15 de marzo de 2016
15.03.2016

Brigitte Bardot habla de España

15.03.2016 | 01:10

Milan Kundera, en La insoportable levedad del ser, al recordarnos que así como Descartes dio a los animales por máquinas vivientes, seres sin alma y en consecuencia sin dolor ni emoción que experimentar, siglos antes que él ya Pitágoras los consideraba con un alma similar a la nuestra y con capacidad de amar y de sufrir. Por fortuna, parece que los seres civilizados en general se hayan inclinado más en el tiempo por la visión de Pitágoras que por la de Descartes, lo que no supone que hayan prescindido por eso, antes al contrario, del disfrute con la crueldad hacia esos seres con capacidad de sufrimiento y de amor. Eso al menos ocurre en España y entre algunos que por más españoles que otros se tienen.
Por eso no es extraño que al tiempo que leía en días pasados una carta abierta de Brigitte Bardot al Rey Felipe VI, al Gobierno, a los medios de comunicación y a los españoles en general para acusarnos de bestias, viera en la tele a unos perros que acababan de ser brutalmente torturados en Toledo. La actriz francesa se preguntaba en aquella carta «qué país podría seguir aceptando que perros que no han estado a la altura en una caza de conejos sean castigados con el ahorcamiento, que les revienten los ojos, los amputen o les despellejen vivos, que los quemen con ácido o los envenenen con productos extremadamente tóxicos. O incluso que los arrastren detrás de un coche hasta morir. Esto es indigno de un país como España», añadía Brigitte Bardot. Y seguía: «Es indigno de un ser humano».
Supongo que la actriz no desconoce la histórica capacidad de crueldad de los españoles con sus animales y hasta con sus congéneres, porque en toda Europa al menos es bien conocida la costumbre de la gente de estas tierras nuestras de enjaular, encadenar de por vida, abandonar o sacrificar a los perros, especialmente a los de caza, pero supongo que se habrá animado desde el horror y desde la compasión a reclamar la dignidad de la que carecen algunos especímenes que nos avergüenzan. Y no creo que su llamada de atención surta efecto alguno. Es más: hasta los habrá que entiendan que esos «actos de barbarie atroces», como los califica la actriz, forman parte de lo que suelen llamar ellos señas de identidad. Y no descarto que la respuesta a su reclamo sea darla por ingenua en el mejor de los casos o por vieja disparatada. Lo que para ella significa falta de civilidad es para algunos españoles –valencianos entre ellos y manchegos por supuesto– todo un motivo de honra, algo más que añadir a los atractivos de la marca España. Cada año miles de galgos sirven como armas de caza en España. Cuando la temporada de caza termina los peores son exterminados y de los modos más atroces: semi ahorcados, pero de modo que las patas traseras toquen el suelo y el perro sufra una lentísima y espantosa agonía. O quemados con ácido. O arrastrados con coches, motos u otros vehículos, como la actriz señala. O amputados de forma que no puedan moverse. Qué desdichado retrato de repugnante condición ofrecemos con estos verdugos en el gozo de la crueldad, consecuencia sin duda de una cultura, de una educación, de una tradición muy consolidada. Estas conductas apenas alcanzan notoriedad en los medios de comunicación, del mismo modo que se toma incluso por gracieta que un adolescente meta el hamster en el microondas, que a un grupo de muchachos se le ocurra en Valencia crucificar a un gato, que en Extremadura asesinen brutalmente a un burro o que en Mallorca el dueño de un caballo que pierde una carrera lo agreda con una barra de hierro y lo abandone en su agonía. Y que además lleven a las redes sociales con evidente orgullo los videos con animales desollados, quemados, empalados, mutilados o apaleados.
Los miembros de El Refugio, organización sin ánimo de lucro que protege a los animales, llevó un día un galgo ahorcado al Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, acompañados de una encuesta: el 86 por ciento de los españoles estaban de acuerdo en penalizar a los cazadores que maltratan a sus animales. No sé si entre ellos debía encontrarse el entonces Rey de España. Un rey se educa por lo común en una tradición y es tradición en las casas reales la caza de la perdiz lo mismo que la del oso, el jabalí o el lobo. Y no es verdad que la costumbre de la caza sea sólo cosa de señoritos, que cazadores hay de toda clase y condición por esos campos, pero no cabe descartar que todo rey tenga algo de señorito por muy campechano que fuera nuestro anterior monarca. Así que si con la edad el Rey Juan Carlos se veía más reprimido en determinados ocios resulta que con la nueva sensibilidad de muchos otros ciudadanos no estaba ya bien visto que el Rey, antes de que se dedicara a liquidar elefantes en Botsuana, con fatales resultados para él, acudiera un fin de semana sí y otro no a Rumanía a cazar osos de pelaje oscuro, aunque en Rumanía los tengan de sobra. Y no por los 20.000 euros que costaba un plantígrado, que ya es una pasta, sino porque las asociaciones ecologistas sostenían muy razonablemente que en Rumanía se cazaba más de lo que se debía. No pudo extrañarle, pues, a don Juan Carlos que se calificara su caza mayor como un real ocio «poco educativo y poco edificante». Porque este deporte de matar animales es cada día peor visto en la sociedad en general y entre los más ecologistas en particular.
De haber seguido el Rey Juan Carlos el ejemplo de Obama tal vez siguiera hoy reinando. Pero viendo al perro de Obama transitar por los pasillos de la Casa Blanca, junto a su amo, como si los dos hubieran pasado allí todas sus vidas, los amigos de los perros nos sentimos mucho más cerca entonces del presidente americano, nada más llegar a la Casa Blanca. Y no porque perteneciéramos a esa legión de místicos que necesitaban una luz y al aparecer Obama con su antorcha fuéramos tras de él como posesos, sino porque la relación de un hombre con su perro define al hombre y al perro. No tanto como para sostener lo que una amiga mía, que un hombre sin perro es algo incompleto, porque los hay con perros y llenos de carencias, pero sí para tomar esa relación hombre-perro como una garantía de sensibilidad y un principio de confianza. Bien es verdad que la relación de Obama con su can puede que fuera en buena parte mediática, pero la ilusión común de su familia con «Bo», que así se llama el perro, resulta tan tierna y verosímil que sus asesores de imagen no pudieron resistirse a rentabilizar mediáticamente ese afecto. No sé muy bien, no obstante, si lo que Obama dijo entonces, que «Bo» era el mejor amigo que se había encontrado o era uno de sus mejores amigos, fue sencillamente una broma, pero tampoco sé si empleó el humor para no arriesgarse a decepcionar a los amigos que se había ido ganando por el mundo o si empleó la ironía para no caer en el lugar común de que el perro es el mejor amigo del hombre.
Lo que sí sé es lo que dijo Nietzche: «Las mentes más profundas de todos los tiempos han sentido compasión por los animales». Tenía razón, pero a lo mejor no están los tiempos para mentes profundas. Y menos en España por lo que se ve. Así que vuelvo finalmente a Kundera para coincidir con él en que la verdadera prueba de moralidad radica en la relación que los humanos establecemos con quienes dependen de nosotros. La ética de una sociedad se mide por el trato que brinda a los más débiles. Brigitte Bardot lo tiene claro.

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