El ojo crítico

Biografía del horror

15.07.2016 | 04:52
Biografía del horror

Aunque en los últimos años se han recuperado de la amnesia colectiva española asuntos de especial trascendencia que la dictadura franquista (1939-1977) trató de enterrar y después borrar de la historia de España –me refiero, sobre todo, a las fosas del franquismo y a los niños robados del franquismo– quedaba por estudiar un tercer elemento que, unido a los dos anteriores, relatase las durísimas condiciones en que tuvieron que crecer los miles de niños y niñas que vivieron en alguno de los internados que el régimen franquista puso en marcha nada más terminarse la Guerra Civil española, formando los tres una especie de trilogía de la vergüenza franquista.

Hace alrededor de un año la cadena pública de televisión catalana TV3 emitió un documental que ha dado pie, un año después, a la publicación de un libro que con el mismo título lleva a cabo una extensa memoria de uno de los elementos en que se sustentó la represión franquista, represión de la que formaron parte la Iglesia católica, el Ejército y la clase dirigente surgida tras la Guerra Civil. Me refiero a Los internados del miedo (Editorial Now books, 2016) en el que sus autores, Montse Armengou y Ricard Belis, dan voz a algunos de todos aquellos niños y niñas que fueron encerrados en instituciones que, dependiendo en primera instancia de organismos estatales, eran entregadas para su gestión, en la mayoría de los casos, a monjas de la orden de las Hijas de la Caridad de San Vicente o de las Cruzadas Evangélicas así como a curas salesianos. Lugares como los Hogares Mundet, la Maternidad de Barcelona, el colegio Josefinas de Lérida, el colegio San Fernando de Madrid o el Patronato de protección de la mujer se convirtieron en lo más parecido a campos de concentración para niños donde los golpes, las palizas, las humillaciones, el frío y las privaciones eran la tónica habitual. Pero lo más grave de la situación de abandono de todos aquellos niños y niñas que pasaron, en numerosos casos, desde su nacimiento hasta la mayoría de edad en aquellos siniestros lugares, fueron las violaciones y abusos sexuales de todos tipo que sufrieron a manos de curas profesores que pedían ese destino dentro de su orden religiosa para tener acceso a los pequeños. Hablo también de explotarlos laboralmente y de utilizarlos como cobayas en experimentos médicos cercanos al ensañamiento.

Uno de los orígenes lo encontramos en las ideas del psiquiatra oficial del franquismo, Antonio Vallejo-Nájera, que regresó de la Alemania nazi de Hitler con la idea de que el comunismo era una enfermedad contagiosa que había que exterminar debiendo separarse a los hijos de los padres culpables de ser de izquierdas. Se puso en marcha un sistema de internados que «acogió» a hijos de padres y madres encarcelados por su pertenencia al bando republicano, a niños de madres solteras a las que se quitaban los recién nacidos sin contemplaciones, a chicas que no aceptaban las estrictas normas católicas sobre vestimenta o comportamiento y, en general, a todo aquel que estuviera en una situación cercana a la pobreza como consecuencia de las políticas clasistas que el franquismo puso en marcha.

Especialmente vulnerables fueron los huérfanos y los hijos de republicanos encarcelados a los que se adoctrinaba a cambio de caridad. Víctimas propicias de curas pederastas que utilizaron estas instituciones para, como dicen los autores de este libro, «liberar sus instintos más bajos». Se produjeron innumerables casos de tocamientos y de violaciones, tanto a niños como a niñas, e incluso violaciones en grupo por parte de varios curas salesianos.

Pero, ¿qué se buscaba con toda esta violencia? ¿Qué se quería conseguir con este instrumento de adoctrinamiento de clara inspiración nazi? Hubo un evidente deseo de venganza del aparato franquista representado por una Iglesia católica que quería borrar cualquier recuerdo de libertad que representó la II República Española, castigando a los segmentos más pobres de la sociedad que, en muchos casos, eran los perdedores de la Guerra Civil. Además se hizo un gran negocio gracias a los miles de niños y niñas obligatoriamente internados al ser utilizados como trabajadores esclavos para confeccionar ropa que las monjas vendían a hoteles o a empresas como El Corte Inglés. La putrefacta comida que se les daba se debía a que alguien se quedaba con el dinero que el Estado daba para su alimentación. Los niños eran sometidos a crueles castigos físicos con cualquier excusa: se quemaba a los niños el trasero con velas y a las niñas se las frotaba sus partes íntimas con ortigas por orinarse en la cama por la noche, se les obligaba a comerse los vómitos que les producía la nauseabunda comida que se les daba, a formar noches enteras en el patio bajo la nieve y a ducharse con agua fría. Había niños que después de una paliza desaparecían del internado en el que estaban. En ocasiones las niñas eran obligadas a limpiar las compresas utilizadas por las monjas.

Dijo Albert Camus en El primer hombre que hay seres que justifican el mundo, que ayudan a vivir con su sola presencia. Historias como Los internados del miedo nos recuerdan el entramado de corrupción y violencia que se generó sobre los vencidos de nuestra guerra que siguieron viviendo con la dignidad que pudieron tener justificando el mundo de libertades de la II República. Si la Iglesia católica quiere obtener algún día la clemencia de la sociedad española por su actitud durante el franquismo debería comenzar por pedir perdón. Hablo de perdón, nunca de olvido.

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