28 de junio de 2016
28.06.2016

Ni en diciembre ni en junio, Sánchez no se va

28.06.2016 | 04:37
Ni en diciembre ni en junio, Sánchez no se va

Contento de haberse conocido, después de haber batido por segunda vez consecutiva los peores resultados del PSOE, aparece en la noche electoral, con una sonrisa sardónica, en la que los populares le han sacado más de cincuenta escaños y se conforma con haber evitado el sorpasso. La particular eugenesia socialista ha fracasado con Sánchez. Un partido de más de un siglo de historia, no se merece un líder como Sánchez, que está llevando a su partido a una situación ridícula, y a una posición de continuo perdedor, sin visos de ganar a un partido y un candidato al que ha menospreciado y tachado una y otra vez de corrupto, cuando no de indecente. Si en enero cabalgó con heroísmo estulto, llamando histórico a unos resultados desastrosos de 90 escaños, a lomos de un caballo perdedor que paseo pírricamente por el Congreso de los Diputados con una investidura perdida antes de presentarla, ahora, casi medio año después, vuelve a las andadas y lejos de tener una postura decorosa, se complace con ser el conductor del partido hegemónico de la izquierda. Lo que hace unos días se negaba hasta la saciedad en Ferraz, el adelantamiento de la izquierda radical y populista, en la noche electoral se le pone el foco como triunfo histórico, y baza para no presentar la dimisión, y ni tan siquiera para analizar con la suficiente autocrítica que merecen los resultados obtenidos. La acrimonia se ha instalado definitivamente en la sede socialista.
Con cinco escaños menos que el 20 D y a cincuenta y dos de Rajoy, Sánchez, tenaz en el error, no se va. Se niega a irse y vuelve a someter a España a una situación de perplejidad, desde su ego personal, al, por el momento, no afirmar con la claridad requerida en estos casos en los países democráticos, como hiciera en su momento Felipe González con Aznar, que su sitio y el de su partido está en la oposición para dejar gobernar a la primera fuerza política, que además ha mejorado sus resultados con catorce escaños más que hace seis meses. Pedro Sánchez irrumpió en las primarias socialistas, tras el descalabro de las elecciones de 2011 por el que tuvo que dimitir Rubalcaba con 25 diputados más que los logrados por el actual secretario general en estos comicios, como el líder que iba a devolver a los socialistas al sitio del que fue desalojado por los populares en prácticamente toda España.
No solo no lo ha conseguido, sino que, con la inconsciencia propia de un novato en estas lides, atendió a los cantos de sirena de su sanedrín particular, para así caer en manos del movimiento de la izquierda populista, pactando en alcaldías de grandes ciudades que entregó a Podemos y sus confluencias, y en Comunidades Autónomas donde gobiernan con el consentimiento y aliento en la nuca de los mismos. Cambió poder y gobiernos compartidos por poner en primera línea de la política nacional a los que poco a poco le iban robando votos en los caladeros de la izquierda. De aquellos polvos a los lodos de los resultados de diciembre y de junio, perdiendo cientos de miles de votantes y menguando la representación del partido en el Congreso de los Diputados, de tal forma que ya tiene tintes de humillación para muchos militantes y ex cargos socialistas, que claman por el eclecticismo en la praxis política.
La lógica en estos casos no tiene más que una: ceder el paso. El voto útil como herramienta de trabajo de la campaña de los populares, no solamente ha propiciado el éxito de Rajoy, sino que de rebote ha conseguido que el temido sorpasso no tuviera lugar. La llamada a concentrar el voto en la moderación para la gobernanza, ha puesto de manifiesto que los españoles, al revés que, en las redes sociales, piensan muy bien la elección de la papeleta a introducir en las urnas. La demonización del bipartidismo como culpable de todos los males de la política española, que se han encargado de difundir los recién llegados y parte importante de los medios de comunicación, ha salido contestada por la ciudadanía que lo ha reforzado en estas segundas elecciones. El pueblo español, mal que les pese a algunos, ha apostado por la estabilidad y ha dado de paso una oportunidad de oro al Partido Socialista para que reflexione, elija otro líder y vuelva a la senda en la que fue un partido fundamental para el sistema democrático que recuperamos en la vilipendiada, por populistas y sus ecos mediáticos, transición. Echar la culpa a factores exógenos como ha hecho Sánchez, instalado en el desdén, con Iglesias al afearle su impedimento a que formara gobierno con aquellos raquíticos 131 escaños, es no querer ver la realidad ni enfrentarse a ella. Cualquier bloqueo a un gobierno del partido que ha ganado en buena lid las elecciones no sería más que una rabieta de perdedor que llevaría a España a una encrucijada insostenible de unos terceros comicios.

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