Elogio de la locura

¿Guerra entre obispos?

02.04.2016 | 04:36
¿Guerra entre obispos?

El arzobispo de Granada está medio cesado medio en funciones, casi como el gobierno. El papa Francisco, mucho postureo y mucho marketing, pero aún no ha sido capaz de hincarle el diente por el escándalo de esos curas, apodados genéricamente «los romanones»

Las noches en el cajero automático son de lo más divertido, quitando los duermevelas obligados cada vez que un noctámbulo sin un duro, pretende ordeñar a la máquina y termina jurando en hebreo porque el bicho mecánico se queda con la tarjeta y no suelta un duro. Ya he dicho que tenemos una radio miserable que come pilas con instinto famélico. No ganamos para reponerlas como no ganamos para ninguna otra cosa. Escuchamos tertulias, programas de deportes en los que pelean como si les fuera la vida en ello los de un equipo y los de otro. Oímos programas para noctámbulos a los que la gente llama intentando espantar la soledad, ese gran problema de una sociedad que vive ensimismada, preocupada por los plazos de la hipoteca, por el Euribor, por los bancos que cobran hasta por ingresar dinero y por el crack económico que no acaba de ver la recuperación por ningún sitio. Aquí, entre las mantas viejas que nos arropan, hay dos buenas muestras de ello: gente que era próspera y ha caído en picado instalándose en la miseria, sin posibilidad de resurgir de ninguna manera.

Hay gente que llama solo para hablar, como catarsis, para que escuchen esos oídos invisibles e insomnes que están en todas partes y no están en ninguna. Decía uno la otra noche que en España han aumentado los suicidios de manera alarmante y que los medios tienden sobre ese fenómeno un velo de misterio inexplicable. Once personas llevan a cabo conductas autolíticas cada día. Tres mil novecientos al año. Casi cuatro veces más que los que mueren en accidentes de tráfico. Hay mil campañas contra las conductas imprudentes en carretera y ni una sola contra ese «quitarse de en medio silencioso». Dicen que las crisis y las enfermedades mentales, las ruinas económicas, los desahucios, el paro, la falta de expectativas y la depresión son causantes de ese fenómeno al que la gente orilla porque cuesta hablar de las cosas desagradables y se ocultan como si no existieran. Una anestesia imbécil.

Dice mi colega, el bróker, el ejecutivo de éxito devenido en mendigo, que llevamos más de cien días sin gobierno y no ha pasado nada grave ni ha tenido lugar ninguna hecatombe. Hecatombe es una palabra griega en su origen, el sacrificio religioso de cien bueyes. Por el río de sangre, de carnes muertas y de despojos que ocasionaba, pasó a significar gran catástrofe. ¿Han tomado nota del detalle culto? Pues seguimos. Sin en cien días sin gobierno no ha habido hecatombe alguna, es señal de que el gobierno no sirve para nada – afirma solemne el bróker en pose de filósofo cínico-.

En estas andamos, como Quijotes, pasando las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, cuando oímos, entre los ruidos de fritura propios un transistor barato, una polémica que me sobresalta porque está mi tierra en medio.

El arzobispo de Granada está medio cesado medio en funciones, casi como el gobierno. El papa Francisco, mucho postureo y mucho marketing, pero aún no ha sido capaz de hincarle el diente por el escándalo de esos curas, apodados genéricamente «los romanones» y que se pasaban –según todos los indicios- el celibato y la castidad, la pureza y el sexto mandamiento por el forro de los monaguillos.

Tampoco a estas horas, con nocturnidad y durmiendo en precario, a salto de mata, anda uno para sutilezas ni para hacer exégesis de los mandamientos entregados a Moisés en el Sinaí ni de los emanados a posteriori de la Santa Madre Iglesia. Bueno pues que ese arzobispo en funciones ha prohibido la entrada de un obispo vasco, Mario Iceta, como el jefe de los socialistas catalanes, para dar una conferencia en su archidiócesis.

En Granada mi pueblo, en el que no me van a nombrar ni hijo predilecto ni nada que se le parezca y del que lo más que espero es que me pongan en busca y captura, florecen las asociaciones conservadoras –entre otras- el Opus, los Kikos, Comunión y Liberación, etcétera.

A dichas asociaciones pertenecen ambos obispos. Han organizado, en la prestigiosa universidad granadina un seminario para «fomentar una visión de la educación integral y en libertad de la persona, que contribuya a su felicidad» –a ese seminario quiero ir yo que no quiero educarme, que he desesperado de ser libre pero sí quiero ser feliz-.

Va un obispo a hablar de la familia. ¡Qué manía tienen los obispos de pontificar de cosas que desconocen! A ese le doy yo un niño con un noventa por ciento de absentismo escolar, que bebe litronas y pilla cogorzas en la Santa Faz y no quiere ni oír hablar de doblar el espinazo, y dimite de la comisión episcopal echando leches. Pues el arzobispo de Granada no lo deja entrar a ejercer como pastor en su archidiócesis y el vasco, envainándosela, ha tenido que quedarse en la ría bilbaína o haciendo senderismo en el Gorbea, pero de Alhambra y Sierra Nevada res de res.

Hoy puedo dormir a pierna suelta en mi hueco del cajero en el que aún no han puesto esas barras antimendigos para evitar nuestras acampadas nocturnas. No les demos ideas. No sabía que un obispo, para hablar en tierra de otro, necesita su permiso. Ya lo he aprendido. Ahora me falta por aprender si eso choca con el concepto de «ecuménico», que también tienen como suyo. Durmamos que son dos días.

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