03 de abril de 2016
03.04.2016
El Punki

Bergen-Belsen

03.04.2016 | 12:14
Bergen-Belsen

Las tropas británicas entraron en el campo de concentración y la devastación humana era inenarrable. Miles de cuerpos amontonados muertos por varias enfermedades resumían la devastadora y repugnante «ciencia» nazi. La banalidad del mal, tal como la había expresado Hannah Arendt, había hecho como normal, la barbarie humana. Todos los cuerpos, de judíos, habían sido abandonados a su propia suerte. Nada justificará jamás la ignominia que el ser humano perpetró contra un pueblo.

Estos días he leído un libro, y yo sí que me acuerdo del título, no como Rajoy, de «Judíos desplazados al Campo Bergen-Belsen, 1945-1950». Lo compré en el Museo de la Shoa en París una semana antes del brutal atentado. El libro es un auténtico canto a la vida después de la muerte. Son las fotografías que una voluntaria judía, Zippy Orlin, hizo durante su estancia una vez el campo fue liberado. A su muerte en Sudáfrica en 1980, esas fotos se recuperaron para editarse en el año 2004.

Las primeras fotos reflejan el amontonamiento de cadáveres a la llegada de las tropas británicas liberadoras. Pero no se recrea en esa atroz muerte. Lo que el libro destila es la pura supervivencia, después de la liberación, y la recuperación de la dignidad humana. Para todos aquellos que sobrevivieron, el mero hecho de permanecer en ese campo era un segundo holocausto. En ese campo se moría sin necesidad de hornos crematorios. Durante mucho tiempo fue un tránsito para otros hornos de la muerte. Allí «solo» fueron eliminados más de 50.000 judíos. Ana Frank, la niña del diario, murió de tifus en este campo.

Cuando fue liberado se censaron más de 60.000 personas, la gran mayoría aquejadas de tifus que perecieron en los meses posteriores. El campo fue utilizado, después de la liberación, para redistribuir a los judíos, especialmente a miles de niños huérfanos. Con la llegada del nuevo Estado de Israel en mayo de 1948, miles de supervivientes fueron enviados a su nueva tierra. También a EEUU.

Los meses posteriores a la libertad, cientos de niños nacieron en ese recinto. Era el canto de la misma libertad que se hacía camino ante tanta miseria humana y tanto sufrimiento. Los días, y así lo refleja el espléndido reportaje fotográfico, recuperaban las costumbres y la fe judía, tan denostada y maltratada hasta la muerte. Los niños eran la mejor fortuna contra el olor a muerte que había sepultado a tanta gente maravillosa aniquilada por su pertenencia al grupo.

Los británicos tuvieron que lidiar con miles de judíos de la Europa del Este que seguían siendo perseguidos por un antisemitismo que no acabó con la Segunda Guerra Mundial. Miles de desplazados, nuevos, que no habían estado en un campo de concentración, eran realojados allí donde miles de sus hermanos judíos habían muerto fruto de la sinrazón humana. Lo locura anidó en algunos de ellos, que veían las alambradas y su mente se vencía por causas insignificantes porque, ante la debilidad humana, cualquier ser humano es arrastrado por su propia alma.

Bodas, celebraciones y cultura. Representaciones teatrales en las que siempre surgía el mal soportado. Era como una maldición. Estar en ese campo, aunque liberado, no evitaba traer la maldad de nuevo. Y el arte, la música y los niños jugando hicieron camino. Las sonrisas de las madres empezaron a brotar aunque la ropa todavía era, en muchos casos, la misma heredada de algún muerto o la suministrada por el nazismo.

Fueron muchos años esperando el realojo de miles de judíos que esperaron enterrar los recuerdos ante la lentitud de una Europa culpable de esa locura colectiva. Las fotos son nuestra propia miseria. El espejo en el que nos tenemos que mirar para no «banalizar el mal». Para evitar educar a nuestros hijos en el odio a los judíos, o a cualquier colectivo humano. Esas fotos fueron llevadas desde allí a Amsterdam, a Israel y finalmente a Sudáfrica, donde la hermana de Zippy creyó que aportarían al mundo cierta dosis de reflexión. Bergen-Belsen fue, es, el recuerdo de miles de personas enterradas bajo el yugo de un totalitarismo atroz. No podemos volver a consentirlo. La paz se labra luchando contra los malos. Y, sí, hay buenos y malos.

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