07 de julio de 2016
07.07.2016
Tribuna

Al sol que más calienta

07.07.2016 | 04:46

Hace unos días ha comenzado una nueva edición del Tour de Francia. Para muchos es algo inherente a las vacaciones. Y es que el pedaleo rítmico del pelotón, acompañado de los agradables paisajes francos y la monótona voz de los comentaristas son el mejor somnífero de las sobremesas estivales. Superando incluso a los míticos documentales de La 2

Recuerdo hoy con nostalgia aquellas tardes chicharreras en nuestro apartamento de la playa en El Campello. Por entonces yo era demasiado pequeño aún para decidir sobre mi tiempo libre, así que me tenían vetado bajar a la playa nada más comer. Capaz era de meterme al mar y que me diera un corte de digestión, decía mi familia. Y no les faltaba razón, aunque nunca sufrí uno de esos males que podían ahogarte hasta el espíritu si te pillaban sin hacer pie en unas aguas que no nos engañemos, se asemejaban más a una balsa de aceite que a una amenaza en aquellas tardes calientes del verano alicantino.

Así las cosas, recluido en casa y soñando con hacerme mayor para poder bajar enseguida, como mi adolescente tío Alberto, a la piscina de la urbanización, no me quedaba otra que tumbarme a ver el Tour porque la siesta me parecía el más aburrido invento de los adultos, una pérdida de tiempo, teniendo en cuenta que podías dormir por la noche, cuando no ocurría nada –al menos eso creía yo–. Mi abuela, después de comer –como adulta que era– ya había decidido por sí misma desaparecer tras la puerta entornada de su dormitorio para «descansar», así que el único que permanecía de guardia era mi abuelo Manolo. Pero no tardaba mucho en sucumbir al hipnotismo del Tour en el tresillo, ayudado por el arrullo rítmico del mar, al que casi podíamos tocar desde la terraza de aquel acertadamente bautizado Rompeolas. Y ese era el momento que yo esperaba. Rápidamente cogía de la cuerda mi pequeño bañador azul. En ocasiones, alguien descuidadamente cerraba la puerta acristalada después de comer y entonces, disuadido por el indiscreto chirrido de la manilla oxidada por el salitre, debía recurrir al «plan B»: pasar a través del dormitorio principal. Mi abuela tenía la costumbre de dormir solo con la cortina echada, que detenía la luz pero no la brisa. Entonces yo, tratando que ningún rayo de sol inoportuno se colara en la habitación y sin hacer ruido –años más tarde supe que mis abuelos tenían el sueño más profundo de lo que imaginaba–, me agenciaba bañador y toalla y bajaba a disfrutar de mi ansiada libertad.

Me gustaba nuestra pequeña playa, que a esa hora era solo mía y de los cangrejos –a los que intentaba coger ayudado por un sedal y una lapa–; y de unos pececillos que en la pleamar quedaban atrapados en las mini charcas formadas sobre una gran roca de apariencia volcánica cercana a la orilla. Cuando me veían llegar se lanzaban al vacío desde su charco pétreo ante la idea de que algo o alguien los separase del agua. Cuando crecí entendí el porqué de su amor al mar y la libertad.

Sobra decir que durante este tiempo estaba al sol y sin crema, así que los primeros días estaba ya como un tomate. Después me pelaba y mi melanina ejercía su función, proporcionándome un tono marrón glacé que aparecía tras los restos de piel vieja, como si fuera una lagartija recién mudada. Afortunadamente, para cuando me sumergía para refrescarme en busca de erizos, pulpos y demás fauna submarina, ya no había peligro de interrumpir a mi pequeño estómago en su trabajo de digerir los ligeros menús estivales.

Después iba a la piscina a ducharme para quitarme la sal, pero antes liberaba a mis cautivos, que habían sobrevivido estoicamente en el cubo de playa. Al volver a la urbanización mi tío-abuelo estaba ya con su inseparable transistor junto a una enorme mimosa. Si le pillaba en el bar me compraba un polo que rechupeteaba mientras él me contaba alguna historia, cubiertos los dos por la sombra maternal de la mimosa. 

En la piscina, el resto de niños chapoteaban aún medio dormidos mientras la juventud jugaba a las cartas y comía pipas en sus toallas. De pequeño nunca comprendí por qué mi tío y sus amigos/as preferían aquel lugar con agua estéril a la emocionante playa, por entonces repleta de formas de vida, aunque éstas no fueran tan voluptuosas como las que había en la piscina.

Y todo esto sucedía gracias al Tour, al que afortunadamente relevaba en agosto la Vuelta a España porque, no lo olvidemos, aquellos eran veranos como Dios manda.

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