No es un golpe de Estado

11.03.2016 | 04:50

No es un golpe de Estado a cámara lenta. Ni siquiera es un golpe de Estado. Es un proceso revolucionario. El golpe de Estado se urde en secreto y la revolución es siempre explícita y publicitada. Lo que está ocurriendo en Cataluña lo escuchamos por la radio, lo vemos por la tele y lo leemos en los periódicos. Desde hace años: día a día, minuto a minuto. Determinada la sustancia del fenómeno, esforcémonos pues en calificarlo adecuadamente.

La revolución catalana carece de legitimidad popular. Más allá del espejismo que supone la hegemonía cultural fomentada por las instituciones catalanas, ninguna mayoría se levanta entusiasta por el acontecimiento: menos de un tercio del censo catalán parece defenderlo, más de un tercio lo rechaza y aproximadamente un tercio de abstencionistas lo soporta y lo sufre en silencio.

La revolución catalana es mediocre, gris y cómica. Los dos grandes modelos revolucionarios latentes siempre en el imaginario colectivo son el francés y el soviético. Ambos, trágicos acontecimientos. Y no por la sangre derramada, aunque también por ello; sino por su ineludible hondura. Trágicos pues en el sentido en que lo es un drama bien trazado, un argumento profundo capaz de llegar hasta la médula del espíritu, como una obra de Shakespeare o una novela de Dostoievski. Allí encontramos grandes ideas: libertad e igualdad; y hombres brillantes intelectual y políticamente: Robespierre el Incorruptible y Lenin el genial ideólogo. La gran idea del nacionalismo catalán es que España nos roba. ¿Los grandes hombres? Mas, la familia Puyol y el bisoño Puigdemont. Ni Mas ni la familia Puyol, motor plutocrático de este sainete, son evidentemente incorruptibles ni geniales ideólogos. Apenas pícaros ladronzuelos venidos arriba. Revolución mediocre y gris, por tanto. ¿Y cómica? Marx dixit: la historia acontece primero como tragedia y luego se repite como farsa. Las grandes y trágicas revoluciones pasaron ya. Hace meses que contemplamos cómo en el circo de cartón piedra se van sustituyendo los payasos. Los políticos elaboran monólogos humorísticos en el Parlamento y los presentadores de telediarios se parecen cada vez más a Gila narrando su guerra.

La revolución catalana es mendaz. Y no solo porque insista en la bobería de que Colón y Cervantes fueron catalanes. Sino, sobre todo, por el torpe esfuerzo sofístico de su argumentario.

Atendamos a la primera falacia: «Cataluña es una colonia ocupada por España donde sus habitantes son oprimidos y discriminados por los invasores. Por lo tanto, tenemos derecho a la secesión». Nos dicen sin sonrojo alguno. Todavía nadie me ha explicado en qué consiste la opresión de los invasores en una de las regiones más ricas y prósperas de España. Empeñado en descubrir el momento exacto de la ocupación, sigo sin encontrarlo en los libros de historia. Escuchemos la segunda proclama: «Lo normal en los países democráticos y civilizados es que el derecho de secesión de una parte del territorio sea reconocido, como ocurrió en Reino Unido en relación con Escocia». Suelen afirmar entre solemnes y fatuos. Sin embargo, Reino Unido en esto, como en un montón de cosas más, es precisamente la excepción y no la regla. Los vehículos circulan por la izquierda, siguen usando la libra esterlina y los bobis patrullan sin armas de fuego. Pero en lo que respecta al tema tratado es pertinente resaltar sus dos peculiaridades más significativas. Excepción en su modelo territorial y excepción en su cuerpo legal.

Reino Unido es un Estado compuesto. Casi un Estado confederado constituido por Estados o casi Estados soberanos. Escocia e Inglaterra fueron independientes hasta 1707, momento en el cual ambos parlamentos decidieron unirse.

En el ámbito jurídico, Reino Unido funciona sin Constitución al uso y mutatis mutandis también Canadá, tan imbricada con la legalidad británica a lo largo de su corta historia y tan influida por ella. En su lugar existe Derecho que se constituye sin solución de continuidad desde la Magna Carta de Juan sin Tierra en el siglo XIII hasta la actualidad, y que se parchea y se rectifica a sí mismo a través de costumbres asumidas, leyes acumuladas y antecedentes consumados. Sin embargo la norma continental desde la Revolución Francesa, presente también en EE UU, es la elaboración escrita de una constitución por una asamblea constituyente. Allí queda constatado, de modo solemne e inequívoco, el sujeto soberano: todos y cada uno de los que habitan dentro de los límites territoriales del Estado. El gobierno de Londres decidió el referéndum escocés porque ninguna ley se lo prohibía, atendiendo a la peculiar historia de Escocia (en nada semejante a la de Cataluña); y porque le dio la gana. Para el resto de países europeos: Alemania, Portugal o Italia, por ejemplo, tal hazaña legal es simplemente imposible. ¿Y en la gran y democrática Francia? Ni siquiera en la democrática Francia. O mejor dicho: imposible e impensable en Francia, precisamente por ser tan democrática.

Pero, ¡ojo! Lo peor es que la revolución catalana de la señorita Pepis puede acabar triunfando para desgracia de todos, catalanes incluidos. Y no precisamente por su implacable ímpetu revolucionario. Las naciones no suelen ser destruidas. Se suelen derrumbar solas por pura indolencia y descreimiento generalizado. Entre una España que muere y otra que bosteza, que decía el poeta, o los españolitos espabilamos o España se desmantela ella solita. Entre la comedia y la tragedia a menudo media un suspiro. La casta política de Madrid es tan corrupta, patética, gris y bufa como su antagonista catalana.

La revolución continúa insidiosamente. Mientras, Podemos hace del inexistente derecho a la autodeterminación de Cataluña condición ineludible de cualquier pacto, algunos le escuchan atentamente y la mayoría de los medios amplifican el disparate con un beso en la boca. Si esto sigue así, me temo que al final nos matarán a todos. Pero de risa o de tediosa melancolía.

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