La ciudad, ¿paisaje estético o paisaje ético?

05.04.2016 | 03:42
La ciudad, ¿paisaje estético o paisaje ético?

«Nulla estética sine ética»
(José María Valverde)

Durante los acontecimientos de las últimas semanas en Alicante en torno a la gestión de una concejala local en relación con la adjudicación de unos contratos públicos, se han escuchado ampliamente dos términos, el de «ética» y el de «estética», dirigidos a valorar unos actos que si bien eran legales, carecían de legitimidad ética por las circunstancias que concurrían en ellos; aduciéndose que un político debe atender no sólo al fondo moral de sus actos (la ética), sino también al de sus apariencias (la estética), dando a entender, como se deduce de algunas opiniones escuchadas esos días, la relevancia de la imagen pública sobre el contenido, de la estética sobre ética. Este artículo es una breve reflexión acerca de la relación entre esos dos conceptos y cómo se hacen visibles en la ciudad.
La catedrática de Ética Victoria Camps, aclara que no hay distinción entre estética y ética (El País, 11 de marzo, 2014. ), en todo caso, siguiendo a Aristóteles, defiende la prevalencia de la ética sobre la estética: «La persona virtuosa es aquella que no solo conoce el cómputo de virtudes establecidas y procura adecuar su manera de ser a lo que éstas expresan –ser prudente, valiente, temperante o justo– sino que abraza ese modo de vivir, porque, además de bueno, lo encuentra bello». En la Atenas clásica el político virtuoso no elegía el bien para obtener algo o satisfacer a alguien, sino porque lo bueno se tenía como un fin valioso por sí mismo. En cambio, el político que se guía por lo estético, dice Kierkegaard, es «alguien que se desvive malgastando su vida en cualquier secreto extravío».
Se debe recuperar el ideal clásico de una educación cívica ligada a la política a través de la ética. La ciudad nos habla tanto a través del lenguaje que transmite su componente material, sus espacios, arquitecturas, etcétera, como a través de los discursos que emanan de las prácticas sociales y políticas que en ella se producen y que constituye el componente inmaterial de la ciudad y del que forma parte la ética pública. Este lenguaje, lo que se dice y como se transmite, constituye una función educadora de la ciudad considerada en sí misma, más allá de la que se produce en lugares específicos e institucionales. Y en ese sentido el ejercicio de la política implica un papel educativo. Ortega decía que había una analogía entre pedagogía educativa y pedagogía política, ambas buscan –o deben buscar– el mismo fin: transformar la sociedad encaminándola hacia un camino de progreso moral y material. Y el político debería saber que la ética pública se transmite con el ejemplo, no basta con proclamar la moral, hay que practicarla.
El atractivo de una ciudad suele fundarse en la calidad de sus espacios públicos, arquitectura, en fin, en su paisaje estético, unido a la de los servicios públicos. Sin embargo, esos criterios de valoración están incompletos. El ciudadano se siente partícipe de su ciudad cuando se reconoce no solo en su paisaje estética, sino también en ese otro paisaje inmaterial que podemos nombrar como «moral» o «cívico» y que afecta a la calidad de la gestión pública que gobierna la ciudad. La construcción de ese paisaje moral es una tarea colectiva: no solo está implicada la llamada clase política, también influyen en él los ciudadanos que sin tener un papel político directo, sí lo tienen por su posición social o económica, como empresarios, dirigentes de instituciones públicas y privadas, altos funcionarios, etcétera; incluso los mismos ciudadanos de a pie tienen una responsabilidad en la consolidación de ese paisaje a través de su compromiso con lo público.
«Nulla estética sine ética», «No hay estética sin ética», sostenía el profesor José María Valverde cuando abandonó su Cátedra de Estética en solidaridad con José Luis Aranguren, expulsado de la suya en la Universidad franquista de los sesenta del siglo pasado. Esa identidad entre estética y ética la debemos hacer extensible a la ciudad, porque la belleza de una ciudad, la armonía de su paisaje físico, es un espejo de su paisaje moral: no hay paisajes urbanos hermosos si no hay un contenido ético en esa otra ciudad intangible, construida con acciones y palabras, en la que reside lo esencial de su belleza.

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