Manos limpias, juego sucio

20.04.2016 | 04:22
Manos limpias, juego sucio

Esto de la corrupción no dejará nunca de sorprendernos. La astucia de los presuntos corruptos es tal que ya ni siquiera puedes creer ni lo que ves. Imagínense un sindicato adalid en la persecución de todo tipo de corruptelas, una especie de justiciero recalcitrante que además con su propio nombre, Manos Limpias, deja bien claro su objetivo antiséptico de chorizos y sinvergüenzas en nuestro país. Imagínense además otra asociación altruista, Ausbanc, para defender los intereses legales de los usuarios contra los abusos de las entidades financieras. En definitiva, dos entidades volcadas a hacer el bien común para, respectivamente, proteger a la sociedad de los elementos nocivos y perversos, y para defender a los más débiles de los poderosos banqueros sin escrúpulos. Pues bien, mi gozo en un pozo. Los dirigentes o mandamases de sendas organizaciones, Miguel Bernad y Luis Pineda respectivamente, han sido detenidos, nada menos que por extorsión. Tras su cara amable (como el «leninismo amable» que diría Pablo Iglesias) se escondía una putrefacta realidad de corrupción al extremo de que Fiscalía considera a ambas entidades «grupos criminales» establecidos para delinquir. Al final Manos Limpias, autodenominada sindicato pero sin representación ni entre los funcionarios ni en ningún centro laboral, era una fábrica compulsiva de denuncias y demandas, personada en todas partes, que, presuntamente, chantajeaba y extorsionaba a los demandados para, a cambio de dinero, retirar las acusaciones. Y, al final, Ausbanc, aparentemente una asociación defensora de los intereses legales de los usuarios financieros, era un negocio consistente en plantar o no cara a los bancos a cambio de dinero. Chantaje y extorsión eran sus especialidades delictivas, puestas de relieve en algunos casos sonados como el intento de extorsionar a la Infanta, cuyo abogado, Miguel Roca, afirma que desde Manos Limpias le llamaron y le dijeron que «el tema de la Infanta se solucionaba con dinero», o como el asunto de Unicaja, cuyo presidente, hubo de pagar al sindicato, o como la petición de dinero por no acusar en los ERE, etcétera. Al final, presunta delincuencia organizada de guante blanco para llevar a cabo un repugnante juego sucio con las manos bien limpias aparentemente.
Y juego sucio es el que algunos procuran en el caso de la dimisión del ministro Soria, quienes, disconformes con su renuncia no ya al Ministerio, al acta de diputado y a los cargos orgánicos del partido, sino a la política de forma definitiva, siguen enredando con el único objetivo de obtener ventajas electorales (estamos en campaña), cuando el proceder de Soria debiera ser el patrón a establecer en el futuro. Acostumbrados a que nuestros políticos (de izquierdas, derechas o mediopensionistas), incluso estando imputados por presuntos delitos, se aferren al sillón y a sus privilegios de aforamiento, debiera explicarse en los centros educativos, como ejemplo a seguir, que uno de ellos, sin imputación alguna y simplemente por incurrir en contradicciones o mentiras abandone la política y se vaya a su casa. ¿No venimos exigiendo semejante proceder desde hace años? No se entiende pues que se especule sobre si fue Rajoy quien le exigió la dimisión o fue Soria quien la puso encima de la mesa, si el proceder de Soria alivia al Gobierno o pone a Rajoy contra las cuerdas, si Moncloa exhibe mano dura con Soria tras su renuncia o el Ejecutivo está dividido al respecto, si Rajoy llamó a Soria para cesarle mientras él preparaba su defensa? Todo ello es anecdótico, lo categórico es que tras conocerse la existencia de la offshore de Jersey, ocultada al inicio y reconocida después como «legal» (no hay de momento investigación de delito alguno), al margen de su amnesia u ocultación intencionada (queda dentro de lo subjetivo), «ipso facto» el exministro pone fin a su carrera política tras la pertinente pérdida de credibilidad. Y eso es lo que habría que hacer en casos similares en el futuro. Más aún cuando Montoro o Santamaría sostienen, que «nadie que haya operado desde paraísos fiscales puede estar en el Gobierno» al margen de la legalidad o ilegalidad de su conducta. ¿Qué hay que objetar pues, como se pretende, a semejante proceder? Simplemente juego sucio.
Si Soria reconoce que cometió «un grave error al dar explicaciones» y afirma que su amnesia por asuntos de hace más de veinte años es la causa de sus contradicciones ya que, no habiendo incurrido en ilegalidad alguna, nada tenía que ocultar, si creerle o no es subjetivo, si nadie le imputa ilegalidad alguna, si, en definitiva, de lo que se trata es de que, por primera vez, nuestros políticos y gobernantes, comiencen a pagar por sus errores, cuando muchos de ellos ni pagan por sus delitos, bienvenido sea para la higiene democrática el ya llamado «caso Soria». ¿Se imaginan lo que sucedería si no hubiera dimitido o lo hubieran cesado? En fin, todo lo demás, guste o no, es juego sucio, más aún si quienes lo practican no tienen sus manos limpias.

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