Tribuna

A favor

16.06.2016 | 04:40
A favor

Estamos en tiempo de balance y de valoración de lo que ha dejado atrás este año de la coalición de izquierdas en Alicante y en la Comunidad Valenciana. Ni los propios protagonistas que han conformado los gobiernos municipal y autonómico durante estos meses pueden sentirse satisfechos. Un año perdido entre el histrionismo y las disputas han convertido la gestión en una batalla campal, con continuos cruces de acusaciones y el contador de logros a cero.

Un año después podemos afirmar que Alicante no ha escapado a las políticas populistas que inundan otras ciudades de nuestro país, desde el Cádiz «del Kichi» -próximo rival de nuestro Hércules para el ascenso a Segunda- a la Barcelona de Colau. En todos estos casos el componente común es el mismo, la alianza del PSOE con las formaciones más radicales de izquierdas que prometen una nueva política con soluciones para todo. Es la política de la anécdota y de las frases de laboratorio, en donde lo importante es si el dirigente de turno llega al trabajo en bicicleta o acude a las reuniones en mangas de camisa. Entiendo que pueda haber un desencanto de la ciudadanía con la política, pero eso no nos puede llevar a situaciones en donde, en ocasiones, parece que se vota en contra de algo en lugar de a favor.

Mientras el fenómeno del populismo retrocede en América Latina -«es un horror, nada de lo que está pasando allí es agradable», en palabras de la hispanovenezolana ganadora de Roland Garros Garbiñe Muguruza-, en España los radicalismos se han convertido en huracanes electorales que empujan con fuerza hacia la izquierda pese a su comprobado desastre en países como Grecia y Portugal. Ya advierte Francis Fukuyama, que el populismo se alimenta de las desigualdades para crecer y para instaurar una nueva política, que no resuelve los problemas sino que los agrava. En definitiva, buscando una solución la sociedad se encuentra con todo lo contrario, porque es difícil imaginar un gobierno más incompetente que el de Maduro, igual que ha ocurrido en Brasil o en Argentina.

Por tanto, estamos ante un peligro más que evidente porque, por desgracia, en estos momentos tenemos a un PSOE que ha preferido doblegarse en gran parte de nuestro país ante estos vientos izquierdistas radicales que tienen palabras para todo y soluciones para nada. Una apuesta del PSOE que pensó, irresponsable e ingenuamente, que el favor le sería devuelto en las Generales tras el 20-D, sin darse cuenta que los de la «nueva política» cogen lo que quieren al asalto -«El cielo no se toma por consenso, sino por asalto», Iglesias dixit- , y ni hacen amigos ni hacen prisioneros en el camino.

Una izquierda que, en palabras del cantautor Andrés Calamaro, «utiliza el cambio de los nombres de las calles como maquillaje a la solución a los problemas que importan realmente» y para la que «la voluntad de los más no representa nada en el sistema democrático». Y todo porque algunos han querido «que aquellos que recibieron más votos, sea para sostenerse o para corregirse, no tengan opciones porque deciden los pactos y no las gentes».

Para expresarles mi idea sobre estos populismos y estas coaliciones de izquierdas que se autoproclaman «del cambio», permítanme que tome prestado un pasaje de la última novela de Jonathan Franzen. El relato de la protagonista dice así: «Había un sitio. Una vaquería que se llamaba Moonglow Diary, cerca de la casa donde me crié. Creo que era una vaquería de verdad, porque tenía un montón de vacas, pero no se ganaban la vida con la venta de leche. Se la ganaban vendiendo estiércol de primera calidad a los granjeros de cultivos ecológicos. Era una fábrica de mierda que pasaba por fábrica de leche». Sirva la metáfora para estos gobiernos populistas que dicen que su preocupación son las personas pero terminan aplicando políticas cargadas de ideología sectaria, jugando solo a la contra de los demás y de todo lo que ellos no representan. Ese es el tipo de política que fabrican el gobierno municipal alicantino y la Generalitat Valenciana, y eso no puede ser, tenemos que apostar por jugar a favor de todos, y eso implica ocuparse de solventar los problemas que sí preocupan a la mayoría. Anunciaron que fabricarían leche, pero han terminado produciendo estiércol de vaca.

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