El Punki

Querido papa Francisco

13.03.2016 | 05:15
Querido papa Francisco

Querido Papa Francisco. Me dicen que usted lee muchas de las misivas que se reciben en el Vaticano. Uno de estos días le enviaré una carta con mis asuntos personales, a ver si obtengo sus rezos y ánimos, que los necesito. Mientras, y puesto que escribo en este periódico provincial, me gustaría comentarle algunas cosas de estos tres años de pontificado que lleva Usted.

Sabe, no se puede imaginar la de veces que miro los videos en los que Usted aparece. No lo había hecho antes con otro Papa. A mí personalmente me inspiran todas esas visitas que hace usted a la cárcel. Cada vez que va allí donde están los presos necesito verlo a Usted. Necesito que su palabra de compasión y cariño rebote en mi corazón.

En estos tres años, le agradezco sus duras palabras contra las mafias que negocian con los inmigrantes. Y las condenas contra los Gobiernos que son incapaces de atender a los refugiados. Ese mercantilismo atroz y repugnante que trata a los seres humanos por números y cuotas. Esa mentira europea que habla de la Ilustración y se comporta como en el Medievo. Toda esa mentira colectiva que sólo ampara a los nuevos racistas y xenófobos que van haciendo hueco en nuestras sociedades como si nadie fuese capaz de recordar las barbaries del nazismo y del comunismo. Las dos grandes lacras de nuestra historia más inmediata.

Me interesa su nueva forma de entender el ecumenismo. El no forzar las superioridades teológicas ni imperiales. No me interesa una Iglesia reinante, sino cooperante. Y en esa labor que tantas veces le escucho espero que estén los que mandan. Ese grupúsculo de la Iglesia Romana que tanto escozor demuestra ante tanta necesidad de cambio.

Sabe, querido Papa Francisco, que una parte de la jerarquía esté pensando en los pecados de cintura para abajo, mientras obvian los pecados más importantes, merece una reflexión. Usted antepone el «no juzguéis» para que nadie condene. Porque estar continuamente hablando de moral sexual mientras el engaño y la mentira a las clases más desfavorecidas era el plato de cada día, merece una honda preocupación.

Usted, y que sepa que nos tiene a su lado a la gran mayoría que no tenemos poder, ha luchado contra un gran pecado de algunos miembros de nuestra casa. La pederastia. ¡Ni un paso atrás! Han de ser juzgados todos y cada uno de los delincuentes y sus encubridores. No hay mayor bazofia humana que abusar de un niño, o niña. Es una de las mayores quiebras de confianza y destrucción humana que una persona puede cometer. No puede nadie plantear que se puede mirar para otro lado. Que se puede silenciar. Porque muchos de esos depravados han sido los más radicales en su lucha por la moral sexual. A los niños no se les toca. Gracias, Padre Francisco, no ceje en esa cruzada contra ese mal.

Sólo Dios sabe lo difícil que es gobernar una estructura de poder con dos milenios de historia. Y además con todas las miserias humanas acampando. Pero también las grandezas. Porque la Iglesia son sus luces y sus sombras. Y entre las luces tenemos algunos de los ejemplos humanos más desbordantes que esta humanidad haya conocido. Es esa su supervivencia. Que las cosas materiales y terrenales no ahoguen todas las maravillosas aportaciones humanas que, en nombre de Jesús, se han hecho.

Me gustaría poder darle consejos, pero no los tengo. Humildemente vivo mi fe quebradiza y deforme lo mejor que puedo. Pero siempre acabo mirando a la buena gente que encuentro en la imagen de muchos de los católicos del mundo que hacen el bien. E intento, se lo prometo, ser buena gente, aunque no lo consiga todas las veces. No puedo darle consejos, y le ofrezco mis oraciones para que siga con las reformas y la apertura de ventanas. Somos muchos los que seguimos a Cristo porque pensamos, también, que ayudamos a mejorar nuestra sociedad. No hay cristianismo sin cristianos, pero tampoco hay sociedad libre sin respeto a los demás que no piensan como yo.

Papa Francisco, usted llegó hace tres años desde la tierra de la Patagonia para servirnos. Y yo me siento muy orgulloso de que sea nuestra luz. Que sepa que nosotros no somos santos. Pero en la Iglesia hubo muchos santos oficiales y anónimos. Sea usted uno de ellos. Lo necesitamos.

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