27 de mayo de 2016
27.05.2016
Tribuna

Gabriel Miró, manjar de minorías

27.05.2016 | 04:48
Gabriel Miró, manjar de minorías

Fue el 27 de mayo de 1930 a las nueve y media de la noche cuando Gabriel Miró fallecía en su casa del paseo del Prado, nº 20, de Madrid. El día 10 ya no pudo ir a Monóvar para asistir al estreno de la obra teatral Angelita de su íntimo amigo Azorín cuya representación pondría punto y final a la presencia de José Martínez Ruiz en la ciudad que lo viera nacer.

Lo que parecía un resfriado común y luego una simple gripe, desembocó en una apendicitis; los médicos, entonces, no se atrevieron a operar a Miró y surgió la temida peritonitis que obligó a una intervención quirúrgica de urgencia la víspera de su muerte.

A comienzos de aquel mes se le había visto, cosa rara en él, encerrado en su mundo familiar e intimista, en un acto público, el homenaje rendido por un cenáculo madrileño de escritores a Miguel de Unamuno que llegó a decir de nuestro escritor: «Su inteligencia era la forma suprema de su bondad».

De entre los testimonios de su muerte, me quedo con dos, el del diario El Luchador, que da título a este artículo, y una nota necrológica de Carlos Esplá de la que entresaco los siguientes párrafos: «Gabriel Miró había convertido en palabras la claridad azul de nuestro mar y nuestro cielo. Una página de Miró era como una estrella de luz, de Mediterráneo, suspendida sobre el paisaje amarillo y verde tostado de los lugares que recorría melancólico y tímido».

Había nacido el 28 de julio de 1879 en el segundo piso del número 18 de la calle de Castaños y allí, cien años después, tuve el honor de organizarle un homenaje. Por entonces, Miró seguía siendo ese manjar de minorías que siempre podemos paladear en pequeñas cucharadas y para quien los elogios de los expertos son inversamente proporcionales al número de lectores. Aún en 2002 la revista literaria Quimera, en su número de abril, recogía que El obispo leproso había sido elegida como una de las diez mejores novelas del siglo XX.

Gracias a mis padres que tenían sus Obras Completas y a Vicente Ramos que acrecentó mi pasión por la literatura mironiana, amantes todos de los paisajes de Polop, el Ponoch y Aitana, me enfrasqué, siendo un joven veinteañero, en la tarea de rendirle un para mí merecido e imprescindible recuerdo.

Estuve en la alcoba donde viniera al mundo, que terminó siendo despacho del presidente de la Federación Alicantina de Boxeo, la prosa y lo prosaico encontrados, le colocamos una corona de laurel en el balcón y una lápida conmemorativa de mármol de Novelda en la fachada, presidiendo el acto que realizamos en la calle el conseller de Cultura José Peris Soler.

Fue entonces cuando comencé a escribir sobre Gabriel Miró e incité a la foguera de su plaza a homenajearlo como ya hiciera en 1935 en un acto que presidiera nada menos que Rafael Altamira. Y recuerdo que publiqué un artículo que se llamaba Gabriel Miró en la Rambla donde recordaba sus andanzas infantiles por el entonces llamado Paseo de la Reina a donde acudía a corretear con el criado Nuño el Viejo, según cuenta en su obra El humo dormido.

Dando un salto en el tiempo nos desplazamos a 2005 en que se cumplía el 75 aniversario de su muerte. Era yo a la sazón director del Instituto Alicantino de Cultura que lleva el nombre de Juan Gil-Albert el cual, por cierto, conoció a Miró en Madrid y lo describió como «triste en azul».

Publicamos el número 50 de la revista Canelobre bajo el título de Gabriel Miró; las cosas intactas, 260 páginas de pasión mironiana surgida de la pluma de diecisiete grandes expertos. Vieron la luz nuevas ediciones de algunas de sus obras, hubo un acto cultural en la Casa Museo Azorín de Monóvar, fundada un 10 de mayo de 1969, un Diálogo mironiano en el Aula de Cultura de la CAM entre dos inmensos especialistas, Vicente Ramos y Miguel Ángel Lozano, un seminario, en colaboración con la Universidad de Alicante titulado Nuevas perspectivas sobre Gabriel Miró, una conferencia del cronista de Orihuela Antonio Luis Galiano sobre Gabriel Miró y Oleza, el clamor de la verdad, seguido de un recital de textos de Miró a cargo de Maite Puerto, coordinados con la danza de Carlota Pérez y Armando Martén.

Entregamos también para su interpretación a la Banda Municipal de Alicante las partituras que guardaba el Gil-Albert de la pieza musical de Rafael Rodríguez Albert titulada Horas y caminos, basada en Años y leguas, encargo del entonces Instituto de Estudios Alicantinos.

Y si en esta amalgama de actividades en recuerdo a Miró participaron expertos de la talla de Ian Mac Donald, Isabel Clúa, Carme Riera, Luis Antonio Prieto de Paula, Francisco Díez de Revenga, Marina Mayoral, Antonio Porpetta, Juan Ramón Torregrosa o Jaime Mas, dejo para el final el acto impresionante de Polop, «el lugar hallado» de Miró donde disfrutara de sus veraneos familiares e inspiradores de páginas gloriosas de nuestras letras. Se desarrolló el mismo día de su muerte y a las nueve y media de la noche, guardando un minuto de silencio, las campanas de la iglesia tañeron a muerto porque, casualmente, había fallecido una vecina del pueblo. Allí estuve con el poeta Jaime Siles, con Miguel Ángel Lozano y mi compañera del instituto María José Zaragoza que tanto se involucró en el proyecto de aquel 75 aniversario.

Resulta un gozo para la memoria pensar en aquellos momentos y saber que aporté mi empeño y entusiasmo para el buen desarrollo de tantos actos, complementado ello en 2009 cuando, en colaboración con INFORMACIÓN, que lo distribuyó gratuitamente en formato CD, escribí Treinta alicantinos al servicio de la Humanidad y el capítulo de Miró lo titulé La excelencia descriptiva de la materia y el espíritu.

Ahora que la Fundación Caja Mediterráneo ha convocado la 59 edición del Concurso de Cuentos Gabriel Miró, emociona pensar que la memoria del escritor sigue viva en este certamen literario como lo está en la biblioteca que lleva su nombre, presidida por un busto que le hiciera el escultor José Capuz, así como en el despacho y biblioteca privada de Gabriel Miró que se conservan intactos junto a un piano de otro de sus grandes amigos, Óscar Esplá. Es la memoria viva de un paisano muerto, nacido en una ciudad adormecida donde las nuevas minorías se nos muestran evanescentes y estériles.

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