Visiones

Tiempo: unidad de vida

25.03.2016 | 04:43
Tiempo: unidad de vida

Desde hace un tiempo, la expresión metafórica «El tiempo es oro» del escritor Edward Bulwer-Lytton (aunque algunos se la atribuyen a Benjamín Franklin), tiene un significado más literal desde que la codicia se adueñó de todo: nunca es suficiente el tiempo para hacer dinero. El tiempo, lo único e irrepetible, el más valioso e importante recurso del que dispone el ser humano como unidad de vida presente, aunque nuestros pensamientos tengan tendencia a encadenarnos al pasado y sufrir con el futuro.

Solo existe el presente que se nos escapa ahora con más facilidad al convertirse en algo difícil de controlar con las nuevas tecnologías multiplicando el campo de actuación posible. Quisiéramos abarcarlo todo. En muy pocos años, nos hemos ido de un extremo, el que daba pie a la metáfora de «El tiempo es oro» como advertencia a los que derrochan los días en cuestiones improductivas, tal vez confiados en que más adelante tendrán la posibilidad de hacer lo que hoy postergan; a cruzar la línea roja del rendimiento óptimo, a partir de la cual la progresión en la asimilación se detiene y es sustituida por la regresión que convierte el disfrute del tiempo en sufrimiento.

El tiempo disponible al día como medida de vida, es común para todos: veinticuatro horas. No es un problema de escasez. Lo que ha cambiado es la utilización de las horas hasta el punto de que nos cruje la necesidad de recuperar la libertad sobre el tiempo propio, el de cada uno. Ahora vamos detrás del tiempo, y el salto cualitativo que ha supuesto disponer de nuevas tecnologías, lejos de servir para ayudarnos a realizar más y mejores cosas en el mismo tiempo, nos ha catapultado a un frenesí compulsivo en el que creemos que tenemos menos horas que nunca. Y peor aún, las nuevas tecnologías que tantos beneficios nos aportan, son las que nos hacen sentir que ya no corremos para llegar a más sitios, sino para no quedarnos atrás no se sabe muy bien respecto a qué.

Lo increíble es que vivimos aceleradamente incluso cuando tenemos tiempo; como si no estar apretados en nuestros quehaceres fuera señal de inactividad, de pérdida de tiempo.

Vivir las horas, no pasarlas de cualquier manera, es el reto que tenemos por delante. La falta de límites también aquí nos pasa factura. El caso del que practica parapente y cuida mucho de adecuarse a los vientos limitando sus movimientos para disfrutar y por la cuenta que le tiene si aprecia su vida, no es diferente de abusar de nuestras horas sumadas atropelladamente en actividades que, a la postre, nos dejan tan derrengados como vacíos. Límites, sí, como los que aconseja la socióloga Judy Wacjman tener en los envíos de watsaps relacionados con la actividad laboral para no incrementar la sensación de tiempo acelerado como un activador del estrés. Y va más allá al demandar políticas públicas que cambien la distribución del tiempo en la vida cotidiana.

La norma suprema de que el «progreso» no tiene límites, añade la presión del tiempo sobre nuestras vidas precisamente con las herramientas que iban a darnos un respiro haciendo más y mejor con menos. Moraleja: si la ética no gobierna a la razón, la razón puede convertir hasta el tiempo de vida en una unidad de codicia.

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