29 de abril de 2016
29.04.2016
Tribuna

Conocer la Historia

29.04.2016 | 04:57
Conocer la Historia

Es necesario conocer la Historia. Pero la Historia con mayúscula, no la historia contaminada por partidismos ni nacionalismos absurdos. La Historia que nos puede enorgullecer o avergonzar de nuestros antepasados, pues a lo largo de tantos siglos muchas son las acciones ejemplares o reprobables que se han cometido, ya que ninguna empresa humana es absolutamente perfecta. Por eso, quienes en los siglos pretéritos ejercieron el gobierno de los reinos de las Españas, fueron capaces de las acciones más gloriosas y también de las más infames, aunque siempre se han de considerar en su contexto histórico determinado.

Por ejemplo, durante el reinado de los Reyes Católicos encontrar un nuevo continente supuso la ampliación de los límites del universo conocido a esferas inimaginables y las Leyes de Indias que se dictaron para el gobernación de América son un ejemplo de buen gobierno que no se debería ignorar, porque están escondidas tras los abusos que en la distancia se cometieron. Pero si la labor de Castilla en América es algo de lo que podríamos estar orgullosos sin complejos, este mismo reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón ofrecen los tristes acontecimientos de la expulsión de los judíos con las graves repercusiones económicas que ello conllevó y la implantación de la Inquisición que tan infausta memoria merece.

Y qué decir de Carlos de Habsburgo, Carlos I en estos reinos hispanos y Carlos V como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Aquel joven extranjero, que en un principio solo quería encontrar aquí los capitales necesarios para sus aspiraciones de ser elegido emperador, pues ese era un cargo votado por los gobernantes de aquella confederación de electores de la nobleza y el clero. Y ese afán de que los reinos hispanos le concediesen el oro que necesitaba y después marcharse provocó que, cuando se convocaron las Cortes en Valladolid en enero de 1518 para prestar juramento al nuevo rey y concederle 600.000 ducados, los procuradores mostraran su indignación por el saqueo que los extranjeros del séquito real hacían en Castilla. Además, como su madre, la reina Doña Juana, continuaba con vida, le regatearon el título de Majestad, llamándole «su Alteza» simplemente. Bien es verdad que, coronado Carlos Emperador se desquitó de ello, pues desde entonces sus títulos eran los de «Sacra, Cesárea, Católica, Real Majestad». Y si Carlos consiguió el dinero que necesitaba, su actitud también motivó los graves problemas de las Comunidades en Castilla y de las Germanías en Valencia.

Tras clausurar las Cortes castellanas, Carlos salió hacia Aragón donde las Cortes de aquella Corona integrada por el Reino de Aragón, el Principado de Cataluña y el Reino de Valencia, se mostraron bastante más duras que las de Castilla, pues tenían un carácter constitucional contractual que limitaba estrictamente el poder real. Así, la formula usada por el Justicia de Aragón para recordarle al rey que los Fueros y derechos del ciudadano estaban por encima de su condición real era: «Nos, que valemos tanto como vos, y juntos más que vos, os juramos como nuestro Rey y Señor, con la condición de que conservéis nuestras leyes y nuestra libertad, de lo contrario no». Pero lo más interesante es que este juramento se hacía mucho antes de que en Gran Bretaña existiese el parlamentarismo de la que se considera más antigua democracia moderna. Y ello es algo que no deberíamos desconocer para saber cuántas glorias perdimos posteriormente.

Paradójicamente, si aquel joven Carlos llegó a estos reinos, que él veía como lejanos y extraños, deseoso de volver al corazón de Europa donde se educó, cuando decidió renunciar al poder a los 56 años, agotado y enfermo por tantos problemas como hubo de afrontar, quiso que su retiro fuese en el corazón de Castilla, en el Monasterio de Yuste, porque quienes más le habían comprendido y ayudado en sus luchas imperiales y religiosas habían sido, precisamente, los castellanos.

Saltemos los siglos que supusieron la total decadencia del reinado de los Austria y el advenimiento de los Borbones, esos siglos en los que el mayor imperio conocido hasta entonces quedó completamente arruinado por las impagables deudas contraídas en las guerras para mantener la fe católica frente a los protestantes, bandos ambos de un cristianismo ansioso de poder que daba la espalda a la doctrina de amor y paz que predicó Jesús de Nazaret. Aunque no se puede comprender Europa sin aceptar con sus luces y sus sombras que el cristianismo es uno de los pilares en los que se sustenta nuestra civilización.

Lleguemos ahora a la España de 1812, la de la Constitución de las Cortes de Cádiz, impulsora de la libertad frente el absolutismo. Pero fue inútil, pues el pueblo español no estaba preparado para ello y, gritando «¡Viva las cadenas!», acogió al rey felón Fernando VII, frustrando aquel propósito y abriendo uno de los más vergonzosos periodos de nuestra historia, cada vez más ignorada para saber cómo la incultura y el fanatismo derivado de ella, que durante tanto tiempo nos han atenazado, malograron anhelos y destruyeron logros, algo que es imprescindible conocer si queremos evitar nuevos desastres históricos.

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