Elogio de la locura

Quiero ir a la cárcel

16.04.2016 | 04:26
Quiero ir a la cárcel

Andamos, mi colega arruinado y yo, a salto de mata, como puta por rastrojo, que dirían los clásicos, al estilo del gran Camilo José Cela. Nuestro proyecto vital se limita a buscar comida, como lo hacían los primeros homínidos: busco por aquí, busco por allá y como de retales, una lechuga impresentable, un yogur caducado o un paquete de embutido que se rompió y no es apto para la venta. No crean que esto se consigue por las buenas. La competencia es feroz porque la necesidad es mucha y hay que estar atento al menor movimiento para que no vuele la mercancía y te quedes como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando.

La nuestra –como la de todo el mundo pero nosotros elevados a la enésima potencia porque estamos en el escalón más bajo– es una lucha diaria por la supervivencia. ¿Sobrevivir para qué? No tenemos objetivos, no tenemos proyectos, nuestras relaciones sociales están por los suelos de puro inexistentes y el día a día se limita a vegetar en este valle de lágrimas, como afirma la oración católica y nunca mejor dicho. Ya me he puesto metafísico otra vez, como Rocinante, fruto de las hambres y la subalimentación crónica.

Lo mismo que pasamos las noches de claro en claro, pasamos los días de turbio en turbio, cansados de dar bandazos, de encaminarnos hacia ningún sitio y de no tener nada que hacer. Hablamos del tiempo, hablamos de nuestros sueños que esos no hay quien nos los quite. No rezamos porque no tenemos a quien hacerlo, pensamos con los epicúreos que, caso de que Dios exista, no se ocupa en absoluto de nosotros. En el fondo de nuestro yo más profundo soñamos con que le entre el conocimiento a Pablo Iglesias y se deje de vetos, de líneas rojas y amarillas y se aplique a la tarea de conformar un gobierno de izquierdas –eso hemos visto que le ha pedido Sánchez con toda seriedad en una mesa plagada de micrófonos– un gobierno de izquierdas que trabaje y legisle para sacar de la miseria a quienes no podremos salir de ahí sin un empujón fuerte que nos ayude. ¿Se han creído los de Podemos que, quienes los votamos esperanzados queremos que se dediquen a cuestiones gilipollescas en lugar de afrontar los asuntos esenciales? Pregunten a las bases si quieren un gobierno de izquierdas o que ganen los populares las indeseadas elecciones de junio y dejen de marear la perdiz.

Ayer, como parece que el cajero ya lo consideran nuestro y respetan que somos el bróker arruinado y yo los que tenemos el derecho de dormir ahí, nos aventuramos a dar una vuelta por Alicante cuando empezaba a caer la tarde. Tuvimos una experiencia de eso que llaman «tardeo». Fue una experiencia mínima, adulterada, desde fuera. La gente atascaba los bares y las terrazas, corrían las cervezas y las tapas, se respiraba jolgorio y ganas de pasarlo bien. Mujeres despampanantes, arregladas, maquilladas?, chicos con vaqueros y cazadoras, atentos al mínimo detalle estético y? nosotros dos, como dos espantapájaros mirando el espectáculo desde mucho más allá de la barrera. Nada de lo que veíamos era para nosotros.

Éramos extraterrestres en ese ambiente, como si fuésemos transparentes, como si no estuviéramos allí. Nadie nos dirigió ni una sola mirada. La gente se saludaba con efusión, se despedía, besos y abrazos por todos los sitios. Se alegraban de verse y se alegraban cuando, al despedirse, quedaban para otro día. Ni un gesto de complicidad, de respeto –no digo ya de cariño– ni siquiera de compasión para dos sombras que pululaban fuera de lugar. Nosotros. La miseria, la necesidad, son invisibles. Parece que son invisibles hasta para los de Podemos, enfrascados en cuestiones inútiles de definiciones ideológicas que no interesan a nadie.

Dada nuestra edad provecta –andamos en los aledaños de la jubilación– tuvimos una ocurrencia: en un periódico atrasado que nos vino a la mano figuraba la publicidad de una residencia para ancianos. Se nos ocurre preguntar y nos quedamos estupefactos. Dos mil euros mensuales. Eso sí, con todas las comodidades, aseo, ducha, televisión? Eso en el caso que uno se valga por sí mismo, que es lo que se llama un anciano válido. Si necesitas ayuda de profesionales para desenvolverte entonces la cosa se dispara mil pavos más. ¿Quién puede permitirse eso?

Surge de nuevo la discusión con mi colega de infortunio y precariedad. Yo quiero ir a la cárcel. A ver qué delito se me ocurre imposibilitado para blanquear dinero, tener empresas en Panamá, llevármelo crudo en un cohecho, traficar con influencias u organizar un tinglado sustancioso en las Islas Vírgenes, en las Bahamas o en Pernambuco. Estoy por suplicar una denuncia falsa. En la cárcel me atenderán como un señor y dormiré con sábanas y mantas cuyo tacto ya no recuerdo. Me verá el médico y el ATS cada mañana y estará en su consulta atendiéndome al menor síntoma de infarto, subida de tensión, estómago revuelto, bronquitis o dolor de muelas. Es maravilloso que el Estado de Derecho cuide a quienes están privados de libertad. Es doloroso que, con el Gobierno eternizado en funciones, quienes se llaman de izquierdas discutan sobre el sexo de los ángeles, sobre vetos y líneas rojas en lugar de llegar a acuerdos y trabajar para sacar del pozo a quienes están necesitados hasta de lo más imprescindible.

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