30 de marzo de 2016
30.03.2016

El precio de un salto

30.03.2016 | 04:56

Hace unos días hemos visto en televisión a los hinchas del PSV –equipo que compitió el martes con el Atlético de Madrid– en la Plaza Mayor de la Capital de España calentándose con nuestro sol y con nuestras cervezas y aburridos por la somnolencia que esta produce. Se les acercaron unas pobres mujeres (dicen que «rumanas») tan extranjeras como ellos pidiendo su caridad y entonces iniciaron una aquelárrica diversión consistente en lanzarles monedas al suelo, pidiéndoles que saltaran y flexionaran para echarles más, así que las pobres formaron un degradante y disputado espectáculo ante las asquerosas risotadas de los asistentes y retrógrados extranjeros y de los silenciosos cómplices locales que, como siempre y salvo la honrosa excepción de un señor mayor que se rebeló contra tal inmundicia, asistían escépticos ante aquella barbarie tercermundista. Este señor mayor que se rebeló contra aquello representó un mínimo ejemplo de ciudadanía aunque en grado superlativo. Poco más o menos ocurre en España con tantas cosas de este estilo, que cada vez están dejando chica a la picaresca española.

Díganme amables lectores quién no salta y/o flexiona y genuflexiona en la España actual. ¿Acaso no han estado saltando los concejales del Ayuntamiento de Valencia, unos por dos billetitos de 500 euros, ahorrándose el 20% de su desgravación?. ¿No saltaban como yonkis amaestrados los dispensadores de barracones para colegios?, ¿los exportadores de billetes para aquellas ONG's situadas en el infinito al que nunca llegaban sus dineros?.

Hasta hemos visto las ranas de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid. Unas de ático en ático y otras saltando de colegio en colegio y de piscina en piscina para reunir los flujos de agua suficiente con el fin de que sus caudales llegaran a Suiza.

También hemos visto a los mejores exministros, los más listos y preparados, saltando de cargo en cargo, con grandes bolsas llenando sus alforjas de coches y de dineros que seguramente ganaron sus antepasados cuando fueron a saltar en la guerra de Cuba o mas allá. Y, para terminar, estamos los ciudadanos hartos de ver cómo saltan y se inclinan ante los grandes prebostes del país, saltando puerta tras puerta giratoria, hasta convertir España en un tiovivo que, más pronto que tarde, acabará si esto sigue así, por convertirse en un «tio muerto». Y entonces sí, todos se inclinarán ante él, para constatar su putrefacción que comprobaremos y a coro diremos: «¡Pobre España!.

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