05 de junio de 2016
05.06.2016
Elogio de la locura

Políticos y periodistas

05.06.2016 | 04:46
Políticos y periodistas

La diosa Fortuna, caprichosa como ella sola, ha querido que caiga en mis manos una joya. Lo mejor que he leído en los últimos años. Una historia de la transición hasta nuestros días, como tiene por subtítulo el libro «Hagamos memoria», escrito por una periodista seria, lúcida, con una inteligencia privilegiada y que habla no de oídas sino en primera persona, con conocimiento cercano de todos y cada uno de los protagonistas, de una época apasionante de la historia reciente de España. Les aseguro que escribo este artículo para recomendar a los de mi quinta, que vivieron esos días, a los más jóvenes para que aprendan, y a todos para que disfruten porque es una delicia recorrer las páginas de este libro extraordinario de Nativel Preciado. Un libro que se presenta este viernes en las cenas literarias del Maestral.

¿Me he pasado en el panegírico? Les aseguro que no llevo comisión, ni estoy a sueldo de la editorial, ni hago de negro en la promoción de la obra ni me dedico al marketing de «extranjis», simplemente quiero compartir con ustedes la obra que me ha venido a las manos y con la que he disfrutado todo el fin de semana como hacía tiempo. Un libro plagado de citas, cada una más sabia y acertada que la anterior.

Utiliza la autora un viejo truco literario: un politólogo joven llamado Brown es el interlocutor al que Nativel pretende explicar las causas de la decepción política de los españoles. La decepción de los españoles con sus políticos, una verdad que no necesita demostración.

En doscientas páginas, empezando por sus inicios como periodista en el Arriba –diario falangista, del régimen hasta las cejas– , la autora desgrana hechos históricos incontestables que van desde el acoso sexual y la precariedad laboral de las primeras mujeres que entraron en las redacciones hasta la primera discusión con el agotado régimen franquista como objeto de debate: ¿Hay que reformar o hay que romper? ¿Desalojamos a los viejos y rompemos con ellos o los usamos por su experiencia como base de la reforma para edificar una nueva manera de Estado? La misma cuestión plantean hoy los jóvenes políticos con la corrupción como principal argumento: que se vayan todos los que huelen a corrupción y empecemos de nuevo. Primera frase lapidaria para recordar: Los poderosos no renuncian a sus privilegios cuando son derrotados en la mesa de ajedrez sino cuando caen en el ring. O sea, ¿hay que desalojarlos a guantazos?

Cuenta, como no, desde la primera fila del Congreso y tumbada boca abajo, en la postura obligada por los golpistas, la asonada de Tejero, las dudas que sobre el Rey, cómo solo permanecieron erguidos Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo y cómo más de un diputado intentó defender una valentía, para valorar su imagen de cara a los medios, que no existió.

Relata los últimos años sangrientos de la dictadura –Franco murió en la cama, no desalojado del poder por nadie– con ETA y GRAPO sembrando el pánico cada día, sin olvidar a la ultraderecha y la matanza de los abogados de Atocha o los crímenes del Batallón Vasco Español, antecedente cercano de los GAL.

Cuenta con minuciosidad el acoso y derribo contra Suárez a quien Guerra etiquetó como «un tahúr del Missisipi», a quien los propios machacaron y a quien la historia ha puesto en su sitio considerado a día de hoy un grandísimo Presidente posibilitador de la liquidación de la dictadura y del nacimiento de la democracia. Desfilan por el libro de Nativel mil y un personajes tratados con hondura y con la asepsia de quien intenta toda la objetividad posible sin casarse con nadie. Desde Carmen Diez de Rivera, guapísima musa de la transición hasta Tierno Galván, el viejo profesor que recomendó a Nativel la lectura de Bukowski. Desde el retorcido y ladino Areilza hasta el falangista reconvertido Fernández Miranda. Desde Dolores Ibarruri, que no se enteraba de nada a esas alturas, hasta el todopoderoso Abril Martorell. Desde el ciclón Fraga, el erudito Herrero de Miñón –piedras angulares de la derecha española–, hasta Francisco Letamendia –Ortzi– que llevó la voz etarra al Parlamento en aquellos años de plomo. Desde Curro López hasta Pablo Castellano o Gregorio Peces Barba, Felipe González y el Clan de la Tortilla.

Cuenta Nativel, con datos objetivos, la derechización de Europa rechazando a colectivos que margina conscientemente –homosexuales, inmigrantes, exiliados?–, los síndromes de aislamiento, casi psicóticos, que afectan a todos los presidentes para quienes «la felicidad solo existe desde el momento de la victoria hasta la toma de posesión porque después todo son amarguras». Se muestra crítica con la monarquía – «un déficit democrático que sufrimos por herencia» –Sabina dixit– sin entregarse en ningún momento al peloteo ni a la alabanza fácil y servil. Repasa con minuciosidad y precisión de cirujano la corrupción –Ibercorp, Roldán, Naseiro, Bárcenas, Filesa, Gürtel, Púnica?– la lucha en las alcantarillas, las puertas giratorias, las guerras fratricidas en los partidos políticos, los serviles e inútiles botafumeiros del que manda, la erótica del poder que hace que todos peleen denodadamente por permanecer en él de una u otra manera, incluso cuando dicen que quieren irse o ya se han ido. Imposible resumir en un artículo la fecunda lección de historia y el disfrute que encierra este gran libro de Nativel Preciado. Políticos y periodistas. Hagamos memoria.

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