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Eternamente Fidel

27.04.2016 | 03:48
Eternamente Fidel

Hace unos días reapareció Fidel Castro a sus 89 años en el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba. Allá estaba junto a su hermano el camarada presidente Raúl, 84 años, primer secretario del partido, y José Ramón Machado, el segundo secretario, con 85 años a cuestas. La típica mezcla de nepotismo y gerontocracia bastante común, a lo largo de la historia, en este tipo de dictaduras. Parece ser, porque las reuniones fueron a puerta cerrada y se prohibió la entrada a periodistas, que se habló de algunas reformas, principalmente dirigidas a ampliar cierto tipo de iniciativa privada y potenciar la inversión extranjera para atraer más divisas con las que intentar paliar la precariedad con la que vive aquella isla caribeña desde siempre, pues ha caminado de dictadura en dictadura con Gerardo Machado, Fulgencio Batista y los Castro, con pequeños periodos de estabilidad democrática. Cambiar algo para que todo siga igual.
Resulta curioso comprobar el discreto encanto que generan las dictaduras de izquierda, casi nunca criticadas por sus adláteres del occidente democrático, en contraposición con las de derecha, tan denostadas siempre bajo el epíteto de fascistas. Para mí, sinceramente, los extremismos se tocan como los polos opuestos se atraen
Hace ya algún tiempo realicé un viaje de dos semanas dándole casi una vuelta completa a Cuba. Marché solo y la mini expedición en la que fui integrado en el aeropuerto José Martí, donde me enteré que una epidemia de dengue asolaba el territorio, eso sí mandado el mosquito aedes aegypti por los yanquis que los lanzaba desde el aire, se componía de tres enfermeras de Albacete y yo.
He de reconocer que el viaje resultó apasionante y el pueblo cubano es de un afectuoso inolvidable. Por mi aspecto rubicundo, me tomaban por norteamericano y cuando les decía que era español, estallaban de alegría al conocer a un hijo de la madre patria; porque allí, conocen a España con cariño como la Madre Patria, así con mayúsculas, algo que por estos lares parece sonar a patrioterismo rancio.
Al hablarle a los amigos que te haces enseguida en la calle de que procedía de Alicante, me nombraban con entusiasmo el turrón, que tanto les gustaba. Es cierto que algún industrial jijonenco como Arturo Sirvent Pla, montó su fábrica de turrones en Guanabacoa, cerca de La Habana, hasta que con la Revolución tuvo que salir con su familia por piernas y con lo puesto. También un día, caminando por el centro habanero, descubrí una pequeña calle que llevaba el nombre de Alcoy pero nadie me supo explicar el porqué de esa denominación.
Aquel periplo daría casi para un libro por la cantidad de anécdotas que viví. Podría resumirlo en el amor que siente Cuba por España. En el museo del Palacio de los Capitanes Generales se conserva con respeto la última bandera española que ondeó en La Habana y un retrato de la reina regente María Cristina con Alfonso XIII niño, manteniéndose en el bello patio porticado la estatua de Cristóbal Colón. Hasta contemplé una escultura de Fernando VII en la Plaza de Armas, algo impensable aquí.
Aunque digno de ser contado fue lo sucedido en el Museo de la Revolución. Allí una de mis tres acompañantes, concejala socialista de Sanidad en el Ayuntamiento de Albacete, habló de que España y Cuba habían podido salir de sendas dictaduras, las de Franco y Batista, a lo que el guía respondió: «Señorita no diga eso, que en Cuba está prohibido hablar mal de Franco». Literal. Ante la estupefacción, una nota aclaratoria, tras el injusto e ineficaz bloqueo económico estadounidense de la isla, el Caudillo, gallego como el padre de los Castro, hizo caso omiso y Cuba siguió recibiendo bienes de consumo españoles de muy diverso tipo. Cuando yo estuve, desde los autobuses urbanos Girón, nombre que se daba a los Pegaso allá carrozados, hasta los productos de cosmética para turistas así como muchas películas y series de televisión, procedían de nuestro país. Como hubiera sido insólito ponerle una vía pública a Francisco Franco, se le dedicó una de las avenidas importantes a España y otra, la más ancha de la capital, a Salvador Allende, que tanto apoyó al castrismo, si bien sigue conservando el nombre antiguo del rey español Carlos III. Cosas veredes.
De Castro se hablaba mal pero con miedo. El control del partido sobre los ciudadanos a través de los Comités de Defensa de la Revolución es de corte stalinista. Hasta así calificó el cantante Pablo Milanés el campo de concentración en que estuvo un periodo de tiempo por ser un castrista crítico con lo que veía mal del régimen que apoyaba.
El líder de la Nueva Trova Cubana tiene una canción –Yolanda– para mí una de las más bellas en lengua castellana que se hayan escrito junto con Mediterráneo de Serrat. Escucharla paseando por La Habana Vieja produce una sensación difícil de igualar. Aquella chica era Yolanda Benet, la esposa de Milanés que le hizo tres hijas en los cuatro años que duró el matrimonio. Aquel «eternamente Yolanda» del estribillo se diluyó antes de un quinquenio de esos que proyecta el régimen cubano en sus planes de desarrollo económico.
Lo que sí parece eterno es el régimen castrista por muchas visitas que haga Obama, el último símbolo del imperio opresor de la isla. Dicen que la pequeña esperanza del cambio, el «Adolfo Suárez» de una dudosa transición a la democracia desde el poder, se llama Miguel Díaz-Canel, primer vicepresidente, un «chaval» de 56 años, que miren por dónde nació en Placetas, la misma pequeña ciudad en que vino al mundo el general Emilio Mola, el «director» del golpe de Estado del 36.
Por cierto, hablando de esa época, Fidel Castro se sintió subyugado por la figura de José Antonio Primo de Rivera; su profesor, el padre jesuita Armando Llorente, manifestó desde Miami que en el colegio de Belén de la Compañía de Jesús donde estudiara, llegó a cantar el Cara al sol brazo en alto muchísimas veces. Su padre, Ángel Castro, era un falangista convencido según el periodista Roberto Álvarez Quiñones. Su amigo y condiscípulo José Ignacio Rasco contó que se sabía de memoria discursos de José Antonio del que guardaba, cuando su lucha en Sierra Maestra, sus Obras Completas, según testimonio de otro compañero de Fidel en la guerrilla, José Pardo Llada.
Miren por dónde; a lo mejor esto sirve para que el barrio José Antonio de Alicante conserve su nombre como quieren los vecinos.

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