Niños de hoy

Los que hablan con todas las letras

30.03.2016 | 04:56
Los que hablan con todas las letras

Una de mis alumnas le dijo a una compañera que era un bebé, «porque hablaba como los bebés». La afectada se quejó, con lágrimas en los ojos, y nos reunimos para hablar.

-Tengo pena y estoy enfadada, Sara me ha dicho que soy un bebé y yo tengo cuatro años, se lamentaba Ana.

-Es que hablas mal y no te entiendo, decía en su descargo Sara.

-No, tú me has dicho bebé para chincharme.

-Bueno, sabéis que aquí hay algunos niños que no hablan demasiado claro, empecé a decir mientras pensaba cómo encarar el asunto.

-Yo estoy mejorando con las R, pero aún no hablo claro, ha dicho Ana.

-Yo tampoco, ha añadido Pedro.

-Por eso vais a Myriam, que es logopeda y enseña a pronunciar bien, pero eso no tiene nada que ver con ser bebés, no es cuestión de tamaño. Entonces Pedro verbalizó una hipótesis que me hizo sonreír:

-Los que hablan con todas las letras es que ya han ido a la logopeda.

-No, yo siempre he hablado como hablo ahora, asegura Juan.

-Y yo, añade Sara.

-Es verdad. Los que hablan claro no es porque hayan ido a la logopeda, Pedro, es porque tienen facilidad para pronunciar. A todos nos pasa que unas cosas las hacemos sin esfuerzo y otras nos cuestan un poco. Depende de cómo vamos creciendo, de cómo sea nuestro cuerpo, o nuestro carácter...

-Yo hablaré claro pronto, me lo ha dicho Myriam, comentó Ana, contenta.

-Yo no lo sé, añadió Pedro.

-Seguro que hablaréis genial los dos, tranquilos. Así que ya sabéis: los que no dicen algunas letras no es porque sean bebés, es que tienen un poco enredada la lengua, pero aprenderán y los esperaremos. Mientras, que a nadie se le ocurra meterse con ellos.

Yo iba valorando para mis adentros lo que estaba pasando y pensaba en la extrañeza que los niños sienten ante lo que es distinto a ellos. Quizás en ello se haya inspirado Sara al meterse con Ana. Para ella hablar es algo tan fluido y tan fácil, que quizás se haya metido con la compañera por un lado para reafirmarse a sí misma y presumir un poco de sus habilidades lingüísticas, y por otro para hacer ver que percibe como algo raro la dificultad de la compañera.

También Pedro parece haber hecho uso de este «extrañamiento» a lo que es diferente a uno. De ahí su graciosa hipótesis de que «los que hablan con todas las letras es que ya han ido a la logopeda», como si no pudiera ni pensar que haya quienes hablen bien desde el principio. Señal de que los niños lo piensan todo desde sí mismos, por el narcisismo que conlleva su momento evolutivo. Aquí estuvo bien que se pronunciaran Juan y Sara manifestando, sin ánimo de lucha esta vez, que ellos siempre habían hablado claro, cosa que es verdad. Es decir, que las personas somos diferentes.

Otro tema que apareció en escena fue la reacción de atacar para vencer o amedrentar a otros que utilizamos las personas, seguramente por algún instinto ancestral de supervivencia. Pero que a mí me produce cierto malestar. Envidias, rabias, ganas de mandar, deseos de ser el único y el mejor, todo ello muy humano, pero que a mí no me gustaría ver en niños tan pequeños. Un deseo absurdo que indica que no quiero ver la realidad que tengo delante. En cambio me ha gustado ver actitudes de esperanza ante las previsibles mejoras en el lenguaje, aceptación de las dificultades y deseos de expresar sentimientos, tanto de emoción, como de dolor.

Otro aspecto interesante fue que el grupo pudiera ir tomando conciencia de que a las personas no todo nos sale rodado, que hay cosas que nos cuesta conseguir. Es decir, que no somos omnipotentes. Saber que en algunos aspectos podemos tener dificultades, quita fuego cuando nos llega alguna que hay que encajar. De hecho, todos estuvieron muy atentos, y fue bueno que los que tienden a meterse con otros escucharan la queja de Ana, para que vean los sentimientos que provoca una descalificación. De aquí en adelante seguiremos en grupo el proceso de «los que no hablan con todas las letras», como dice Pedro. Los felicitaremos en sus logros, los animaremos en sus detenimientos y será una ilusión para todos su mejoría creciente.

El caso es que a partir de la queja de Ana y del productivo diálogo emprendido, se dio un ajuste grupal interesante. Quizás si sólo se hubieran ofrecido unas indicaciones o una simple riña a la niña que chinchaba, no hubiera servido lo sucedido para generar crecimiento en el grupo. Así ocurre muchísimas veces por falta de tiempo, de escucha o de inspiración.

Ojalá los maestros tuviéramos más en cuenta la dimensión grupal de nuestra tarea, mejor nos iría a los niños y a nosotros. Trabajar con la complicidad y la reflexión del grupo, produce conocimiento mutuo, cohesión, seguridad y bienestar.

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