Vacunación frente a la desconfianza

18.05.2016 | 00:34

En 1976 el médico rural Edward Jenner inventó en Inglaterra la primera vacuna contra la viruela. Siglos más tarde, en 1979 la OMS declaró erradicada esta enfermedad en todo el mundo. Junto con las campañas de vacunación también surgieron grupos detractores de la misma. Grupos que rechazaban este tratamiento por sus propias creencias y que asumían las consecuencias de contraer la enfermedad con la que se les inmunizaba, pudiendo llegar a morir por ella.
Ya vemos como no es nuevo el rechazo a un tratamiento beneficioso, ya sea por desconocimiento de sus efectos en nuestra salud y en la población o por las creencias del individuo, suyas propias o recibidas de terceras partes. Incluso ahora que encontramos una sobremedicalización de la población, la aceptación de esta medicación preventiva continúa sin ser unánime a pesar de la más que sobrada evidencia que hay sobre sus grandísimos efectos sobre el individuo y las poblaciones. No debemos olvidar que la decisión de una persona no va a repercutir solo sobre ella misma, sino que también afectará al de al lado. Si los colectivos antivacunas alcanzan una magnitud considerable, la trasmisión de algunas enfermedades se puede alterar y causar problemas al conjunto de la población.
En junio del pasado año, el caso de un niño de 6 años que fallecía en el Hospital Vall d´Hebrón de Barcelona por difteria reabría el debate sobre la obligatoriedad de la vacunación en los niños. En efecto, el caso de Pau (así se llamaba el joven) fue el primero de difteria en España en casi 30 años, ya que desde que se incluyó la vacuna frente a la difteria en el calendario vacunal apenas la habíamos visto. Pau no había recibido dicha vacuna. Sus padres cuentan sentirse «engañados» por los colectivos antivacunas que les habían convencido de no inmunizarlo. Y es que actualmente, que podemos conseguir información de cualquier tipo con tan solo encender el ordenador, todos podemos ser «engañados» fácilmente.
Cabe remarcar en este punto las palabras de Jennifer Raff en el Huffington Post: «Quienes deciden no vacunar a sus hijos están muy informados: han leído libros y visitado decenas de páginas de Internet, pero están muy mal informados». Quizá este sea uno de los grandes problemas de la sociedad en la que vivimos: el exceso de «mala» información. La facilidad con la que podemos expresarnos a nivel masivo lleva, como daño colateral, que se propaguen con la misma sencillez ideas, opiniones o creencias cuya intencionalidad o veracidad es dudosa. Resulta, pues, imprescindible aprender a discernir y mantener una actitud crítica, ya que, como se demuestra en el caso de las vacunas, nada tienen que ver los datos objetivos basado en estudios correctamente elaborados, con las opiniones de grupos determinados.
La actitud crítica es saludable, tanto para usar productos beneficiosos como para evitar intervenciones médicas innecesarias. Al respecto se echa en falta una mejor calidad en las instituciones y en los procedimientos de incluir nuevas prestaciones sanitarias. Por ejemplo, la forma de inclusión de la vacuna de la varicela por el Ministerio, saltándose los procedimientos establecidos tal como han puesto de manifiesto profesionales de salud pública, puede generar desconfianza. Las vacunas son demasiado importantes para que las autoridades sanitarias den bandazos y no respeten procedimientos asentados basados en la ciencia y la el coste oportunidad de las intervenciones preventivas.
Los antivacunas para defender su postura asumen un balance riesgo-beneficio bastante negativo apoyándose en los posibles efectos adversos así como que no son totalmente eficaces. Sus argumentos pueden llegar a generar desconfianza entre la población, que podría dudar ante toda la ristra de efectos secundarios que puede provocar una vacuna (lista que será interminable sobre todo si la información se saca de Internet) y posiblemente ignoren que muchos de esos síntomas que relatan son propios de la enfermedad en sí que trata de evitar la propia vacuna, pero que, debido a un fallo de la misma, no ha sido efectiva.
De manera que sí es verdad que la efectividad de la vacunación no llega ni mucho menos a ser del 100% y que pueden tener algunos efectos secundarios, pero nunca han llegado a ser mayores que todas las vidas que han conseguido salvar, por mucho que nos intenten hacer pensar lo contrario.

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