La flor de la vida

13.07.2016 | 03:48
La flor de la vida

Fue el prestigioso psiquiatra Carl Jung quien, a principios del siglo XX, popularizó los mandalas en occidente. Se trata de esos dibujos circulares y armónicos tan populares y que tantas personas hoy en día emplean para relajarse mientras los colorean. Según Jung, esas formas son arquetipos del inconsciente colectivo y, por eso, aparecen en casi todas las culturas. Efectivamente, dibujó mandalas la abadesa y médica alemana Hildegarda de Bingen en el siglo XII, al igual que lo hizo el pueblo estadounidense Navajo, pasando por los artistas cristianos del medievo, en su representación de la mandorla mística.
Al parecer, el origen parte del antiguo Tíbet, cuyos monjes, en sus prácticas espirituales de meditación, delineaban intrincados mandalas en la arena y luego los borraban vertiendo agua sobre ellos, en representación del ciclo de la vida y su transitoriedad.
Dibujar mandalas nos permite meditar activamente, desarrollar nuestra creatividad, mejorar el equilibrio emocional y la intuición. Pintarlos de afuera hacia adentro es beneficioso cuando sentimos estrés, rabia, ansiedad, y queremos huir del bullicio. En este caso, será una forma de conectar con el ser interno. Por el contrario, cuando necesitamos vencer el miedo, la timidez, superar un duelo o exteriorizar emociones, es recomendable colorearlos de dentro hacia afuera.
Por otra parte, son muy aconsejables para los niños porque, además de que les ayuda a relajarse, nos permite interpretar su estado emocional basándonos en los colores (cálidos o fríos), y las formas (curvas o puntiagudas) que eligen.
Para pintar o dibujar un mandala, se recomienda dejar fluir la imaginación, la creatividad, la energía. No debemos otorgarle un significado racional, sino realizarlo intuitivamente. Como dijo Jung, «quien mira hacia afuera sueña, quien mira hacia adentro despierta».
Pero de todos los mandalas, hay uno que llama poderosamente nuestra atención: La Flor de la Vida. Se trata de un símbolo complejo, formado por 36 arcos circulares que forman un conjunto hexagonal inscrito en un círculo. Lo más sorprendente es que, pese a lo sofisticado de su diseño, lo encontramos fielmente repetido en muchísimas culturas. La más antigua fue hallada en el Templo egipcio de Osiris, hace más de 6.000 años. Pero también puede verse en Israel, en Turquía, en México, en el Templo Dorado de la India, en la Mezquita de Córdoba en España? El propio Leonardo da Vinci la estudió durante toda su vida y, según parece, encierra los secretos de la llamada «geometría sagrada», un punto de conexión entre la matemática y la espiritualidad.
Utilicemos pues la intuición para elegir nuestros colores. La razón, como dijo Goya, engendra monstruos.

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