El esclavo rebelde

22.04.2016 | 04:58
El esclavo rebelde

De todos los artistas que cohabitan en la galaxia de grandes estrellas del rock and roll, Prince era el raro, el más extravagante, el genio peculiar, el prototipo de cantante con síndrome de héroe de las cruzadas, el músico incomprendido que decidió un buen día acabar con su carrera (sí, acabar) porque llegó a convencerse de que podía torcer el brazo a la industria discográfica y que, a pesar de ello, la gloria le correspondería ad eternum.


No fue así. No lograba un número uno desde 2006, pero muchos años antes, a partir de 1993, cuando decidió no hincar la rodilla ante Warner e intentó librarse del contrato con la multinacional, la carrera de Prince no volvió a ser la misma. Cambió su nombre por un símbolo impronunciable, aparecía en público con la palabra «esclavo» escrita en la mejilla y se topó con que las principales disqueras del mundo no acababan de ver en su nómina de músicos a un tipo que no iba a ponerles fácil toda la tramoya comercial que requería un intérprete de tantos quilates. Warner, además, ya se había ocupado de presionar a las demás compañías.


La rebeldía no le movió del Olimpo, pero muy pocos jóvenes menores de 20 años conocen hoy, más allá de las referencias de oyentes iniciados, quién fue aquel tipo nacido en Minneapolis hace 57 años como Prince Roger Nelson y cuyo cadáver se encontró ayer en su estudio de Chanhanssen. Y ese desconocimiento del gran público ha sido, en parte, su derrota ante el sistema y lo que seguramente le impida abrirse en la mitología universal un hueco a codazos entre otros genios del rock ya desaparecidos.


Un genio raro


Multiinstrumentista virtuoso, compositor sublime y original, Prince tiene, a pesar de lo antedicho, su propia estrella en la galaxia. Otro grande que se nos fue este año, David Bowie, dijo de él: «Los ochenta son suyos». Y en parte lo fueron. Y si no los dominó de un modo absoluto fue por su coetaneidad con Michael Jackson. Si el autor de Purple Rain no se ciñó la corona fue sólo porque décadas atrás, el menor de los Jackson no dio motivos para entregarla.


Era raro, decía. Y en esto Prince constituía una estrella de manual. Era testigo de Jehová, una religión poco habitual entre los de su oficio. El más huidizo de los de su clase con los medios, recelaba de internet. Prueben a buscar vídeos suyos en YouTube. Están contados. Sin embargo, todo cuanto se conocía de él parece coherente. La renuncia a la globalización de su personaje, el rechazo a que el mundo se convirtiera en propietario universal de su imagen o su negativa a que plataformas como iTunes o Spotify acabaran alejándole de la autoría de sus canciones, conforma un conjunto de factores que mucho que ver con aquella batalla con Warner.


En definitiva, Prince se consideraba a sí mismo un artesano, y sus canciones, por tanto, pequeñas obras de orfebrería musical que ningún emporio discográfico tenía el derecho a adueñarse.


Precisamente, por esta concepción de su arte casi inédita entre las grandes estrellas, Prince jamás pretendió, como de manera poco original podría desprenderse de su nombre, ocupar el trono de príncipe del pop.


A cambio de ello, se convirtió en el más rebelde del reino, en el primero de sus esclavos.

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