unión Europea, que no se molesten en contestar a éstas otras que van de suyo: «¿Quiere que la Unión Europea le retire las ayudas que reciben de los Fondos Comunitarias sin el consentimiento del Parlamento húngaro?», «¿Quiere que los ciudadanos húngaros dejen de circular libremente y puedan trabajar en los demás países de la Unión Europea sin el consentimiento del Parlamento húngaro?», «¿Quiere que sus mercancías puedan circular en el mercado único de la Unión Europea sin el consentimiento del Parlamento húngaro?». Y así sucesivamente. Hay que estar a la duras y a las maduras.

La frecuencia, diversidad y proliferación de referéndums pone de manifiesto la falta de liderazgo de los cargos políticos en un mundo globalizado. El aumento de los movimientos populistas –y el de Orbán lo es– de signo diverso son la otra cara del cosmopolitismo. Ante la imparable tendencia a la globalización, a la creación de grandes áreas económicas y políticas, de grandes agentes institucionales supraestatales, ante el creciente intercambio y mestizaje cultural las respuestas de los populismos fluctúa entre la demagogia y el nacionalismo radical. De una parte se reafirma la identidad en factores culturales, tradicionales y étnicos frente al otro, al diferente y, sobre todo, se niega la principal, la que los franceses llaman «identidad republicana», la que se asienta en los valores comunes: la defensa de las libertades, de la democracia, de la solidaridad y de la igualdad de todos los seres humanos por encima de orígenes, credos, razas, sexo, etcétera.

El economista gallego Antón Costas ha relacionado el aumento de los populismos con la creciente desigualdad. Y esta misma semana el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, lo decía en relación al fenómeno Donald Trump. «Si la globalización no es equitativa y solo beneficia a la élites, veremos un populismo que dividirá la sociedad y puede ir en aumento». «La globalización, añadió, debe ir acompañada de políticas que combatan la desigualdad, con sueldos justos y sistemas de bienestar social». ¿Se habrá dado Rajoy por aludido?

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