Ada Colau y la policía

17.05.2016 | 03:37
Ada Colau y la policía

Andaba ayer pendiente del Granada-Barcelona, por ver si ese equipo hecho de recortes de unos y otros, como a trozos mal aprovechados que otros equipos sueltan como lastre inservible, era capaz de ganar a los catalanes y dar una satisfacción mínima a los nativos de esa tierra tan preciosa como deprimida. Salta la liebre en un noticiario –de los que dan cada hora incluso cuando el fútbol lo acapara todo–: «Ada Colau se echa encima a los sindicatos policiales con una poesía ofensiva».
No soy sospechoso de ser anti Colau. Voté a Podemos en las últimas elecciones y tras su trabajo ímprobo, días y noches, durante meses para evitar un gobierno que desaloje a la derecha del poder, creo que no volveré a votarlos más.
Ada Colau me caía bien como líder populista y vecinal, la primera en dar la cara por los más necesitados –por ejemplo– en toda concentración o manifestación antidesahucios que hubiese por la zona. Eso le valió ser cabeza de lista de todos los movimientos de izquierdas y la Alcaldía de Barcelona.
La Alcaldía –con los líos que está preparando– no parece ser lo suyo. En lo que no hay la menor duda de que patina continuamente es en materia poética. La poesía y Ada Colau son entes incompatibles, contradictorios, sin posibilidad de encuentro.
Hace pocas semanas –también en un supuesto certamen poético–, se soltó con un bodrio de Padrenuestro feminista, de una pretendida poetisa, Dolors Miquel, que decía algo así: «Madre nuestra que estás en el cielo, santificado sea vuestro coño, la epidural y la comadrona». Pura lírica carnal solo comparable a aquellos otros versos «Carne de yugo ha nacido, más humillado que bello?». ¡Cuánto les queda que aprender a Miquel y a Colau en materia literaria. No hay nivel! ¡Qué le vamos a hacer! Hay que envainársela por cojones.
No sé si Colau ha querido enmendar el engendro del Padrenuestro sexual y ha organizado un nuevo certamen poético callejero, con paneles a lo largo y ancho de Barcelona para que los sufridos transeúntes se extasíen leyendo lírica de la buena. Los asesores –si los tiene, que los tendrá, o no van por la Alcaldía o, si van, no tienen ni pajolera idea de lo que llevan entre manos–. Deben ser la cuota asesora de quienes no encontraban hueco en las listas y todo partido está obligado a colocar en algún sitio aunque sea con calzador.
En la puerta de la comisaría de La Verneda se coloca –si Colau no se ha enterado, mal. Si se ha enterado, peor– la siguiente poesía atribuida a Charles Bukowski y referida a unos policías que lo miran con desagrado: «¿Por qué no enviamos a esos muchachos a morir en alguna guerra? Sus madres no habrían llorado más de diez minutos». Una selección poética hecha a conciencia.
Ya tenemos el gran lío montado. Las calles que escriben versos –así se llama más o menos esta semana poética barcelonesa– se han pasado cuatro pueblos, que diría Margallo sobre la austeridad.
Bukowski, nacido alemán y recriado en Norteamérica, es un escritor maldito del siglo pasado. Irreverente, soez, imagen de la decadencia, marginal, trastornado y alcohólico. Con un gran genio creativo, no nos vamos a engañar ni a lanzarnos aprovechadamente por la pendiente de la descalificación. He leído un par de obras suyas de significativo título que plasman sus obsesiones: Mujeres y La máquina de follar – en fin–. Él mismo habla de su problema con la bebida mientras se prepara un trago: «Si pasa algo malo, bebes para olvidar. Si pasa algo bueno, bebes para celebrarlo. Si no hay nada, bebes para que haya algo». Toda una declaración de intenciones.
No sé a qué policías –que lo miran mal porque no se siente con buena pinta a sus ojos– se refería Bukowski en su poema ni en quienes pensaba Ada Colau para colgar la poesía en un panel frente a la comisaría. Desde luego, no a los policías que yo he conocido a lo largo y ancho de casi cuarenta años trabajando en las cárceles españolas, varios de ellos metido hasta las cejas en la lucha contraterrorista. No hablaré de eso porque, a las puertas de la jubilación, una situación tan marginal y desechada como la del propio Bukowski, cualquiera pensaría que son batallitas de abuelo cebolleta o intentos desesperados de buscar protagonismo y engancharme a algún carro destartalado. A mí, discípulo fiel de Diógenes, que sólo me interesa a día de hoy, un buen libro, una mujer tierna, dulce, acogedora y pacífica, un paseo reposado junto al mar con mis perros y olvidar las intrigas mentirosas y vacías de la política.
Bukowski no hablaba de los policías que me escoltaron durante años, mirando bajo mi coche y revisando calle a calle cada rincón por el que teníamos que pasar, exponiendo su vida por un sueldo que no es ni la décima parte del de un eurodiputado. No se refería a Enrique de Federico –comisario general– ni a Eduardo González –comisario de la Unidad Central Operativa antiterrorista-. No hablaba de Tomeu Campaner –jefe superior de Baleares– ni de Toni Suárez –inspector jefe de la Unidad de Crimen Organizado–. Con todos ellos he tenido el honor y el placer de jugarme el pescuezo para que algunos de los que aplauden estos poemas cochambrosos durmiesen tranquilos. Ni a ellos ni a tantos otros magníficos policías.
Ante estos esperpentos literarios solo vale la mirada impasible del cínico. Hay que ser selectivo en las batallas porque es mejor tener paz que tener razón. Y que les den.

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