Tribuna

Caros consejos, caras duras

09.07.2016 | 13:29

Los «empleos» que crean el señor Rajoy y sus colegas no son tales; son en realidad puestos de nuevos esclavos producto del neoliberalismo salvaje

No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo? El 6 de julio, oigo en el Telediario 1 con una mezcla desagradable y extraña de estupor, desconcierto e irritación, que el Consejo Económico Social (CES), seguramente tras arduas sesiones e ímprobos esfuerzos en dificilísimas labores de deducción, ha llegado a la conclusión de que esto, yendo como va, ya no da para más: el sistema de pensiones está en peligro.

Hace ya bastante tiempo que algunos venimos diciendo que, efectivamente, esto no se sostiene; que no puede salir más de lo que entra. Y lo que entra en la hucha de las pensiones son las retenciones que se practican sobre las nóminas de las personas con trabajo. Pero eso, si no tienes tirón en los medios, no tiene eco. O ni siquiera se publica.

Hay una vistosa contradicción en esta situación que ya se está prolongando demasiado: por un lado, se crean montones de «empleos»; y por la otra, cada vez hay menos dinero en la hucha, a pesar de las salvajes reducciones (equivocadas, según han reconocido en alguna ocasión hasta los propios técnicos del FMI, tan poco sospechoso él de solidaridad y sensibilidad social) a las que, en lo que un día fue nuestro «Estado del Bienestar», nos han venido sometiendo los sucesivos gobiernos, desde los tiempos del señor Zapatero hasta el momento en que escribo estas líneas.

Y yo creo que la cosa está meridianamente clara: los «empleos» que crean el señor Rajoy y sus colegas no son tales; esas cosas a las que ellos llaman eufemísticamente «empleos» son en realidad puestos de nuevos esclavos producto del neoliberalismo salvaje al que una enorme masa silenciosa, esa que grita de manera lastimosamente improductiva arreglando el mundo en barras de bar y en saraos diversos, ya se ha acostumbrado; han logrado lo que querían: que la gente pierda en prestaciones y se encuentre lamentablemente conforme, aunque proteste, cobrando sueldos paupérrimos que solamente benefician a ciertos mangantes y ejecutivos de cuello blanco y alma negra, a la gente que es capaz de beberse sin pudor alguno una copa de Dom Perignon como aperitivo, al ladito mismo de un padre de familia que trabaja en la misma empresa y al que, aun siendo quien de verdad trabaja, le cuesta muchísimo llegar a final de mes.

En una época de estafa (perdón, quiero decir de crisis) como la que desde ya hace demasiado tiempo estamos viviendo, hoy hay más ricos, y también muchísimos más pobres que antes de que todo esto empezara. La explicación a la paradoja es también muy clara: para que unos pocos ganen (perdón, ingresen) más, una enorme cantidad de muchos otros tienen que ingresar mucho menos y por más horas de trabajo (recordemos al ínclito Guinness al caradurismo, versión cínicoespañola, nuestro inolvidable Díaz Ferrán, que acuñó la frase). Y la justicia social, a tomar viento a la farola. Y no solo eso, sino que otros buitres, como el «señor» Rosell y tantos otros, siguen jaleando a un gobierno empecinado en su fracaso, pidiéndole aún más y más recortes de las condiciones de los únicos que trabajan, sin saber ellos mismos lo que es trabajar de verdad. Son estos los que producen y aquellos los que los sangran. Señores, ustedes no son empresarios, porque una empresa es otra cosa; ustedes solo son viles sanguijuelas de charca, orondos parásitos sociales.

Y digo todo esto porque es que se me calienta el bocado con toda esta sinrazón en la que muchos pierden y muy pocos ganan lo mucho que los primeros pierden. Y porque después de que todo esto ya hace tiempo lo sepa quien lo quiere saber, y gratis, viene hoy el excelsísimo Consejo Económico Social y se nos descuelga con la primicia de que, efectivamente, si hay contribución negativa a las arcas de la Seguridad Social (es decir, muchos más empleos con una auténtica mierda de sueldo y condiciones), el sistema de pensiones peligra. De Perogrullo, oiga.

Y yo me pregunto: si eso lo sabe cualquier persona con una ligera noción de aritmética y un pequeño toque de sentido común sin costarnos nada a los paganos de siempre ¿para qué, si no es para colocar ilustres amigotes y cultivar estómagos agradecidos, sirve una estructura como el CES, con 61 miembros que se cobran todos los meses unos buenos dineros de vellón, siendo tan romos de mollera como para que les cueste tantísimo saber lo que cualquier ciudadano de a pie, o incluso cada niño en edad escolar, sabe de sobra con muy poquito cálculo? Y eso solo si hablamos del CES a escala nacional; porque es que aquí sufrimos, no uno, sino 18 (1 por cada comunidad autónoma más el estatal). Y si solo hablamos del CES, porque también podríamos hablar del Consejo de Estado, auténtico sumidero tan innecesario como su mencionado primo, al que van a parar nuestros ilustres «ex» (ahí, Zapatero, por ejemplo, se está comiendo él solito unos 100.00 ? anuales, aparte de su pensión vitalicia como expresidente; cosa, por cierto, ilegal para el ciudadano de a pie y hecha como traje a medida para esta fauna).

Tanto sesudo, ilustre y costosísimo varón para llegar, necesitando muchos años para ello, a la misma y certera conclusión a la que un niño llega en minutos si el maestro se lo asigna como deberes para casa? ¡Señor, Señor?!

Pero eso sí: por ahí arriba no se recorta nada (mucho menos la vergüenza). Los recortes son solo para nosotros, los imbéciles. Ellos son los listos? ¿o se dice de otra forma?

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