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El sueño de la humanidad

28.04.2016 | 07:49
El sueño de la humanidad

Afortunadamente, los verdaderos bestsellers no los crea la cantidad de lectores coetáneos de su autor, sino los que suman los siglos: aquellos que leen algo más que palabras y encuentran trascendencia en su decir. ¿Por qué es Don Quijote uno ellos?

Porque lo que pretende Don Alonso Quijano El Bueno es realizar el sueño de la Humanidad: establecer un orden social justo y solidario tratando de convencer uno a uno a cuantos corrompen la convivencia con su comportamiento. Don Alonso es un hombre que vive en una sociedad injusta, y la integridad propia que pretende trasladar a los demás es lo que queda más allá y a pesar del humor y la tragedia de su fracaso. Su error, visto desde hoy, consiste en tratar de imponer la justicia por la fuerza, aunque ese fuese el único medio en un mundo en que eran necesarias Armadas Invencibles y batallas de Lepanto. Y por eso don Alonso se convierte en Don Quijote. Era el método ancestral de la guerra –hoy superado solo en teoría–. (El propio Cervantes consideraba su mayor gloria haber perdido el uso de su mano izquierda como consecuencia de tres arcabuzazos defendiendo la cristiandad). No obstante, pocas dudas hay de que el libro es el arma más pacífica y que más territorios mentales ha conquistado. 

Esa nobleza de carácter y de pacto consigo mismo –ayudar a los demás– es lo que ha visto la Historia en el hidalgo. Y así, innumerables son los autores que han mezclado su sangre con la cervantina y han tomado su obra como fundamento de la suya. No es casual que El Quijote haya servido de inspiración a centenares de creadores. Basta citar a Defoe, Fielding o Dostoiewski. Nada más que en el siglo XVII hay, al menos, 35 obras teatrales inspiradas en él. Tal vez sea Richard Strauss, con sus Variaciones sobre un tema caballeresco quien mejor lo ha recreado. Telemann, Purcell, Salieri, Paisiello, Massenet, Mendelssohn, Ibert, Ravel... compusieron suites, óperas, canciones basadas en sus textos. Rafael Gil, Orson Welles, G. W. Pabst, Picasso, Dalí, Daumier... dibujaron su rostro y sus hazañas. El tiempo, que es el único filtro que impide el paso a los embaucadores y convierte en clásicos a los íntegros del arte, ha hecho de Cervantes un hito en la Historia.

Sin El Quijote –la novela más moderna e innovadora de cuantas conozco– el decurso de la narrativa universal no hubiera sido el mismo. Los autores hubiesen seguido otro rumbo, los lectores no hubiesen reaccionado como lo han venido haciendo, la sociedad, falta de esa reacción determinada, sería diferente. Estaríamos, como digo, en otro universo social. Y eso convierte El Quijote en imprescindible para la comprensión de la Historia y el hombre actual.

¿Sin embargo, por qué es tan poco leído hoy? Porque ningún consejo es peor, para aborrecer una lectura, que el de imponerla. Y ahí radica el hecho de que pocos conozcan El Quijote: su imposición en las aulas como lectura obligatoria en una enseñanza igualmente obligatoria y minusválida que invita a rechazar la lectura y el estudio.     

Una obra no es válida porque esté bien escrita, sino porque su buena escritura descubre un paradigma humano universal. Y esto no ocurre, por ejemplo, con la historia de un «poeta enamorado de un burro» (que eso es Platero y yo), por mucho que los pedagogos se empeñaran hasta hace poco en elevarla a las alturas «por su prosa exacta y limpia». Pero la historia del hombre bueno que quiere hacer el bien y es el propio mundo el que se lo impide –porque este desconoce la bondad– sí es familiar y esencial al ser histórico. Tanto que es la divisa y herencia de Sócrates, Buda, Confucio, Jesucristo?

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