29 de abril de 2016
29.04.2016
El ojo crítico

Días de mentiras

29.04.2016 | 04:57
Días de mentiras

No hacía falta ser un lumbreras del Derecho para darse cuenta, en su día, que Mario Conde no era más que un caradura de tomo y lomo que se inventó aquella teoría de que el verdadero motivo de su caída y entrada en prisión tras ser condenado por la justicia había sido una supuesta conspiración de los dos principales partidos políticos de los años 90, PSOE y PP, y no por la enorme apropiación indebida que cometió con el dinero del extinto Banesto.

Cuando en 1993 el Banco de España intervino Banesto después de constatar un enorme agujero en sus finanzas que puso a la entidad al borde de la desaparición, Mario Conde comenzó un itinerario judicial que terminó llevándole a la cárcel tiempo después. Misma cárcel a la que ahora ha vuelto, hace unos días, después de que las investigaciones judiciales hayan probado que desde 1998 -y a pesar de las lecciones de moralidad que se permitió dar desde televisiones y periódicos afines- comenzó a traer, en cantidades pequeñas al principio y en grandes hasta hace unas semanas, el dinero que se llevó de Banesto y que no se había podido recuperar.

Recordemos que en un primer momento -en marzo de 1997- fue condenado por el caso Argentia Trust a seis años de prisión por la Audiencia Nacional, pena que fue rebajada por el Tribunal Supremo en 1998 a cuatro años y seis meses de prisión de los que, gracias a las redenciones en el cumplimiento de la pena que establecía el antiguo código Penal de 1973, cumplió sólo un año y medio. Y fue condenado en este asunto por haberse apropiado de 600 millones de las entonces pesetas que, literalmente, desaparecieron de la caja del banco. Conde trató de hacer creer al Tribunal y a la sociedad española mediante oportunas entrevistas a periodistas complacientes, que aquel dinero había tenido que utilizarlo en pagar a cargos de la administración socialista para conseguir un trato de favor en el pago de impuestos y al tráfico de influencias. Además, en el año 2001 fue condenado en el caso Banesto por la Audiencia Nacional por estafa y apropiación indebida a catorce años de cárcel y la obligación de resarcir a Banesto con 7.200 millones de pesetas. Cometió el error Mario Conde de apelar al Tribunal Supremo que elevó la pena a 20 años. Tras cumplir cinco años salió en libertad en 2006.

Para entender el alcance de la reciente detención de Mario Conde hay que remontarse al Madrid de finales de los años 80, ciudad en la que yo vivía por aquel entonces. Después de diez años de alcalde socialista los conservadores se hicieron con el gobierno del Ayuntamiento de Madrid por primera vez desde el inicio de la Transición. El tardofranquismo español, que había estado agazapado y disfrazado de progre y sin poder hacer ostentación del dinero generado gracias a haberse posicionado al abrigo del franquismo y de la corrupción generalizada en que consistió la dictadura, volvió poco a poco, una vez pasado el peligro de una posible revancha de la izquierda, a tratar de reconstruir el orden social que había imperado durante el franquismo. Mario Conde se dio cuenta del caldo de cultivo que tenía ante sí: el de un sector de la sociedad ávido de figuras que le recordasen los buenos tiempos, cuando las ideas de una sociedad más justa basada en la igualdad de oportunidades, el cumplimiento de leyes democráticas y una administración al servicio del conjunto de la población- y no de unos pocos- eran una quimera perseguida por el aparato represor formado por policías y jueces. Con su pelo engominado y sus trajes de lana virgen ajustados al milímetro, Mario Conde se convirtió en el ejemplo a seguir para miles de jóvenes y no tan jóvenes que imitaron su forma de hablar y de caminar. Desde su expulsión de la presidencia de Banesto, el que fuera el presidente de banco más joven de la historia del sistema bancario español, comenzó una campaña en los medios de comunicación tratando de convencer, al que quisiera escuchar, sobre la veracidad de una teoría de la conspiración de la que él era la víctima.

Supo seguir el ejemplo de José María Ruiz Mateos que, tras la expropiación de su conglomerado de empresas que no eran más que una gran estafa llena de deudas, se inventó el papel de víctima de los horribles socialistas que -¡vaya por Dios!- les dio por arruinar a un ejemplar empresario. Lo más inaudito de todo es que durante dos décadas decenas de miles de españoles, y no precisamente los menos informados, se creyeron la mentira inventada por Mario Conde de que su caída fue debida a un acuerdo de las principales fuerzas políticas para apartarle de la escena política en la que comenzaba a apuntar intenciones. Ciudadanos que se creyeron la teoría de la conspiración por la que el sistema, como tituló uno de sus libros, fue a por él. Mientras pontificaba en tertulias de televisión sobre los males de nuestro país para los que, por supuesto, tenía solución para todo, se dedicaba a gastarse el dinero que había robado de Banesto y que supo esconder muy bien en paraísos fiscales de medio mundo utilizando varias empresas de reciente creación como tapadera.

Uno de los problemas que tiene Conde ahora es que en caso de ser condenado por blanqueo de capitales o insolvencia punible -entre otros delitos- como la Fiscalía Anticorrupción pide en su escrito de acusación no podría beneficiarse del permisivo Código Penal de 1973 en materia de redención de penas por trabajo que le permitió cumplir una parte irrisoria de las penas a las que fue condenado.

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