Obsesión por la situación política

13.07.2016 | 03:49
Obsesión por la situación política

Observo una cierta irascibilidad contenida en los actores políticos que han concurrido a los últimos comicios del 26-J. Los resultados no han sido buenos para nadie, por mucho que el PP pretenda ponerse una medalla. En una democracia parlamentaria y representativa, los 137 diputados no le permiten desarrollar grandes proyectos políticos, ni dar grandes pasos, si no es con la anuencia de terceros grupos. Por lo que se aventura una legislatura muy corta y maniatada. Porque habrá de durar lo que quieran el resto de formaciones, y no va a depender del partido ganador. Es triste, pero es así.
¿No hay Gobierno en España desde hace 7 meses? ¿Y qué? No ha habido cataclismos –me dirán algunos–. Y complementan: «al menos, hasta ahora». Es mucho tiempo, demasiado. Es cierto que esto genera desazón en las instituciones comunitarias, que nos están esperando para darnos las gracias por lo buenos chicos que somos. Y también los inversores requieren y demandan un climax de tranquilidad y sosiego para depositar sus fondos. La gente quiere saber si los marcos legislativos laborales o tributarios van a seguir siendo los mismos o se va a producir giros copernicanos. Se está pidiendo seguridad jurídica (artículo 9.3 CE), pero también «seguridad política», que es cómo decir: ¿hay alguien por ahí que quiera coger el toro por los cuernos? Permítasele, al menos. Esas dudas ciertamente lastran. Y vamos a perder casi un año, entre pitos y flautas. Un año es toda una eternidad en el contexto económico-social presente. ¿Cuándo las primeras medidas para los más débiles? La interinidad de este Gobierno ha durado más de lo debido. Jamás habíamos vivido una situación como la presente. Ni los más viejos del lugar.
Quiero llegar a colegir que la política, por esencia y por sustancia, es normalidad, no es excepción. Tiene que ser aburrimiento, una faceta más de nuestras vidas aunque más trascendente. Porque a su través se incide de manera inmisericorde en nuestras economías domésticas, en el pago de los tributos para el sostén de los servicios básicos del modelo de Estado social; se incide en el ensanchamiento o no de nuestro marco libertario, etcétera.
Eso se llama consolidar cultura democrática, la que se halla todavía en estado evanescente. Estamos en los albores. Y hay decisiones que exasperan. ¿Qué desazón va a generar en la ciudadanía catalana que la mortecina Convergencia Democrática de Cataluña (CDC) del innombrable Jordi Pujol pretenda llamarse ahora Junts per Catalunya, Partit Demócrata Catalá o Partit Nacional Catalá? Convendrán conmigo en que esas decisiones no van a cambiar su vidas cotidianas, su trabajo, sus aspiraciones familiares, su futuro, etcétera. No son el ombligo, convendrán. Lo que sí demanda la ciudadanía es saber cómo se han gestionado los dineros públicos y a dónde han ido a parar, así como la respuesta judicial inmediata que el Estado de Derecho ha ofrecido y ofrece frente a los desmanes producidos, que han generado una gran alarma social. Esa sí que es una preocupación ciudadana de calado.
Hay que salir cuanto antes de esta situación de impasse. El hartazgo ciudadano se está desbordando y es preciso que esta situación sea reconducida con altura de miras. Si cada formación política empieza a mirarse su ombligo (porque piense que va a darse una cierta «desnaturalización», falso de toda falsedad) al final habrá un grave problema de raquis por patología de cerviz. ¡Tam!, ¡tam! –traquetean a la puerta–. E interpelan: «¿Hay alguien ahí que asuma la Política con mayúsculas?». Se oye el silencio. Al menos hasta ahora. Pero hay esperanza.

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