07 de abril de 2016
07.04.2016

Romería levantina

07.04.2016 | 04:23
Romería levantina

Partimos juntos, la mayoría desde San Nicolás, muchos desde la Plaza del Ayuntamiento, otros desde los diversos barrios de la ciudad, pero no revueltos, en solitario, en comandita. Unos caminan más según su punto de partida, otros lo hacen más rápido, incluso hay quien se enfunda deportivas, camiseta y pantalón de deporte y echan a correr dirección al Caserío. Cada grupo, cada cuadrilla tiene un fin, persigue un objetivo distinto, y en ocasiones hasta distante. Son llamados por la devoción, son llamados por la diversión. Recogimiento compartido, algarabía participativa. Muchos tienen una deuda que saldar, un compromiso que satisfacer, una obligación que cancelar. Un quid pro quo íntimo, de naturaleza espiritual, sin ánimo de lucro, pactado desde la creencia directa, sin necesidad de comprobación alguna, de demostración en que agarrarse. Basado en la fe particular, privativa, que deja de ser ecuménica para convertirse en íntimamente personal. No hay intermediarios, no existe notario alguno que, de fe de lo convenido, del arreglo suscrito en papel de esperanza y tinta de lacrimales, y signado con la emotiva ilusión en la que la razón es obviada para sustituirla por la convicción irracional de una expectativa veraz de cumplimiento.


Cada uno es como es, cada quien es cada cual, cada peregrino con su tema, con su objetivo conseguido, con su favor recibido, con su petición hecha realidad. Cada peregrino con su negocio a cumplir. Unos cumplen, otros anticipan su compromiso de la cursada instancia espiritual solicitando auxilio, favor a recibir. Caminan los caminantes peticionarios con la alegría del favor saldado, con la esperanza de conseguir la formulada petición. Sin esperar a que la fe mueva montañas, los peregrinos enfilan su ruta hacia el Caserío, donde su Santa Faz les espera como cada año para darles esperanza, para darles consuelo a sus ausencias, para ampararles en sus aflicciones, para exhortarles en el buen hacer, para socorrerles en sus desgracias, para servirles de muro de lamentos.


Divina Misericordia, velo de la Verónica, qué siendo universal, que, perteneciendo a la religiosidad de millones de creyentes, es subsumida por una ciudad, por sus vecinos, por sus instituciones, por sus barrios, por sus calles, por sus hombres, por sus mujeres, por sus niños, por sus iglesias, por sus caminos, terminando en ese mestizaje entre lo religioso y secular, entre lo eclesiástico y popular. La Santa Faz y Alicante unidas para siempre, no se entiende la ciudad sin el Caserío, no se comprende el Rostro Divino sin su ciudad de residencia. Fundidas ciudad y Reliquia en un ser, en un querer, que va más allá de esa protección maternal que se dispensa a quien en su desamparo pueril la recibe de su progenitora. Los vecinos se sienten privilegiados, la Santa Faz se siente complacida.


«Romería levantina, columna que camina, que otea la marina, mediterránea era. Romería alicantina, la que atrapa la primera ráfaga de primavera, la primera golondrina». A escasos días de la conmemoración de la muerte del gran poeta Miguel Hernández, sirvan estos versos del insigne oriolano, que dedicara a las palmeras levantinas, modificados para, con el rubor por su utilización, enaltecer si cabe más la Romería de la Santa Faz.

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