13 de mayo de 2016
13.05.2016
El ojo crítico

Un olvido imposible

13.05.2016 | 05:01
Un olvido imposible

La comparecencia de Arnaldo Otegi en el Parlamento Europeo hace unos días, gracias a la invitación del grupo Izquierda Unida Europea, nos permitió ver a un antiguo miembro de la banda terrorista ETA en una de las principales instituciones de Europa. Y a pesar de la repulsa que sentimos al escuchar a Otegi su habitual discurso plagado de eufemismos que revelan una realidad inventada visible, únicamente, para los seguidores más acérrimos de la banda terrorista que asesinó a más de ochocientas personas durante sus años de existencia, la mejor noticia que pudimos obtener es que Otegi, con un discurso que no es más que una huida hacia delante para conseguir mantener un cierto protagonismo que le permita vivir de la política, forma ya parte del pasado del País Vasco. Un pasado que pese a los intentos de Otegi por alargar un supuesto conflicto entre el País Vasco y España que nunca sucedió, su presencia en la actividad política y mediática hace tiempo que ha desparecido de nuestras vidas. Volvimos a escuchar que los asesinatos eran consecuencia de una «lucha armada» o que ETA era un «movimiento de liberación del pueblo vasco» producto de la «confrontación entre los vascos y el Estado español», como si el mundo batasuno hubiera representado, alguna vez, a algo más que a la parte minoritaria de la sociedad vasca que se aprovechó de los extorsionados para tener vidas de lujo a su costa.

Hace unas semanas también pudimos escuchar a Otegi –en el programa de La Sexta dirigido por Jordi Évole– anclado en un lenguaje que nos recordó a los peores años del terrorismo de ETA, cuando los que apoyaban a los terroristas desde la retaguardia se hacían los interesantes utilizando frases y palabras que justificaban los asesinatos con un encogimiento de hombros. El mismo asco que sentíamos entonces al escuchar su defensa de ETA que hacía él y otros como él cuando asesinaban a concejales por la espalda, lo tuvimos al escuchar sus palabras veinte años después. Qué podemos decir ante la afirmación de que cuando en julio de 1997 con casi toda España con el corazón en un puño en las horas previas al asesinato de Miguel Ángel Blanco, Otegi se fuese a la playa a tomar el sol. Hace ya muchos años que se convirtió en rehén de su propio miedo y de ETA, compartiendo sus objetivos, incapaz de decir algo que sonase a condena de las muertes de gente honrada y trabajadora no fuera cosa que le pasase como a Dolores González, alias Yoyes.

Sorprendente nos ha parecido el apoyo indirecto que Izquierda Unida y Podemos prestaron a la presencia de Otegi en el Parlamento de la UE. Si bien no le invitaron en ningún momento se mostraron contrarios a la presencia en Bruselas de un antiguo representante de ETA que aún hoy se muestra incapaz de condenar el uso de la violencia. Resulta contradictorio que las principales caras de Podemos defiendan a los represaliados del franquismo y la Memoria Histórica como si la hubieran inventado ellos de la nada pero al mismo tiempo hayan sido incapaces, desde su fundación como partido político, de mostrar un apoyo conciso y claro a las víctimas del terrorismo en el País Vasco durante los años de vigencia de ETA.

Aunque, en realidad, no debe sorprender tanto. Durante mi etapa universitaria, a principio de los años 90, era habitual encontrarse en la Universidad –incluso en el aburrido campus de Alicante– con estudiantes que hacían una velada defensa de ETA. Nunca condenaban un asesinato como hacíamos otros y para todo encontraban una justificación, ya fuera para la kale borroka o para las bombas en los cuarteles de policías. Jóvenes que se vestían como se supone debían vestir los «alternativos», poco leídos y menos viajados que cuando decidían salir del pueblo donde vivían para pasar unos días en el País Vasco regresaban con su vestimenta de inconformista acentuada y un aire de superioridad en su manera de hablar producto de haber descubierto la verdadera realidad del problema del terrorismo sobre la que los demás, por supuesto, no teníamos ni la menor idea.

Por todo esto no nos llama la atención que, en unas recientes jornadas de debate que se celebraron en tres universidades vascas, se llegase a la conclusión de que los nuevos universitarios vascos tienen una absoluta ignorancia de lo que fue ETA y del régimen de terror mafioso en el que obligaron a vivir a buena parte de la sociedad del País Vasco durante cuarenta años. Según afirman los profesores que organizaron estos encuentros, los universitarios vascos no saben cuando nació ETA ni cuando murió Franco. Tampoco saben nada de la kale borroka y tienen un absoluto desconocimiento del pasado violento etarra. La causa es bien evidente: la ley del silencio que se extendió durante el ejercicio de la violencia por parte de ETA y del sector de la población vasca que se aprovechó económicamente de los amenazados y asesinados, ha supuesto que una generación haya crecido sin oír hablar en casa ni de ETA ni de los asesinados, ya fuera por miedo de los padres o por mirar hacia otro lado para no meterse en problemas. Ya lucharían otros por la democracia, debieron pensar.

Cada vez que escribo en la sección de opinión de este periódico sobre ETA y sus consecuencias suelo terminar citando a alguno de los asesinados. Hoy quiero recordar a Manuel Zamarreño, concejal del PP de Rentería que murió a los 42 años cuando regresaba de comprar el pan tras explotar una bomba colocada en un ciclomotor aparcado junto al portal de su casa. Había sustituido a José Luis Caso asesinado 34 días antes, tiempo durante el cual le llamaron casi a diario para decirle que le iban a matar. Dejó mujer y cuatro hijos.

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